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Working
poor, working rich
José A. Estévez Araújo
Mientrastanto
Una comedia norteamericana reciente
cuenta
la historia de un chico y una chica blancos que
comparten piso y que, aunque trabajan ambos, no logran
pagar las facturas. Deciden, entonces, hacer una
película “porno” para conseguir el dinero que les hace
falta.
La película en sí no tiene mucho interés.
Ni
siquiera es demasiado graciosa. Pero sí refleja un
fenómeno al que es necesario prestar atención. Se trata
de lo que los sociólogos han venido en denominar los
“working poor”, una expresión que podríamos traducir
como “trabajadores pero pobres”. Los working poor ponen
de manifiesto que hoy en día tener trabajo no es
condición suficiente para escapar de la pobreza. Un
salario, incluso en los países del Norte, puede ser
insuficiente para satisfacer las necesidades básicas de
una persona (y no digamos ya de una familia).
Dos informes recientes se han referido
al
fenómeno de los working poor. El primero es de la OCDE y
se titula “Growing unequal” (crecimiento desigual). Fue
publicado a finales del año pasado. El otro es el
“Informe de la Inclusión social en España” y acaba de
aparecer editado por Caixa Catalunya.
El estudio de la OCDE señala que los últimos cinco años
han visto crecer la desigualdad y la pobreza en dos
tercios de los países de la organización. Ha aumentado
la diferencia entre los ingresos que perciben los más
ricos y los que reciben quienes peor están. Eso ha
determinado un aumento de la pobreza, que es concebida
por la OCDE como una
magnitud
relativa. Son pobres aquellos que ganan menos de la
mitad del ingreso medio de un país.
Pero la pobreza relativa coincide la mayoría de las
veces con la absoluta. Se traduce en malas condiciones
de vivienda, en dificultades de acceso a los servicios
de salud, y, como en el caso de
los
jóvenes de la película, en imposibilidad de pagar las
facturas.
La media de la pobreza así entendida en la OCDE es de un
10% de la población. Algunos países las superan
ampliamente:
el 17% de los estadounidenses son pobres según los
criterios de la organización. En España estamos en el
15%, aunque el informe sobre la inclusión social eleva
esa cifra al 20% de la población de nuestro país.
¿Quiénes son esos pobres? Los más ancianos (los mayores
de 75 años) siguen teniendo mucho riesgo de caer en la
pobreza. También las mujeres separadas con hijos. Pero
tanto en uno
como
en el otro informe aparece un nuevo grupo de riesgo. Se
trata de los jóvenes de 18 a 25 años. Una de las causas
de que ahora ser joven conlleve el peligro de ser pobre
son los bajos salarios que percibe este sector de la
población. Ser “mileurista” ya no da para pagar las
facturas. Especialmente en España donde el precio del
alojamiento se ha disparado como consecuencia de la
especulación inmobiliaria. Menos mal que aquí funciona
el “colchón” familiar. El informe español calcula que si
los jóvenes que viven con sus padres tuvieran que
independizarse, cuatro de cada diez personas de ese
segmento de edad caería bajo el nivel de la pobreza.
El fenómeno de los woking poor explica por qué no hay
garantía de que menos paro signifique automáticamente
menos gente pobre. Estados Unidos y (sorprendentemente)
Japón son ejemplos de ello. Ambos tienen altos índices
de empleo pero una pobreza por
encima
de la media de la OCDE. En España pasa algo similar.
Según el Informe sobre la inclusión, el incremento del
empleo fruto de la última ola de crecimiento económico
no modificó el índice de pobreza. Éste se mantuvo en
torno al 20% a pesar de la disminución del paro.
Hay dos causas que explican el
fenómeno
de los working poor: por un lado está la precarización
laboral que ha acompañado al proceso de globalización
neoliberal. Por otro, el desmantelamiento de los
mecanismos redistributivos. De hecho, los países de la
OCDE donde son menores las diferencias de ingresos y más
bajos los índices de pobreza son aquéllos con un sistema
impositivo eficaz y un buen nivel de prestaciones y
servicios sociales. Eso es algo que ya había señalado
Albert Recio en el número anterior de este boletín. La
lectura del informe de la OCDE lo corrobora: Dinamarca y
Suecia son los países con menos desigualdad (y menos
pobreza), porque la redistribución por medio de las
políticas públicas reduce la diferencia inicial de
ingresos en más un 40%.
En el otro lado del espectro de los working poor están
los working rich, los “trabajadores, pero ricos”. Oliver
Godechot ha dedicado su último libro a analizar este
fenómeno en el mundo de las finanzas. Se trata de
asalariados que perciben más de 1.000.000 de euros por
año en Francia y que en Estados Unidos pueden ganar una
media de 30 o 40 millones de dólares anuales. A pesar de
ser personas que perciben
sus
principales ingresos en forma de salarios, pueden
codearse con quienes viven de los beneficios de sus
capitales. Forman parte del club de los ricos.
Los abultados emolumentos de estas personas tienen en
buena parte la forma de primas o incentivos. Se
trata
de los famosos “bonus” de los que tanto se ha hablado
últimamente.
Se han formulado diversas hipótesis para intentar
explicar el inmenso poder negociador de estos
asalariados de
oro.
¿Cómo consiguen que les paguen esas increíbles
cantidades? Robert Reich, ministro de trabajo de
Clinton, lo explicó señalando que son portadores de unas
capacidades de las que las empresas no se pueden
apropiar y que, sin embargo, tienen una importancia
estratégica para las mismas. Se trata de personas con la
perspicacia suficiente para identificar nuevos
problemas, o con la habilidad y pericia de utilizar
tecnologías punteras para solucionarlos. O bien, se
trata de ejecutivos con la capacidad negociadora
necesaria para construir y mantener la estructura en red
en que se han convertido las grandes empresas. Godechot,
por su parte, atribuye ese poder negociador más bien al
capital social que han ido acumulando estos grupos a lo
largo de sus años de trabajo en la compañía. En parte
ambas explicaciones se solapan. O bien son personas que
pueden decir: si me voy, me llevo mi red de contactos o
mi cartera de clientes a otra empresa. O bien, son
personas que si se van, se llevan su capacidad de
innovación a otra parte. Sea cual sea la explicación, el
poder negociador de esa muy reducida élite de
asalariados es efectivamente muy grande. Todo lo
contrario que el de la inmensa mayoría de trabajadores,
para quienes pueden encontrarse sustitutos con facilidad
en el mercado de trabajo nacional o extranjero.
El fenómeno de los working poor pone de manifiesto la
necesidad de que se aseguren las condiciones para que
todo el mundo pueda acceder a lo que la Organización
Internacional del Trabajo denomina un “trabajo decente”.
Es preciso reforzar el poder negociador de los
trabajadores para revertir el proceso de precarización.
También es manifiesta la necesidad de reinstaurar
mecanismos redistributivos de carácter público.
Es
decir, hay que contar con sistemas impositivos eficaces
y progresivos y desarrollar políticas públicas con
orientación social.
Pero para conseguir estos objetivos es necesario
adoptar
medidas de carácter global. Muchos estados no están en
condiciones, aunque quisieran, de implementar los medios
precisos para alcanzar esos fines.
Por ello deberían instaurarse mecanismos internacionales
que asegurasen la eficacia de los derechos laborales.
Los derechos de
los
trabajadores no pueden ser adecuadamente defendidos si
se actúa exclusivamente a nivel estatal. Habría, por
ejemplo, que reforzar los poderes de la OIT. Se le
podrían atribuir facultades sancionadoras del tipo de
las que tiene la Organización Mundial del Comercio. En
cuanto a esta última, la OMC debería preocuparse de cómo
se producen las mercancías y no sólo de cómo se
intercambian. Ello le llevaría a introducir la lucha
contra el “dumping social” como uno de sus principales
objetivos.
En cuanto a los working rich, la limitación por arriba
de los salarios, poniendo un tope a lo que puede llegar
a ganar una persona, quizá no sería muy eficaz, pero
resultaría ejemplar. Supondría empezar a poner en
cuestión el tabú del carácter ilimitado de la riqueza
que una persona puede adquirir o acumular. De todas
formas, sería más importante analizar el problema de la
manera como son remunerados estos asalariados de oro.
Hasta ahora, esa cuestión se ha analizado exclusivamente
en relación con los beneficios para los accionistas y la
empresa. Se ha dicho que esas formas de remuneración
incentivaban la adopción de riesgos a corto plazo. Y que
era necesario vincular los “bonus” a los resultados de
la empresa a medio y largo plazo. Ahora sería el momento
de indagar también el efecto que tienen esas formas de
remuneración sobre los demás trabajadores de la
compañía. La obtención de resultados a corto plazo puede
ir vinculada a subidas de la cotización de las acciones
de las empresas. De eso se benefician tanto los
inversores como los ejecutivos que reciben parte de sus
“bonus” en forma de “stock options”. Pero todos hemos
sido testigos de que una forma de conseguir que las
acciones de una empresa suban es despedir a una parte de
sus trabajadores. Los mecanismos de remuneración de los
working rich no sólo son peligrosos para los accionistas
o la empresa, sino también para los propios
trabajadores.
Por último, pero no por ello menos importante, para que
los estados recuperen su capacidad redistributiva es
necesario
reinstaurar
su poder fiscal. Eso implica adoptar medidas decididas y
contundentes contra los paraísos fiscales. También exige
llevar a cabo una homogeneización de la fiscalidad sobre
el patrimonio y las rentas de capital a nivel global. La
Unión Europea podría ser un buen primer escenario para
ello. Por otro lado, la implantación de la Tasa Tobin
reduciría las operaciones especulativas y permitiría
crear fondos globales para fines sociales.
Después de haber ayudado a los bancos y de no haber
obligado a los working rich que los llevaron a la
quiebra a devolver las primas que cobraron por hacerlo,
es más imperativo que nunca volver la vista hacia los
working poor. Todas las personas que cobran un salario
deberían
poder vivir de una forma que no atentase contra su
dignidad. El “trabajo decente” se ha convertido en una
exigencia más imperiosa que nunca. |