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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

 

Y ahora ¿qué hacemos?

Luis de Velasco

La Estrella Digital 14 de Abril de 2009

La filtración, al parecer vía Andalucía, de la inminente crisis de Gobierno deslució el balance del viaje presidencial al extrarradio, incluso su entrevista con su “nuevo amigo”, Barack. Así quedaron ignorados sus dos grandes éxitos, según fuentes del propio Gobierno. Uno, su labor de mediación (¿en qué idioma lo haría?) en la reunión del G-20 entre los partidarios de más expansión fiscal (Obama) y los de más supervisión financiera (Sarkozy y Merkel). Dos, la satisfacción por el giro de Obama en su política en Afganistán, giro que recoge (Chacón dixit) los reiterados planteamientos españoles. Un poco más de seriedad, por favor, sólo un poco.

Ignacio de Loyola, el fundador de una de las multinacionales más eficaces del mundo, los jesuitas, afirmó aquello de “en tiempos de tribulación, no hacer mudanzas”, sentencia que el populista presidente argentino Perón adaptó a las pampas y al gauchaje con lo de “desensillar hasta que aclare”. No parece que Zapatero sea muy partidario y por eso, en medio de la enorme tribulación y de la espesa niebla de una crisis no sólo económica sino también política y social, ha decidido hacer unos cambios, según él, importantes y que buscan dar otro “ritmo” al Gobierno. Pero no se trata sólo de ritmo, es decir, de una mínima vitalidad, sino de muchas cosas más, como son capacidad técnica, liderazgo político, credibilidad, capacidad para transmitir confianza e ilusión. Demasiadas cosas, como se ha visto hasta la saciedad. Lo cierto y sintomático es que un año después de un nuevo Gobierno, introduce remiendos no sólo en las personas, respetando siempre el sagrado principio de la paridad, sino también en la estructura y competencias de algunos departamentos. Esto último, que es objeto de escasos análisis, tiene unos enormes e indudables costes, incluso a pesar de que algunos ministerios son ya, fruto del desmadre autonómico, meros cascarones vacíos, simples instancias de intentos de coordinación, las más de las veces frustrados.

A estas alturas de la semana se han vertido ríos de tinta comentando el cambio. Las mayores interrogantes se dan en el nombramiento de Salgado como vicepresidenta y ministra de Economía. El manido argumento del “peso político” que se esgrime, con razón, en otros nombramientos como el de Chaves y Blanco aquí no cabe. ¿Cuál es entonces la razón de este sorprendente nombramiento para un puesto clave, obvio es recordarlo, en la actual coyuntura? Aparte de mostrar una notable falta de banquillo y una importante dosis de frivolidad, simplemente esperemos y veamos qué ocurre. Para ese delicado puesto hacen falta, hoy más que nunca, grandes dosis de competencia, liderazgo y credibilidad, acordes con la muy grave situación que se enfrenta. Los recién nombrados han querido mandar un casi infantil mensaje de activismo con gran despliegue en los medios, reuniéndose este fin de semana sin irse de vacaciones. A nadie va a impresionar eso. Hace falta mucho más. ¿Serán capaces?

Cuando en 1979 los dirigentes sandinistas que entraron en el palacio presidencial en Managua se dieron cuenta de que habían ganado, se miraron unos a otros y uno de ellos preguntó: “Y ahora ¿qué hacemos?”. Viendo en la televisión este pasado viernes a los dos nuevos pesos pesados “políticos” del Gobierno, Chaves y Blanco, sentados en una mesa del Ministerio del primero con lápiz y papeles mientras los filmaban, he recordado esa frase. ¿La pronunciaron cuando se quedaron solos?

 

 


 

 

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