¡Que se vayan todos!
Naomi Klein
Sin Permiso 9 de
Febrero de 2009
Viendo a las multitudes en Islandia
blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su
gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los
círculos anticapitalistas en 2002: "Ustedes son Enron; nosotros,
la Argentina".
Su mensaje era suficientemente simple.
Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que
otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores
ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad
de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen—
somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis
económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la
calle con ollas y cacerolas al grito de: "Que se vayan todos".
Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en menos de tres
semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002
fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto,
ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el
modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una
nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días.
Ha tomado su tiempo, pero, finalmente,
desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y
Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo resultado:
¡que se vayan todos!
Las estoicas matriarcas islandesas que
sacaban sus cacerolas mientras sus hijos buscaban proyectiles en
el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también yogures?)
reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires.
Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron
un país otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo
Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años: "Estoy
hasta el moño de todos esto. No me fío del gobierno, no me fío
de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío
del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado".
Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes
no se conforman con un mero cambio de rostros en la cúspide
(aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Exigen
ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de la
debacle; y una profunda reforma electoral.
Parecidas exigencias pueden oírse en
Letonia, cuya economía ha experimentado la contracción más
drástica dentro de la Unión Europea y en donde el gobierno se
halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha
visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda
regla el pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están
indignados por la negativa de sus dirigentes a aceptar la menor
responsabilidad por la catástrofe. Preguntado por la Televisión
Bloomberg por las causas de la crisis, el ministro de finanzas
letón soltó displicentemente: "ninguna en especial".
Pero los disturbios letones sí son
especiales: las mismas políticas que permitieron al "Tigre
Báltico" crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando
una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el
dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como
se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es
casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los "milagros"
de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia.
Pero todavía hay algo más argentinesco en
el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la
crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9
mil millones de dólares de recorte del gasto público,
señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error
fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga
general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por
doquiera proseguían las protestas.
Esa misma negativa de los de abajo a ser
inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes
de todo el mundo. En Letonia, buena parte de la cólera popular
se ha centrado en las medidas gubernamentales de austeridad
–despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca
disminución de los salarios en el sector público— tomadas para
hacer méritos ante el FMI, de quien se espera un préstamo de
urgencia: no, definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas
del pasado diciembre en Grecia fueron desencadenadas por el
asesinato a tiros por la policía de un adolescente de 15 años.
Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores recogiendo
el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta
en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se
ofrece a los bancos un rescate por valor de 36 mil millones de
dólares, mientras se recortan las pensiones de los trabajadores
y se da a los campesinos poco más que nada. A pesar de las
molestias causadas por el bloqueo de carreteras de los
tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los
agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde
la reciente huelga general –desencadenada en parte por los
planes del presidente Sarkozy de reducir espectacularmente el
número de profesores— se atrajo el apoyo del 70% de la
población.
Acaso el hilo más robusto que atraviesa a
toda esa revuelta global sea el rechazo a la lógica de la
"política extraordinaria", por emplear la expresión acuñada por
el político polaco Leszek Balcerowicz para describir el modo en
que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones
legislativas para avilantarse a "reformas" de todo punto
impopulares. Un ardid que está dejando de funcionar, como acaba
de descubrir ahora el gobierno de Corea del Sur. En diciembre
pasado, el partido gobernante trató de servirse de la crisis en
curso para lanzarse a un más que discutible acuerdo de libre
comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la política de
puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en
la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con
mesas, sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se
dejaron impresionar: con martillos percutores y sierras
eléctricas, echaron la puerta abajo y entraron en el Parlamento
organizando una sentada que habría de durar doce días. Se aplazó
el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria para un
nuevo tipo de "política extraordinaria".
Aquí, en Canadá, la política es
notoriamente menos pronta a escenas chocarreras que terminan en
YouTube, pero tampoco ha estado exenta de sorprendentes
acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador ganó
las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis
semanas después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la
chistera un proyecto presupuestario que privaba del derecho de
huelga a los trabajadores del sector público, abolía la
financiación pública de los partidos políticos y no contenía el
menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición
replicaron con la formación de una coalición histórica, que no
consiguió hacerse con el poder sólo porque se suspendió
abruptamente la sesión parlamentaria. Los tories han regresado
ahora con un presupuesto revisado: las políticas extremistas de
derecha han desaparecido, y hay un paquete de estímulos
económicos.
La pauta es clara: los gobiernos que
responden a la crisis creada por la ideología de libre mercado
con una acrecida dosis de la desacreditada medicina, no
sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los
estudiantes italianos: "No pagaremos por vuestra crisis".
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Naomi Klein
es autora de numerosos libros, incluido el
más reciente
The Shock Doctrine: The Rise of
Disaster Capitalism.