¿Se
han vuelto locos estos bolonios?
Antton
Azkargorta
Sin Permiso
9 de febrero de 2009
Entre las teorías que han sido utilizadas
para explicar el desplome del pensamiento de la Europa medieval
hay una que me resulta muy atractiva, especialmente en este
momento, con las universidades europeas atrapadas en una
preocupante desorientación intelectual y en vías de adaptación a
los criterios marcados por Bolonia. La idea mencionada la
explica el matemático Leonard Mlodinow en la obra Euclid's
window (2001).
Es sabido que la mentalidad romana, por
encima de otras características, fue de todo punto práctica. La
vocación que desde sus mismos inicios tuvieron de expandir
continuamente su territorio, que posteriormente se
materializaría en realidad imperial, implicó que tuvieran que
hacer frente a numerosos problemas técnicos. Sus instituciones
(a diferencia de Alejandro Magno y los ptolomeos) jamás
impulsaron ni protegieron a la matemática abstracta ─como pura
ciencia─. La civilización romana, durante mil cien años, no creó
a ningún sabio de la envergadura de Pitágoras, Euclides o
Arquímedes, ningún teorema matemático conocido ni matemáticos
más modestos que podamos recordar. Ese abandono implicó
consecuencias graves para el pensamiento. «Para los griegos ─nos
dice Mlodinow─ medir las distancias implicó triángulos
congruentes e iguales, la paralaxi y la geometría. En un manual
romano, en cambio, al lector se le planteaba un problema como el
siguiente: busque un método para calcular la amplitud de un río
teniendo en cuenta que el enemigo tiene tomada la otra orilla.»
El concepto de enemigo carece de cualquier valor
matemático, pero era fundamental para los romanos. El gran
Cicerón lo expresó con claridad insuperable: «los griegos tenían
la mayor estima por la geometría, en consecuencia, nadie entre
ellos hizo tantos avances como los matemáticos. Nosotros, en
cambio, hemos impuesto el límite de ese arte en la eficacia para
medir y contar».
Las consecuencias de esas posturas fueron
apareciendo en la sociedad romana. Las numerosas verdades
matemáticas y científicas establecidas por los griegos o se
publicaron en manuales de divulgación, de modo muy simple y
desfigurado, o se olvidaron. Así, el pensamiento científico y
matemático que en la época de los griegos habían tenido un
desarrollo espectacular fueron siendo substituidos por ideas
teológicas y prejuicios hace tiempo desacreditados. Por ejemplo,
en un best seller de la época, intitulado Topographia
christiana, se declaraba que «la Tierra es plana». Y
eso no se fundamentaba en la razón ni en la observación, sino en
las sagradas escrituras.
Actualmente, Juan Luis Vázquez divide la
matemática en tres ramas: abstracta, aplicada ─la que forma el
lenguaje de las ciencias─ y computacional, la que se utiliza en
informática. Con todo, a pesar de que él es catedrático de
matemática aplicada, dice que el meollo de estas tres ramas está
en la primera. Por ejemplo, si contemplamos la matemática
abstracta contemporánea, enseguida nos percataremos de la
decisiva importancia que tiene, además de para los matemáticos,
para muchos otros ámbitos del pensamiento. Entre otros, la
filosofía. Siguiendo la teoría de conjuntos, los conceptos de
genérico y forcing se los ha tomado prestados al
matemático Paul Cohen. Las aportaciones de Cohen (1963) tuvieron
tanta importancia como los teoremas de Gödel en su época. Esos
descubrimientos concluyeron la gigantesca construcción del
pensamiento iniciado a finales del siglo xix por Cantor y Frege,
totalmente incapaz de explicar sistemáticamente el corpus
de la matemática entera (ésa era su intención) y de resolver su
principal problema, es decir, la famosa hipótesis del
continuo que desesperaba a Cantor.
La lectura filosófica de esta conclusión
ha abierto enormes vías de esperanza. Son útiles más allá de su
valor técnico. Cantor normalizó el infinito, concluyendo
el infinito potencial de Aristóteles. También nos dejó
claro que el conjunto de las partes supera el conjunto inicial y
que no hay «conjunto de todos los conjuntos». Gödel, por su
parte, dejó bien demostrado que no hay sistema axiomático formal
completo. Siempre puede aparecer alguna afirmación dentro del
sistema que sea indecidible. Por último, Cohen demostró bien que
en cualquier situación hay un conjunto infinito fuera de la ley
que la regula. Las consecuencias filosóficas de todo esto son de
envergadura: el infinito potencial tiene un valor limitado; no
hay sujetos o instancias trascendentes; se ha acabado el reino
de lo uno, también la completitud de las situaciones; hay
infinitas opciones fuera de cualquier situación conocida,
regulada. En esencia, la inconsistencia ontológica atraviesa el
núcleo de toda consistencia. Por tanto, es claro que el criterio
para resolver de modo tan esclarecedor problemas ontológicos
profundos es matemático.
La riqueza y fertilidad de un pensamiento
así no se puede en modo alguno soslayar. Las directivas
procedentes de Bolonia impulsan el arrinconamiento de los
ámbitos «no productivos» de la matemática (como la topología).
Pero mantener que las matemáticas son meros soportes de la
ciencia y la técnica es un verdadero despropósito, un notorio
empobrecimiento de la inteligencia. Y, por si eso fuera poco,
visto el ejemplo de los romanos, puede traer de nuevo la época
de la oscuridad. Por tanto, parafraseando al ¿Se han vuelto
locos estos romanos? de Obélix, nosotros también podemos
preguntar ¿Se han vuelto locos estos bolonios?
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Antton Azkargorta
es miembro del grupo de profesores expulsados de la Universidad
del País Vasco en 1992 durante el conflicto por el régimen
contractual del profesorado. Opuestos a la funcionarización de
la universidad, el grupo explicó su lucha en Historia de una
pancarta. La lucha por el profesorado propio en la UPV (1999).