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¿Quién controla al
capitalismo?
Javier
Madrazo Lavín
El
Correo digital
25
de Noviembre de 2009
Dos acontecimientos tan diferentes como son la
celebración del XVIII Congreso Federal del Partido
Comunista de España y la conmemoración del vigésimo
aniversario de la caída del Muro de Berlín han
coincidido, por cuestiones del azar, en este mes de
noviembre, lo que nos permite realizar una reflexión
serena sobre el pasado, el presente y el futuro de
un modo de entender el mundo vinculado al socialismo
y a la igualdad. Son muchas las voces que desde
distintos ámbitos dan por superado definitivamente
el comunismo y lo hacen siempre desde la defensa
numantina del capitalismo y el mercado neoliberal.
La derecha ha ganado, en este sentido, la batalla
del lenguaje y ha arrebatado a la izquierda sus
señas de identidad propias, enarbolando ahora, en un
alarde de cinismo, conceptos como libertad o
justicia social, que en sus discursos carecen de
valor y contenido.
Es cierto que la caída del Muro de Berlín en 1989
abrió grandes expectativas, pero es igualmente
cierto que en su mayoría se han visto frustradas. El
capitalismo, sin el contrapeso del comunismo, dio la
espalda al Estado y consagró el mercado como única
verdad; el balance final de todos sus excesos no
invita al optimismo: nos encontramos hoy ante una
grave crisis económica que trae consigo desempleo,
pobreza y exclusión. El comunismo habrá cometido
errores, pero también ha sabido reconocerlos. El
capitalismo, en cambio, no admite ninguna
responsabilidad en la situación actual y carece de
propósito de enmienda. Su única obsesión es el
beneficio inmediato y sus recetas para hacer frente
a la recesión son la flexibilización del mercado
laboral, abaratar aún más el despido, contener los
salarios, reducir los impuestos a quienes más ganan
y, por supuesto, recortar el gasto en protección
social.
La historia, en ocasiones, es maniquea, y así ha
ocurrido en el caso del comunismo; este término se
vincula intencionadamente con dictadura y se obvia
toda su tradición en defensa de los ideales de
convivencia y superación de las injusticias. En el
Estado español, sin ir más lejos, se ha ocultado el
papel y la actuación del Partido Comunista en la
lucha antifranquista y en la recuperación de la
democracia. La ciudadanía en su conjunto, y
especialmente las personas de izquierda, tenemos
todavía una deuda pendiente con quienes supieron
renunciar en la Transición al protagonismo que les
correspondía, pensando en el interés general y en la
reconciliación como ejes de paz y estabilidad. En
nombre del comunismo se han cometido abusos, al
igual que el capitalismo ha declarado guerras bajo
la coartada de la seguridad, pero en su génesis
están la apuesta por el socialismo, la república, la
fraternidad y la igualdad.
El poeta Marcos Ana, a punto de cumplir los 90 años,
referente en la lucha contra la dictadura
franquista, preso durante veintitrés años, resume
con estas palabras, aún vigentes, las razones que le
llevaron, siendo menor de edad, a identificarse con
el ideario comunista: «Mi pecado es terrible: quise
llenar de estrellas el corazón del hombre». Sin duda
alguna, no hay objetivo más noble. En un contexto en
el que la democracia se siente amenazada por la
ausencia de valores éticos y morales, lo que
provoca, a su vez, desafección y descrédito en la
política, el ejemplo de personas como Marcos Ana
adquiere mayor notoriedad. Recuerdo que en un
encuentro que mantuvimos recientemente me confesaba
su fe plena en el comunismo. «A pesar de todo -me
dijo entonces- el único camino válido es el
socialismo. Necesitamos líderes que trabajen en los
barrios, en las fábricas y en las universidades,
denunciando el imperialismo y defendiendo nuestra».
No es un camino fácil. El pasado día 9 se dieron
cita en la Puerta de Brandemburgo más de treinta
líderes mundiales, pero un único discurso para
festejar la caída del Muro de Berlín. Barack Obama,
a través de un vídeo, aludió a la «lucha contra la
tiranía». Angela Merkel aplaudió la «victoria de la
libertad» y Sarkozy reclamó para Francia y Alemania
«la responsabilidad de garantizar la paz». Por
supuesto, ni una sola mención a las intervenciones
militares en Irak o Afganistán; y menos aún al
hambre en África, al calentamiento global, a la
sobreexplotación de los recursos naturales o al
drama de millones de familias que en Europa carecen
de un empleo en condiciones. Tampoco hubo espacio
para recordar que quienes aplauden la desaparición
del Muro de Berlín son precisamente quienes levantan
nuevos muros en Cisjordania, en la frontera entre
Estados Unidos y México o en Ceuta y Melilla para
impedir, en este caso, la llegada de inmigrantes no
deseados.
En la Puerta de Brandemburgo se habló de democracia,
derechos humanos y libertad, pero nada se dijo de
Guantánamo, ni de la dramática situación del pueblo
saharaui, ni del muro construido por Marruecos para
aislar al Frente Polisario. Los Objetivos de
Desarrollo del Milenio, aprobados en 2000 por
Naciones Unidas, quedaron, una vez más, en el
olvido. El reto era claro: erradicar para 2015 la
pobreza extrema, extender la enseñanza primaria
universal, promover la autonomía de la mujer,
reducir la mortalidad infantil, combatir el sida y
garantizar la sostenibilidad. Nada de todo ello se
ha cumplido y el mundo no es hoy un lugar mejor que
hace veinte años, ni tampoco más justo. La crisis
financiera impide hacer frente a los Objetivos del
Milenio, pero no impide, en cambio, invertir en más
armamento, con la excusa recurrente de la seguridad.
El XVIII Congreso del Partido Comunista de España ha
servido para recordar que esta ideología está aún
viva, y esto no es poco en los tiempos que corren.
La caída del Muro de Berlín puso fin a una herida
abierta tras la Segunda Guerra Mundial, pero, en
ningún caso, este hecho se debe interpretar como la
desaparición del comunismo. Hay muchas razones para
sentirse comunista, y las hay, además, para hacerlo
con orgullo. En un momento en el que las formaciones
políticas mayoritarias navegan en las turbias aguas
de la corrupción, sea enriquecimiento personal o
financiación ilegal, el Partido Comunista de España
se puede presentar ante la opinión pública con las
manos limpias y un programa propio, que recupera la
defensa de la rebeldía y la utopía como instrumentos
de transformación y palanca de cambio real.
Hay razones para el acuerdo en el ámbito de una
izquierda plural, que supere la división y el
sectarismo, que sólo provocan atomización y
debilidad. Es la hora del trabajo compartido entre
comunistas, ecosocialistas, feministas, pacifistas,
grupos libertarios, movimiento antiglobalización,
cristianos de base... Éste es, a mi juicio, el reto
que debe abordar el Partido Comunista de España, y
lo debe hacer en el seno de Izquierda Unida y desde
el respeto a la autonomía de todas las corrientes de
progreso, anticapitalistas, socialistas y
republicanas, que cohabitan en nuestra sociedad.
Recuperar la confianza en una izquierda cohesionada
es una prioridad. Izquierda Unida surgió con fuerza
en 1986, al calor del rechazo a la OTAN. ¿Por qué no
se puede repetir este mismo fenómeno ahora como
respuesta a la crisis económica y al giro a la
derecha que ha emprendido el Gobierno de Zapatero?
El desgaste creciente del PSOE hace imprescindible
en el Estado español la apuesta por un socialismo
real y una república democrática. El capitalismo
necesita un contrapoder fuerte, y éste no es otro
que un comunismo igualmente fuerte. Reivindicar el
comunismo no implica nostalgia del pasado, ni
añoranza por la antigua URSS. Al contrario,
significa futuro, movilización por un mundo más
justo. La izquierda tiene que reivindicar la
revolución anticapitalista en un trabajo conjunto
con las centrales sindicales y agentes sociales.
Creo que éste es el camino que emprenderá el Partido
Comunista de España después de su último congreso y
es posible que la unidad de acción en el seno de
Izquierda Unida haga factible la consolidación de
una alternativa de progreso, socialista y
republicana. Marcos Ana, en la presentación en
Bilbao de su autobiografía 'Decidme cómo es un
árbol', mostró su confianza en el futuro y afirmó
que «serán las ideas del comunismo las que harán
posible otro mundo». «Me marcharé sin verlo
-precisó- pero pienso que ese día llegará».
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