| La solución
final
Héctor Illueca
Ballester
UCR
1 de Mayo de
2009
El Ministro de
Trabajo no debería mentir a los trabajadores. Sabe de buena
tinta que, desde el punto de vista del capitalismo, el fuerte
aumento del paro experimentado en los últimos meses no es ningún
problema, sino una solución perfectamente calculada a la crisis
sistémica que azota a la economía mundial y muy
especialmente a la española. El paro puede ser una
tragedia para los millones de trabajadores que no encuentran
trabajo, pero constituye un poderoso instrumento para imponer la
política económica que se ajusta a los intereses inmediatos de
la clase dominante. Y otro tanto sucede con la precariedad y la
temporalidad en el empleo, que se han convertido en una
herramienta indispensable para elevar la tasa de beneficio del
capital. En realidad, el paro y la precariedad laboral son dos
fenómenos estrechamente unidos que, como trataremos de demostrar
a continuación, forman parte de la solución final diseñada para
superar la crisis económica a costa de los trabajadores.
La Encuesta de
Población Activa (EPA) correspondiente al primer trimestre del
año muestra que la tasa de paro se ha incrementado en 3,45
puntos, hasta alcanzar el 17,36% de la población activa.
De este modo, el número de parados se sitúa en 4.010.700, la
cifra más alta de la historia, y se incrementa en 802.800
personas en el período que va de enero a marzo de 2009. Se trata
de un proceso fulminante y agresivo en el que, por cierto, la
burguesía catalana se ha mostrado especialmente activa, llevando
a Cataluña al primer puesto del Estado en destrucción de puestos
de trabajo (166.900 parados más que en el trimestre anterior).
Como puede observarse,
la reacción inmediata de los empresarios ante las dificultades
económicas consiste en despedir masivamente a los trabajadores
como estrategia de reducción de costes para obtener resultados.
Desde su punto de vista, el recurso a la extinción contractual
está muy lejos de ser un problema, convirtiéndose en el
mecanismo idóneo para contrarrestar la caída de la demanda en el
mercado. Pero, sobre todo, la situación de paro generalizado
engendra un amplio “ejército de reserva”, vasta bolsa de
trabajadores sin empleo que permite al capital adaptarse a las
fluctuaciones del mercado y presiona a la baja las condiciones
de la clase obrera. Marx observó este fenómeno característico
del capitalismo, señalando que el exceso de trabajadores en
activo limita y reduce su acción reivindicativa, forzando
a los obreros que trabajan a trabajar todavía más y a someterse
a las imposiciones del capital: “la existencia de un
sector de la clase obrera condenado a ociosidad forzosa por el
exceso de trabajo impuesto a la otra parte, se convierte en
fuente de riqueza del capitalista individual y acelera al mismo
tiempo la formación del ejército industrial de reserva, en una
escala proporcionada a los progresos de la acumulación social”.
Por otra parte, la
precariedad laboral constituye una lacra social extendida y
arraigada en nuestro mercado de trabajo, que tiene efectos
devastadores sobre determinados colectivos de trabajadores
(mujeres y jóvenes, fundamentalmente). Poblaciones
laborales completas, que otrora gozaron de cierta estabilidad y
fuerza contractual, han sido abocadas a condiciones de empleo
cada vez más precarias. Pero ello tampoco supone mucho problema
desde el punto de vista del capitalismo. Al contrario, la
precariedad creciente del trabajo confiere al empresario un
poder omnímodo en la relación laboral, fomentando todo tipo de
presiones informales enderezadas a neutralizar huelgas, impedir
la sindicación o degradar las condiciones de trabajo. La
proliferación del empleo precario es un instrumento decisivo
para controlar a los trabajadores, alumbrando una fuerza de
trabajo dócil, barata y poco exigente. Como ha mostrado el
profesor RECIO, la inestabilidad laboral “juega el doble papel
de permitir el desarrollo de actividades que requieren un rápido
ajuste cuantitativo y favorecer una relación laboral
personalizada en la que las empresas tienen un enorme poder”.
En definitiva, paro y
precariedad cumplen la misma función social y permiten a los
empresarios rentabilizar al máximo el uso de la fuerza de
trabajo. Durante la época de bonanza económica, los trabajadores
precarios o informales constituyeron una versión moderna y
actualizada del viejo ejército de reserva, presionando a la baja
las conquistas de los sindicatos y dificultando la organización
de los trabajadores. Cuando sobrevino la crisis económica,
muchos de estos trabajadores fueron despedidos y pasaron a
engrosar las filas de desocupados. En cierto modo, los
trabajadores en precario y los desempleados son
“intercambiables”, en el sentido de que cualquier permutación de
componentes produce el mismo efecto sobre el poder contractual
de los trabajadores. Este dato resulta decisivo para comprender
el escenario que se dibuja en el horizonte de la clase obrera:
según la EPA, los asalariados con contrato temporal ascienden a
4.025.700, por lo que sumados a los trabajadores en paro
totalizan más de ocho millones de personas atrapadas por el
desempleo y el mercado laboral basura que les brinda el
capitalismo. No parece necesario insistir en el impacto que este
colectivo puede tener sobre la fuerza contractual y política del
movimiento obrero, posibilitando una salida de signo
reaccionario a la crisis económica que vive el país.
Por eso causa
repulsión que la nueva Ministra de Economía, Elena Salgado,
afirme que los datos de la EPA son “malos y peores de lo
esperado”,
o que Mariano Rajoy considere “verdaderamente dramático”
que en España haya más de cuatro millones de personas sin
trabajo. Ambos saben que esas cifras esconden la nueva solución
final para imponer una reestructuración de las relaciones entre
capital y trabajo, empeorando gravemente las condiciones de la
población trabajadora. La presión a favor de una reforma de la
legislación laboral es muy intensa y, como siempre, viene
acompañada de una ofensiva ideológica para conseguir su
imposición política. La “flexibilidad” es necesaria para la
competitividad de las empresas y se justifica en aras de los
“intereses nacionales”. Los trabajadores deben hacer
“sacrificios” para combatir el paro. Así, cuando las clases
fundamentales luchan por sus intereses antagónicos, cuando los
capitalistas tratan de obtener más plusvalía por todos los
medios, quieren persuadir a los obreros para que lo acepten. Los
trabajadores y sus organizaciones representativas deberían
reflexionar sobre esto e iniciar un proceso que refuerce la
influencia de la clase obrera. Son los únicos que pueden
detener esta locura.
Héctor Illueca Ballester es Inspector de Trabajo y
Seguridad Social
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