La insistencia de
Rodríguez Zapatero en defender los gastos sociales ante las
arremetidas de la patronal y la derecha política es encomiable. Lo
sería más si la política económica del gobierno no hubiera estado
caracterizada en estos últimos años por un marcado sesgo neoliberal,
lo cual genera cierta desconfianza –hay elecciones a la vista– en
relación con las declaraciones presidenciales. Pero, en cualquier
caso, esa insistencia debe ser bienvenida.
Hay un aspecto, sin embargo, que el gobierno de Zapatero está
descuidando, el que hace referencia a los desahucios e impagos de
hipotecas.
Es cierto que se impulsaron algunas medidas para los hipotecados que
hubieran perdido el empleo, pero dichas medidas se han revelado
ineficaces, sobre todo porque son discrecionales y es la banca quien
decide que sean o no aplicadas. Por otra parte, y
contradictoriamente con la supuesta buena voluntad del ejecutivo,
hace unos meses se aprobó lo que ya ha sido denominado el desahucio-exprés:
la reducción del tiempo necesario para poner a una familia de
patitas en la calle.
Echar a una familia de su vivienda se me antoja que debería ser algo
anticonstitucional. ¡Si incluso Franco impedía el desahucio de las
familias por impago de deudas!
Y existen formas de suavizar el tema de los impagos hipotecarios (en
este mismo número Antonio Almazán propone algunas) y de evitar los
desahucios. ¿O es que las ayudas sólo hay que dárselas a los bancos
y a la industria del automóvil?
Algunas Cajas y entidades bancarias están aflojando, de motu propio,
el collar hipotecario que ahoga a tantos trabajadores. Lo hacen en
general reconvirtiendo la hipoteca en otra de mayor duración en el
tiempo (es decir, traspasando la hipoteca a hijos y nietos), lo
cual, como solución de emergencia, no está mal.
Pero sólo conceden ese aplazamiento a quien puede acreditar una
solvencia suficiente. Y quien no, ¡a la calle! Algo que en una
sociedad rica (rica al menos hasta hace cuatro días) y solidaria no
puede consentirse. Quizás, el hecho de que los primeros en verse
despojados de su hogar hayan sido mayoritariamente inmigrantes haya
embadurnado de insensibilidad la piel de nuestros gobernantes. La
inmigración se ha convertido en la carne de cañón de la guerra
económica de nuestros días. No creo que sea necesario subrayar la
inmoralidad –y la crueldad– de semejante ignominia, si fuera ese el
caso. Pero es que, además, la amenaza de desahucios masivos se
cierne ya sobre miles de familias autóctonas, de modo que a quienes
nos gobiernan no les vale ya mirar para otro lado. Dejar a alguien
sin abrigo, pudiendo evitarse, es asunto grave, me atrevería a decir
que de lesa humanidad. Al gobierno, a las fuerzas políticas de
izquierda, les corresponde evitarlo. Y si hay que legislar, que lo
hagan, porque es para eso, para legislar protegiendo a los
ciudadanos para lo que les hemos votado.