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El Rocío, un maltrato
animal piadoso
Julio Ortega Fraile
UCR
13 de Junio de
2009
En la
Página Web de El Rocío se trata de explicar en qué consiste esta
festividad religiosa, paradigma de la hiperdulía de este Pueblo y para
ello emplean varias expresiones, he aquí alguna: “El Rocío es la luz,
la armonía, la belleza, es el amor”. No voy a ser yo en mi ateísmo
quien ponga en duda tales afirmaciones transmutadas en axiomas para el
fervor ajeno, pero sí tengo que apuntar que se olvidaron de un par de
ellas para realizar una descripción completa y fidedigna de la realidad
de tan famosa Romería: “El Rocío es maltrato animal, El Rocío es
muerte para algunas criaturas”.
¿Qué por qué añado tan
macabras oraciones para calificar una escenificación popular y
multitudinaria de reverencia a la Virgen?, pues porque en la Edición de
2009 de esta “peregrinación a la Blanca Paloma”, 23 caballos se han
dejado la vida en nombre de una fe que ni ellos ni yo compartimos, pero
al menos a mí no me ha supuesto la muerte; ellos, no pudieron elegir.
¿Casualidad?, ¿fatalidad?, no,
nada de eso ha sido la causa, esta muerte masiva tiene otra explicación:
brutalidad, alimentación e hidratación inadecuadas y agotamiento. ¿Los
responsables?, unos cuantos romeros devotos que en su afán por rescatar
a la Virgen y cubrirla de pétalos de rosas como muestra de cariño y
piedad, consideran que la vida de un caballo es un precio muy bajo a
cambio de las indulgencias obtenidas por ser tan “buenos hijos de dios”.
El año
pasado fueron 25 los animales que pagaron con su muerte la salvación de
su amo. Bueno, lo de “amo” es un decir, parece ser que muchos de estos
vehementes jinetes los alquilan, tal vez previendo las mismas
contingencias que si de un vehículo se tratase y por ello, optan por
obtener un “transporte” con kilometraje ilimitado y servicio de retirada
en caso de siniestro. No es por lo tanto un hecho puntual, sino tan
presente cada año como el Santo Rosario o el Salto a la Reja
y lo que es peor, asumido y aceptado.
No voy a caer en la tentación
de culpar a la Iglesia por estos hechos, pero sí de responsabilizarla
solidariamente y es que en este caso tiene mucho de que avergonzarse,
pues en un acto tan célebre que constituye una manifestación notable de
su poder ante un pensamiento cada vez más iconoclasta y racional que
hace peligrar sus numerosas prerrogativas, su actitud es la de “callar y
otorgar”. Callar ante la crueldad conocida y extrema con seres vivos, y
otorgar porque su silencio, propicia solución de continuidad a las
fatales consecuencias que para unas criaturas inocentes, tiene la
exaltación religiosa de unos cuantos cafres egoístas.
Tampoco me
llama la atención el desprecio mostrado por la jerarquía católica hacia
la muerte absurda de estos caballos, no olvidemos que en su seno el
estigma del maltrato a los animales ha sido una constante en el tiempo,
tal vez no en autoría pero sí en connivencia, y valga como ejemplo de
ello cuando las monjas fabricaban los dardos que sirven para torturar al
Toro de Coria, o la bendición eclesiástica para las plazas de toros y
para el verdugo que martirizará y asesinará al animal en el ruedo. Que
el camino a El Rocío quede sembrado de cadáveres no parece
afectar a la Iglesia, otra cosa hubiera sido, supongo yo, que en vez de
despojos mortales desparramados por los senderos se tratase de
preservativos, ahí sí que oiríamos las voces de la curia repudiando y
condenando.
Los caballos caen reventados
después de tener que desplazarse sin descanso, recibiendo una
alimentación insuficiente y permaneciendo amarrados al sol, además de
por los numerosos episodios de maltrato físico directo. La Junta de
Andalucía, como suele ocurrir en estos casos con la Administración, se
cura en salud alegando que realizaron inspecciones y que repartieron
3.000 folletos explicando cómo se debía de tratar a los animales. Es lo
de siempre, nada de preguntarse qué han hecho mal para evitar que una
sangría semejante se repita año tras año, sino justificarse y escurrir
el bulto, mejor dicho 23 bultos, porque para ellos, los políticos, esos
caballos muertos no son más que eso, trozos de carne que hay que retirar
del camino, que queda muy feo tropezarse con un animal muerto en medio
de tan mediática y lucrativa Romería.
Fanatismo
religioso, caballos que sucumben apaleados o extenuados, indiferencia
desde las instancias oficiales frente a las muertes continuas de
animales y su apoyo económico para actividades que las generan. A
menudo, al entrar en el cine, pienso que antes de la película me voy a
encontrar con el NODO, porque a juzgar por este panorama, en cuestión de
respeto a los animales, seguimos sumidos en aquella España siniestra en
la que El Dictador entraba en la Iglesia bajo palio y en la que los
seres irracionales, no eran más que bestias sin el menor derecho, cuyo
sufrimiento o muerte no tenían la menor importancia. En eso y en algunos
aspectos más.
Transcribo
para terminar un fragmento de una de las frases con las que la
Hermandad del Rocío intenta ilustrar sobre el significado de esta
fiesta religiosa: “El Rocío es... unos bueyes, mansos y pacíficos,
que desbordan de alegría llevando a Vuestra Madre, al paso que algún
otro muere de pena porque un día lo condenaron a no llevar ya más al
Simpecado del Rocío”. ¿Qué les parece?, son estos romeros tan
conocedores del “alma” de los animales, que sabiendo que algunos perecen
de tristeza por no poder participar en futuros peregrinajes para tocar a
la Virgen, deciden en un acto de piedad “matar” a unos cuantos cada año,
no vaya a ser que se suiciden cuando se enteren de que el siguiente
sábado víspera de Pentecostés, no van a tener la mística oportunidad de
trotar hasta reventar y de abrasarse bajo el sol, sin apenas comer ni
beber y recibiendo golpes a manos de los místicos peregrinos. ¡Y a todo
esto la Virgen callada!
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