Impuestos. Sueño
y pesadilla.
Rafael Torres
Diarios del Siglo XXI
2 de Septiembre
de 2009
Si para
rellenar las depauperadas arcas del Estado se pretende elevar los
impuestos, como asegura el gobierno, a quienes más tienen, a fin de
socorrer con ello a los que han perdido en la actual crisis
económica el empleo, los ingresos y el patrimonio, no debería ser
Hacienda, la Agencia Tributaria, la encargada de racaudar esos
dineros, pues Hacienda ignora donde lo tienen escondido, a nombre de
qué niño, finado, hombre de paja o sociedad anónima tienen
escrituradas sus posesiones, y en qué paraiso fiscal, dentro de qué
colchón o bajo qué baldosa guardan el botín de lo robado. Primero,
pues, habría que averiguar dónde está el dinero que se pretende
gravar, que debe ser muchísimo a la vista de lo poco que le ha
quedado a la gente, porque eso de cercenar más y más los salarios de
quienes ganan honrada y transparentemente tiene un límite, llegado
al cual, por cierto, los pobres a los que se pretendía echar una
mano con el gasto social, que es como se llama ahora la
Beneficencia, siguen igual de pobres.
Antes que usar del recurso fácil de agobiar con más y más crecidos
impuestos a los trabajadores de todas clases, el gobierno debería
meditar sobre la conveniencia de ahorrar en gastos inútiles, cuando
no contraproducentes. Por ejemplo, se podrían suprimir de todas las
comunidades autónomas y de todos los ayuntamientos la figura del
consejero o concejal de Cultura. Para qué sirven esos cargos que en
absoluto laboran por la elevación cultural de la gente, sino antes
al contrario, es un misterio aún más espeso, si cabe, que el de la
existencia de las Diputaciones Provinciales. Si la medida tuviera
éxito, que lo tendría, se podía seguir suprimiendo cargos onerosos y
absurdos hasta dejar la Administración en su adecuada magnitud, y
preferiblemente en manos de personas de valía. Se trata de un sueño,
¡pero qué necesario en medio de ésta pesadilla!