En esta tierra hay muy poco espacio para discutir sobre la Justicia española. Unos la consideran trágica comedia, mientras otros la defienden con un cinismo interesado, no porque crean en ella, que no son tan ingenuos, sino porque saben que, en general, actúa para ellos. Su lógica es disparatada e irracional: puede condenar a diez años a un psiquiatra del Opus por asesinar a lo bestia a Nagore Laffage, e imponer la misma condena a docenas de jóvenes sin otra acusación que la de pertenencia a la organización Segi, perfectamente legal hasta anteayer.
Su parcialidad es total: Barrionuevo o Galindo están en la calle pese a sus condenas por secuestros, torturas y asesinatos, mientras que sentencias cumplidas de 25 años a presos vascos se prologan a capricho. Sus garantías no existen: si como indica la legislación internacional se declarasen nulos todos los procedimientos en los que ha mediado la tortura, la mayor parte de los presos vascos estarían en casa. Por último, su sesgo clasista es brutal: amén de los vascos, sólo pobres se hacinan en las cárceles; banqueros, prevaricadores, corruptos, (¿qué vida llevará el amigo Urralburu?) nunca la pisan realmente. Una vieja jota navarra lo resume así: "La ley es tela de araña / pensada pa los más ricos / se escapan los bichos grandes / y atrapa a los chiquiticos".
Pese a todo, en la denominada delincuencia común, a veces uno desengancha sus prejuicios, se deja llevar por la corriente mediática, y acaba creyendo que si a alguien le condenan, algo habrá hecho. Yo confieso que ni seguí ni me interesó el espectacular juicio que hace dos años le hicieron a Jaime Giménez Arbe en los Juzgados de Pamplona. Del eco mediático, apenas me llegó que un atracador de bancos se había cargado a dos guardias en Castejón. Sólo cuando leí una carta en Internet, bien redactada, en la que exponía su credo anarquista, decidí escribirle, proponiéndole un libro autobiográfico. ¿Razones?: mostrar, en definitiva, el otro lado de la moneda. Para eso estamos en el mundo editorial, que leguleyos, de sobra tiene el Estado.
La contestación no se hizo esperar: pese a sustanciosas propuestas de grandes editoriales, quería editar con nosotros porque "no tenía interés económico sino el de la difusión de su verdad", somos "una editorial de izquierdas" y además somos "vascos, como él y su familia". Su abuelo Arbe era de Berbinzana y sus padres donostiarras.
Su aita había
sido gudari de
un batallón
comunista en el
36; tres años de
cárcel tras la
guerra, detenido
y torturado
luego por
Manzanas. Su
amatxo, música,
maestra y
militante
cualificada del
PCE... "Embor
bereko ezpala
naiz" dice Jaime
en su incipiente
euskara. Astilla
del mismo palo.
No quisieron que
su hijo pisara
una escuela
franquista y lo
educaron en el
liceo italiano;
se hizo músico y
políglota, y
luego tornero,
fresador,
soldador
cualificado y
técnico de
refrigeración,
oficios
proletarios que
nunca abandonó y
que fueron su
mejor refugio
entre asalto y
asalto a los
bancos, su
obsesión
ideológica.
Añádase a todo
esto sus cinco
idiomas, sus
títulos de
piloto de
helicópteros y
barcos, su
experiencia en
guitarras y
armas, sus 27
años de
activismo en
todo Europa y su
capacidad para
escribir a mano,
de corrido, mil
folios con sus
sorprendentes
memorias, y
tendremos que
reconocer que
nos encontramos
ante un
personaje nada
vulgar, de esos
que suele dar la
diáspora vasca
de vez en
cuando.
Pero yo quería hablar de la Justicia española. Pese a conocerla sobradamente, no deja de indignar el crédito que le dimos al juicio de Pamplona, donde le endosaron, con más ganas que pruebas, la muerte de los dos guardias civiles. Tres testigos de cargo fueron claves: uno, el único testigo del tiroteo de Castejón, no lo reconoció en el juicio e hizo un retrato robot que en nada se le parecía. Otro, un rumano, desconocido por ser testigo protegido, dijo que cuando vio en televisión la cara del Solitario, acudió, como buen ciudadano, a testificar a la Policía que tres años atrás, exactamente el día de autos, se había cruzado con él en coche por una carretera navarra. Dos segundos, fueron suficiente. El buen rumano ni siquiera supo aclarar si iba conduciendo o de copiloto, pero eso no importó a Sus Señorías. Los jueces dieron credibilidad a tan prodigiosa (y contradictoria) memoria.
Como le creyeron a una señora que declaró en Algeciras, testigo protegido también y "clave" según la sentencia, que acudió "voluntariamente" a declarar cómo tres años antes también se había cruzado en coche, el día de marras, por una carretera soriana y en apenas ese instante ¡zas! en que se cruzan dos coches, se fijó en la marca del vehículo, sus ojos claros, pelo rubio, camisa estampada, chaleco corto... Es impresionante que estos dos prodigios de la memoria, el rumano y la señora de Algeciras, coincidieran en el mismo lugar, día y hora, para condenar a 40 años de cárcel a El Solitario.
Por eso se comprende el empeño que tuvieron en negarle el juicio con jurado que le correspondía. Porque ningún jurado del mundo, compuesto de gente normal, creería a esos supermanes. Los jueces de Navarra sí. Había otra línea de investigación, pero no interesó seguirla: si la Policía había aportado tan prodigiosos testigos, la prensa había encontrado un nuevo "Lute" y la "sociedad" reclamaba justicia... ¿Para qué preocuparse de lo que diga un atracador de bancos?
Pero acabada la traca mediática, resulta que ese expropiador de bancos sabe escribir, tiene argumentos, camaradas, una ideología en la que apoyarse, una familia que le respalda, unos editores que le editan, unos periodistas dispuestos a salirse del guión establecido. El Solitario sigue en aislamiento, pero no está solo. Y las miradas se vuelven de nuevo hacia la intocable Justicia Española, politizada, policiaca, proclive, proterva.
El caso espectacular de Jaime Giménez Arbe, su trascendencia mediática y sus memorias recién editadas, pueden servir para hacer reflexionar sobre las miles de personas que habitan el purgatorio español, condenadas con procedimientos similares. Los vascos ya tenemos una opción clara para librarnos de esta Justicia: la Independencia; esto es, que nunca jamás bajo una ley española se juzgue a un ciudadano vasco. Pero los españoles tienen también un serio problema con ese monstruo que han creado; esa tela de araña, pensada pa los más ricos...
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Jose Mari Esparza Zabalegi es editor

José
Mari Esparza
Zabalegi