Es el 11 de noviembre de
2007. El reloj de la cámara de seguridad marca
las 12.56.21.
Un estudiante de Vallecas
recibe una puñalada mortal de un activista
ultra en un vagón de la línea 3 del
suburbano,
detenido en la parada de Legazpi.
Iban
al mismo sitio. A Usera. El soldado, a una
manifestación xenófoba de las Juventudes de
Democracia Nacional autorizada por la Delegación
del Gobierno en uno de los distritos con más
inmigrantes. Carlos, junto a sus colegas
antisistema, pretendía reventarla. No ha
ocurrido sólo una vez.
EL
PAÍS ha reconstruido en imágenes captadas por
las cámaras de seguridad del suburbano, a las
que ha tenido acceso, la película de este
ataque con premeditación. En él se observa cómo,
al ver el soldado las camisetas holgadas y las
crestas de los antisistema que llenan el
andén, saca un arma de 25 centímetros de hoja y
la oculta, preparado para el ataque. Siete
cámaras distintas (con minutajes independientes
y algunas con horarios desfasados) registran la
barahúnda de entradas y salidas del convoy tras
el crimen, el saludo nazi de Josué, las
escaramuzas entre los amigos de Carlos y el
agresor, intentando detenerle, y la huida de
éste. También la evacuación del herido en una
camilla del Samur, rodeado de compañeros, que, a
la carrera, luchan entre su desánimo y los
intentos de salvarle la vida.
Pero
Carlos murió en plena calle, en el paseo de las
Delicias, en una carpa montada por los servicios
de emergencia.
Han pasado dos años y
medio. Josué está en la cárcel pendiente de
juicio.
El fiscal pide 29 años de
condena para el
militar. Considera que actuó "con la finalidad
de acabar" con la vida de Palomino. Cinco
acusaciones personadas en la causa reclaman
penas similares. Oscilan entre los 37 años que
solicita la madre de Palomino y los 30 que exige
la asociación de vecinos Alto del Arenal o
Movimiento contra la Intolerancia, que califica
este tipo de sucesos como "crímenes de odio".
El
fiscal pide 17 años de cárcel por asesinato. Y
otros 12 por lo que pasó después de esa primera
puñalada. Las cámaras siguen grabando.
Ahora
Josué blande el arma. Se queda solo. Mira por la
ventana y hace un saludo nazi. Se golpea el
pecho y luego estira el brazo hacia delante.
Sieg heil! (Viva la victoria). Algunos
viajeros le azuzan. Josué se desplaza de arriba
abajo. El pasillo queda vacío a su paso.
Un
amigo de Palomino se aproxima al soldado con
algo grande en la mano. Le alcanza otra
puñalada. En las costillas. Tuvo que ser operado
de urgencia ese mismo día. Tardó tres meses en
curarse. La fiscalía ve en este ataque un
homicidio en grado de tentativa. La finalidad,
dice, era "acabar también con su vida". Josué
Estébanez aprovecha el polvo de un extintor
arrojado para alcanzarle. Huye. Le sigue un gran
grupo. Cuando sale por el vestíbulo principal,
aún lleva el arma en la mano.
En el
otro vestíbulo, carreras frenéticas. Los
compañeros de Carlos entran y salen. Uno aparece
con una camilla para evacuarlo. Le siguen un
policía municipal y un sanitario del Samur.
Sacan a Palomino en la camilla. Murió en la
calle. El día que iba a reventar una
manifestación nazi autorizada. Y se
convirtió en un símbolo.
El cartel de su rostro con
una gorra. El grito de "¡Carlos, hermano,
nosotros no olvidamos!" coreado en cada una de
las
contramanifestaciones que
han venido después
. Al menos seis protestas de ultraderecha han
contado con el beneplácito institucional desde
que Carlos y Josué se cruzaran. Hubo batalla
campal en marzo de 2008, cuando la Junta
Electoral de Zona permitió un mitin nazi en
Lavapiés. Volvieron a coincidir el 20-N. Y hace
mes y medio, cuando el Movimiento Patriota
Socialista bajó a Vallecas a gritar consignas.
Los antisistema les seguían, montaron una
barricada y atacaron a la policía. Hubo 25
detenidos, todos antisistema. Las
protestas posteriores contra la entonces
delegada del Gobierno, Soledad Mestre, por
autorizar manifestaciones xenófobas en barrios
con fuerte presencia inmigrante, derivaron en la
okupación de la sede del PSOE en Vallecas.
Algunas consignas de aquella concentración
tenían que ver con lo último que pasó aquel 11
de noviembre. No lo captaron las cámaras pero sí
lo reconstruye el auto del juzgado. Josué salió
a la calle. Lo persiguen un grupo de jóvenes,
que lo alcanzan junto a una comisaría de la
calle de Bolívar (Arganzuela). Le dan puñetazos
y patadas. Le parten la ceja y le dejan los ojos
morados. Los agentes municipales los separan.
Detienen al soldado, hallan un puño americano y
lo trasladan al hospital, con pronóstico leve.
La navaja nunca apareció. Los últimos neonazis
que se manifestaron en Vallecas gritaban:
"Carlos, pardillo, devuélvenos el cuchillo".