Juan Antonio
Samaranch, el falangista reciclado
Antonio
Salvador
UCR
10 de Octubre de 2009
A la
desaparición del general Franco, la amnesia colectiva se fue
instalando entre nosotros como por arte de magia, deslizándose bajo
las alfombras de los ministerios y de las sedes partidarias. La
oposición había legitimado la dictadura al sellar un pacto de
silencio que anuló la memoria histórica de las izquierdas españolas,
otorgando la dirección del cambio a las élites reformistas del
propio franquismo.
Los secuaces del tirano, los cómplices del exterminio, las comparsas
de la felonía, acabaron autoindultándose, sin que sus víctimas,
hastiadas tras tanta represión, sedientas de democratismo formal,
dijeran esta boca es mía. La claque que palmeaba al son que le
marcaban desde El Pardo, se acomodó al renovado escenario,
aprendiendo a aplaudir al gracejo sevillano, al toque de Cebreros.
La chaquetilla blanca, la camisa azul mahón, la boina roja, tiradas
al fondo del armario, sustituidas por impecables trajes de alta
costura, permutadas las esencias falangistas por aromas de tortilla
campera, vestidas de pana marrón. El baile de disfraces de la
oligarquía gatopardista puso coto al fascismo montaraz, salvando los
muebles por enésima vez.
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La otra semana,
los telediarios ensalzaron sin sonrojo al ex presidente del
Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch,
con motivo de la fallida candidatura de la ciudad de Madrid
para los Juegos de 2016. Nadie parecía recordar el
deshonroso pasado del patriarca venerable de la tribu
olímpica. Voy a tomarme la libertad de rememorar los hitos
más granados de su currículum:
"Fue designado
concejal de Deportes en el Ayuntamiento de Barcelona
(1955-1962), organizando en dicha ciudad los II Juegos del
Meditérraneo y posteriormente fue designado Delegado
Nacional de Educación Física y Deportes (1967). En 1973 fue
nombrado presidente de la Diputación Provincial de Barcelona
y cuatro años después embajador en la Unión Soviética y
Mongolia (1977), momento en que era ya vicepresidente del
COI organización en la que ingresó en 1966." (Fuente:Wikipedia).
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Si queremos comprender el
estatus de Samaranch a partir de los años 50, tenemos que
resituarnos en la Barcelona de la posguerra, en la capital vencida
del separatismo catalanista, derrotado y sojuzgado en la guerra
civil precedente. Juan Antonio Samaranch es uno entre los muchos
coraceros imperiales del fascismo, un cachorro del nazismo hispano,
un burgués asustado, acorazado tras el uniforme. De repente,
comienza a frecuentar ilustres compañías, participando en las
correrías nocturnas de importantes prebostes del régimen.
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Correveidile de Ramón
Serrano Súñer o de Luis Carrero Blanco, por entonces en disputa
por los favores del dictador, camarada de farras, de juergas y
de vida disipada. España era un erial, un
Estado-cárcel-cementerio, mientras los dueños de todas las cosas
jugaban a ser señoritos calaveras. El pueblo español moría de
hambre y de frío, financiaba con su indigencia el banquete
suculento de los salvadores de la patria. |
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Precipitado a las
prebendas del poder, equipado todavía con la indumentaria del Movimiento
Nacional, acostumbrado al chalaneo del coche oficial, provisto de carta
blanca para hacer lo que le viniera en gana, Samaranch inició un ascenso
imparable en la pirámide franquista. El régimen necesitaba cuadros
obedientes y eficaces, garantes del orden establecido, dispuestos a
emplear cualquier método en defensa de los privilegios obtenidos en la
victoria.
El posterior desarrollo de los acontecimientos históricos ha demostrado
el excelente olfato político de nuestro protagonista, capaz de adaptarse
a los bandazos de la realidad con una destreza admirable. El mismo
Samaranch que celebraba, brazo en ristre, el 18 de julio en 1974, era
nombrado tres años después embajador ante la URSS, el sempiterno rival,
sin ni siquiera despeinarse la cabellera.
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La inmensa mayoría de la nomenklatura
franquista apostó a caballo ganador, sumándose a la operación de transmutación
de la dictadura en un sistema democrático de corte occidental. Juan Antonio
Samaranch, Manuel Fraga, Rodolfo Martín Villa, Juan José Rosón, Torcuato
Fernández Miranda, el mismísimo Adolfo Suárez, fueron algunos de los conversos a
la fe liberal, algunos de los que enterraron la pistola y los correajes junto al
ataúd de Francisco Franco. |
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Los
prohombres de la Falange controlaron la Transición, apuntalando
la monarquía Borbón, siguiendo fielmente el guión previsto en
Washington DC. Samaranch se desentendió de la pelea electoral y
fue consagrándose a nivel internacional. Los Juegos Olímpicos de
Barcelona en 1992 significaron su apoteosis, el blanqueo
definitivo de la juventud escuadrista, de la madurez
francofalangista. El fascista no arrepentido, en el cénit de su
éxito, comprendió que como el Cid Campeador, el general
ferrolano seguía ganando batallas después de muerto.
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