Sin vergüenzas y sin esperanzas acude en chándal, exhausto, el
desempleado a las oficinas del INEM, cual pobre vergonzante,
mendicante, suplicante, andrajoso harapiento, diciendo a todo
¡amén!
Sin vergüenzas y sin miramientos, en bata y zapatillas, va el
ama de casa al supermercado más cercano para rebuscar de entre
las más baratas marcas blancas, genéricas y contragenéricas,
oferta tras oferta, cómo llenar la cesta desentrañando secreto
arcano, si es que antes, desesperada, no se ha dejado el sueldo
a hurtadillas en las máquinas tragaperras, aparentes reinas
Midas.
Sin vergüenzas y sin remilgos sale a la calle el anciano fumando
las últimas colillas guardadas en la cartera la noche anterior,
pasada en vela escuchando la radio, huyendo de la soledad y el
frío hogar con lo puesto y su mísera jubilación, prestando
atención sentadito en un banco al fresco, cómo consume el resto
unos poco y otros tanto, para mayor depresión.
Sin vergüenzas ni pudores suspira la viuda honorable recordando
con nostalgia y sudores la pobre vida que le dio su marido, pues
ahora su existencia es miserable.
Sin vergüenzas y sin tapujos, la asqueada juventud, sin empleo,
sin ingresos, sin capacidad de poderse independizar y sin
familia que criar, opta forzada por quedarse cómodamente en la
casa paternal, viendo el tiempo pasar, hasta el día en que los
viejos vayan al ataúd, para poder heredar. ¡Que no es mal plan!
Sin vergüenza ni esconderse muchos mendigos prefieren hacer
acopio de alimentos en los contenedores de basura que adornan
nuestras pomposas aceras bien iluminadas de la ciudad antes que
acudir a los comedores y albergues de caridad en los que la
entera sociedad desea ocultarlos por molestar su realidad.
Sin vergüenzas ni complejos nos mira el inmigrante africano a
nosotros los ciudadanos blancos que le despreciamos por saber
que de su mano depende la riqueza que gozamos por inercia, como
caída del cielo y que le explotamos con o sin papeles, como
anteriormente hicimos con sus antepasados.
Sin vergüenzas los presos despojados de la libertad cumplen sus
penas por saberse no peores que los que estamos fuera y que sólo
nos diferenciamos en que podemos cada cuatro años votar, pues
resulta que también cotizan al paro y la seguridad social.
Sin vergüenzas los locos ríen y se carcajean de toda charla
oficial que les recluye y aparta de la sociedad y, lo más
desquiciante, ¡hasta de la producción!, pues ellos como nosotros
confían en su verdad, y en esto no les falta razón.
Sin vergüenzas los bebés en las guarderías, berrean, lloran y
patalean haciendo ruido tremebundo, buscando con sus asustados
ojos a la mamá y el papá que se suponía le amaría más que a su
propia vida, le cuidaría, le mimaría y le daría todo el amor del
mundo... mundo y sociedad cada vez más acordes y coherentes con
los políticos que dicen ser, sin vergüenzas ni sonrojos,
nuestros auténticos representantes democráticos. Por lo que se
ve, hay que ser muy, pero que muy sinvergüenza para entrar en un
partido político y tener éxito. Esto último no rima, pero es
verdad.
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Nicola Lococo
es filósofo