Paco Cerdà
Levante
1 de
Noviembre de 2009
Corrupción hay en
todas partes, pero la Comunitat Valenciana se ha ganado
un puesto de honor en esta lacra política por culpa del
caso Fabra, la trama Gürtel o los pelotazos «made in
PAI». Hay quien ve detrás elementos culturales propios
de los valencianos. Los expertos, no obstante, fijan
tres grandes causas: el elevado número de «enchufados»
en las instituciones, el sistema de financiación de los
partidos y un corto abanico político
La imagen de la Comunitat Valenciana
como paraíso de sol y playa se ha visto alterada en el
panorama mediático español con una potente novedad: es
también la tierra del chanchullo, el mangoneo y la
corrupción. La emergencia nacional del caso Fabra y
especialmente la trama Gürtel coronan un mar de fondo
repleto de Orihuelas, Díaz Alperis, Torreviejas, Terra
Míticas, oscuras visitas del Papa y claros pelotazos
made in PAI. A algunos les tienta la idea de vincular la
corrupción valenciana —y la tolerancia que los
ciudadanos muestran hacia ella— con la cultura de esta
tierra: una sociedad con carácter muelle vertebrada por
el meninfotisme, con una herencia fenicia tan
peligrosamente arrimada a los negocios cuando se trata
de política, y una severidad moral no precisamente sueca
o finlandesa. Para quienes desconfíen de tópicos, el
profesor de Ciencia Política Víctor Lapuente, del
Quality of Government Institute de la Universidad de
Gotemburgo (Suecia), ofrece respuestas menos metafísicas
para detectar el tumor de la corrupción, que en la
Comunitat Valencia parece haber acabado en metástasis.
Según explica Lapuente en un artículo, «las causas de la
corrupción no hay que buscarlas en una mala cultura o en
una regulación insuficiente, sino en la politización de
las instituciones públicas. Las administraciones más
proclives a la corrupción son aquéllas con un mayor
número de empleados públicos que deben su cargo a un
nombramiento político».
«En una ciudad europea de 100.000 a 500.000 habitantes
pueden haber, incluyendo al alcalde, dos o tres personas
cuyo sueldo depende de que el partido X gane las
elecciones», afirma Víctor Lapuente. En cambio, la
Generalitat Valenciana ha nombrado a dedo a 29.023
empleados de su actual plantilla, lo que representa el
23,1% del total y supera ligeramente la media nacional.
Es decir: casi uno de cada cuatro empleados de la
Generalitat ha sido contratado por libre designación,
sin ser funcionario ni personal laboral elegido por una
oposición o un proceso selectivo en el que los
aspirantes compiten en igualdad de condiciones.
«Esto —añade el profesor Lapuente— genera diversos
incentivos perversos para la corrupción. Los empleados
públicos con un horizonte laboral limitado por la
incertidumbre de las próximas elecciones son más
propensos a aceptar o solicitar sobornos a cambio de
tratos de favor que los empleados públicos con un
contrato estable». De este modo, aparece un objetivo
común para demasiada gente: ganar elecciones a toda
costa para mantener cargos, sueldos, prebendas,
adjudicaciones y tantas tentaciones susceptibles de
corromper.
La tentación
La financiación de los partidos políticos es otro foco
que alienta a la corrupción. Lo alerta Fernando Jiménez,
profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de
Murciaexperto en corrupción. «Llevamos 30 años con
escándalos de financiación de los partidos políticos y
todavía no hemos solucionado el problema. Y mientras no
se arregle de una forma realista la capacidad de los
partidos para financiarse, seguirá flotando una nebulosa
en torno a ellos que aprovecharán cuatro sinvergüenzas y
cuatro recaudadores», explica Jiménez a este periódico.
En este caso, la Comunitat Valenciana no difiere del
resto de España. Pero tal vez sí que se halla una
particularidad en la respuesta social que suscita la
corrupción. Según Carlos Flores, analista político y
profesor de Derecho Constitucional en la Universitat de
València, el sistema de partidos políticos valenciano
influye en el bajo castigo social que está acompañando,
según todas las encuestas, a los sonados casos de
corrupción.
«En la Comunitat Valenciana, las alternativas políticas
son básicamente dos —recuerda Flores—. Y si el partido
que representa a tu ideología se ve implicado en un caso
de corrupción, resulta absurdo pensar que sólo por ello
vas a cambiar tu ideología. No. El ciudadano lo lamenta,
lo critica y se resiente, pero no puede ir más allá
porque no hay un recambio ideológico. Mientras que si
hubiera varios partidos de una misma tendencia [como en
el caso alemán o incluso el catalán], el elector podría
cambiar de carril sin tener que cambiar de dirección»,
explica Flores. Si además la dirección opuesta, en este
caso el PSPV de Jorge Alarte, resulta tan poco atractiva
como reflejan los sondeos, el castigo electoral a la
corrupción se vuelve heroico.
Así pues, una configuración institucional que permite
multitud de personal enchufado sin escrúpulos; una
financiación de partidos que incita a buscar recursos
extra en las cloacas; y una simplificación de opciones
políticas que dificulta la crítica y el castigo del
electorado. Este triángulo acotaría el pecado original
de la corrupción.
En busca de soluciones
El diagnóstico de la enfermedad es sin duda interesante.
Pero la clave reside en encontrar el remedio. ¿Cómo
extirpar el tumor? Los profesores Flores y Jiménez
coinciden en la necesidad de mejorar el sistema de
financiación de los partidos y aumentar los controles
judiciales y administrativos. Víctor Lapuente propone
una solución complementaria. «Se trata de buscar
mecanismos institucionales para que se seleccionen
empleados públicos cuya continuidad en el cargo dependa
de su competencia o mérito y no de su lealtad política»,
dice. No hace falta que todos sean funcionarios con una
plaza en propiedad. De hecho, los dos países menos
corruptos del mundo en 2008, Suecia y Nueva Zelanda,
eliminaron hace años el estatus funcionarial para la
mayoría de sus empleados públicos, que se rigen como
cualquier trabajador del sector privado.
A nadie escapa que existen dos grandes obstáculos para
materializar esta despolitización de las instituciones:
los sindicatos de funcionarios, tan celosos de sus
privilegios, y los propios partidos, acostumbrados al
poder de enchufar. Se necesitaría, pues, alguien que
movilizara esos intereses. Los empresarios o la sociedad
civil podrían encabezar este proceso para destruir las
redes clientelares, germen de la corrupción según
Lapuente. Pero una revolución de este calibre se antoja
difícil en la patria del meninfotisme.