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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

 

 

Pues no

 

Xosé Manuel Beiras

 

Galicia Hoxe 15 de Marzo de 2009

 

Cuando analistas políticos considerados de izquierdas prescinden de los instrumentos de análisis elaborados por el pensamiento de la izquierda ilustrada a lo largo de los últimos doscientos años de historia, cuando eso acontece, os digo que estamos en presencia de una forma de alienación más grave y de efectos más perniciosos, que la de las personas comunes. Porque el pensamiento de la izquierda ilustrada fue precisamente el instrumento primordial de desalienación de las clases dominadas y subalternas y además la brújula de orientación de sus combates emancipatorios, en las dos grandes etapas del largo ciclo histórico de modernidad: el del siglo “de las luces”, en un proceso que culmina en el ideario de la izquierda del bloque revolucionario francés de 1789; y el emergente del “Manifiesto” en la revolución de 1848, que cristaliza en la I Internacional. Y de ahí en adelante hasta nuestros días, con la metamorfosis del sujeto histórico ocurrida bajo y frente a la contrarrevolución ultraliberal, y traducida en el hervidero de ideas y prácticas de lucha de los movimientos anti-sistema de los dos últimos decenios.

 

Les convendría, a esos sapientísimos analistas, leer o releer reflexivamente, cuando hablen de lo que es “moderno” al Alex Callinicos del Contra o postmodernismo, por ejemplo, traducido al gallego por Laiovento hace ya tres lustros. O, cuando peroran sobre lo que es “democracia”, al Luciano Canfora de La democracia, también por ejemplo, traducido al español en Crítica; o el Robespierre del recién fallecido Georges Labica, también en Laiovento, mira por donde. Ya no puedo decir cuando invocan a la “izquierda”, porque es un vocablo sustituido en su léxico por in-significancias como “progreso” o “progresivo”. Ni “nación”, excepto que tenga Estado, suplantado por “país”, o sea en gallego, bisbarra o comarca. Menos todavía “república” porque es una noción anatematizada en el índice inquisitorial del pensamiento celtíbero correcto, pero en cualquier caso deberán estudiar, aunque sea a escondidas, el imprescindible El eclipse de la fraternidad de Antoni Doménech. O como mínimo, releer despacio y sosegadamente a los clásicos, en lugar de haberse apuntado a falaces bombardeos como el famoso de la “muerte de Marx” ¿recordáis?: hoy está resucitado hasta en los escaparates de las librerías europeas de postín. También su versión del concepto de alienación.

 

Conste que no pretendo darles lecciones, ¡Ford me libre! Ignorante de mí, y por eso procuro aprender. Pero el abandono de las categorías conceptuales de la izquierda ilustrada y de sus métodos de pesquisa e interpretación de los fenómenos sociales, engendra un proceso de acumulación de errores en las diagnosis y prognosis que, introducidos en la acción política, lleva a la izquierda a la patética situación en la que se encuentra, tanto en las instituciones del aparato de poder, como en su relación con la ciudadanía: una sucesión de fracasos en la representación y defensa de las clases dominadas y los pueblos oprimidos. Y la sustitución del repertorio terminológico y semántico de la ilustración revolucionaria y transformadora por neologismos neutros y asexuados, cuando no ¡ay! por la nomenclatura del enemigo, produce confusión en los destinatarios de los mensajes y, a fin de cuentas, incomunicación: se les habla en un lenguaje que no identifica al hablante, que no le permite al oyente percibir el perfil ideológico del comunicador, descodificar su lenguaje y captar el contenido de su mensaje, incluso si casualmente tiene contenido peculiar. “Progreso”, “país”, “moderno”, “competitivo”, etc., incluso “democrático”, utilizados sin más connotaciones, son vocablos perfectamente utilizables y utilizados por la derecha más reaccionaria, y algunos incluso son patrimonio suyos.

 

Pero vayamos a lo concreto y veamos alguna muestra en el análisis de los recientes acontecimientos electorales. Comenzando por la derrota del “Bipartito” y el triunfo del “PePé”. Algunos de los análisis parecen hacer algo así como aplicar el principio de los vasos comunicantes en la física de fluidos: el descontento con la acción del gobierno saliente provocó un cuantioso trasvase de votos del Bipartito hacia el Pepé. Y ya está. A lo sumo, añaden que falló la hipótesis de que la abstención perjudicaría al primero, sería abstención del voto defraudado por el gobierno, y por eso era preciso estimular la participación: a fin de cuentas, la participación fue muy alta… y el gobierno saliente perdió. Así pues, ¿cómo se entiende ese desenlace?, eso no lo explican. La realidad es que la pérdida de apoyo electoral del Bipartito y el crecimiento del voto del Pepé son fenómenos diferentes, aunque relacionados, y que por lo tanto requieren explicaciones también diferenciadas. Porque si la causa común y única de ambos fuese el descontento con al Bipartito, bien podría ocurrir que perdiese votos, pero que el Pepé no los aprovechase, si aparecía antes ese electorado como una alternativa inválida, Y ciertamente que, en términos objetivos, el Pepé era una alternativa sin credibilidad, al menos para el electorado desafecto con el Bipartito: no aportaba ninguna solución verosímil, no había hecho en la oposición más que obstrucción, no tenía programa, su ideología es la de los causantes de la crisis actual, era el responsable de la grave situación dejada por el fraguismo hace sólo cuatro años. En condiciones normales de cultura política, lo lógico sería alta abstención tanto para el Bipartito como para el Pepé. Resultado: status quo. Pero no fue así. Por lo tanto hubo algún otro factor, y este sí de alienación, que dio lugar a que la gente común agredida, amenazada o atemorizada por la crisis, de la que la demagogia pepeísta no tuvo escrúpulo ninguno en culpar al Bipartito, ¡manda truco!, se comportase, expresado en certera metáfora clínica por mi hermano Martiño, excelente médico internista, como un enfermo de cirrosis hepática que pretende curarse a base de botellas de coñac. Convendría leer el lúcido artículo de Domènech titulado Crisis económica y polarización política, publicado en noviembre pasado en Sin permiso. O las fundamentaciones de advertencia contenidas en el informe de Massiah para el CI del FSM, que yo mismo recensioné recientemente, palabra de amenaza de una de las más probables secuelas políticas de la crisis en curso: la emergencia de regímenes o procesos políticos en formas de “fascismos o populismos fascistizantes”. La manipulación desaprensiva de una opinión desinformada con todo tipo de trucos mentirosos del adversario y falsificadores de la realidad, para activar los resortes más primarios e irracionales de la condición humana en estado de ansiedad, es un método de alienación consagrado como modelo por los fascismos europeos desde los de la primera generación de los años veinte y treinta, hasta los de la segunda del aznarismo o el berlusconismo. Y eso acaba de funcionar en el escenario gallego ante las narices y los ojos invidentes de nuestros analistas progres de postín.

 

Sólo otra pequeña muestra: el enredo de la “campaña sucia”. Claro que lo fue: sucia, puerca, marrana, maloliente, acabo de referirme a ella sin llamarla así. Pero decir que fue la más “sucia” que se recuerda, revela una amnesia incomprensible. Porque el BNG ha padecido campañas muy sucias de la derecha fascistizante a lo largo de todos los años ochenta y buena parte de los noventa. Falsedades infectas, acusaciones injuriosas, descalificaciones atroces. Quemábamos los montes, íbamos a expropiarles las tierras y hasta las vacas a los campesinos, éramos secuaces de ETA, habíamos ido a las elecciones europeas con HB y así sucesivamente: desde Augusto Assía y Victoria Armesto, primero, hasta Rajoy y Fraga después, nos lanzaban todos ellos y muchos más esas infames patrañas sin que nadie las desmintiese, sin que ningún “medio” ni ninguna voz pública tuviese la decencia de salirles al paso, al contrario, las retransmitían impertérritos. Fraga llegó a decir de Beiras que confiaba en que los gallegos no pusiesen sus destinos en manos de un loco, y sus infectas palabras fueron titulares. También fueron titulares en el diario de mayor difusión en la Galiza sur “los negocios de Beiras”, parece que yo era el mayor accionista de Televés. Y la naciente editorial Laiovento era un “chiringuito” de Beiras y compinches para blanquear dinero negro del tráfico de drogas. ¿Lo olvidasteis, analistas amnésicos? Pues nosotros no. Pero, a lo que voy, todo ese estiércol contaminado y contaminante lanzado por los predecesores de los que ahora llegan a la Xunta para convertirla en una compañía de derribos, limpieza étnica y mamporreo, todo eso, lejos de darle réditos electorales, se volvía en su contra y el BNG crecía como el pan en horno de leña. En aquel momento, ¿por qué las mentiras que entonces escupían al aire les caían en la cara? ¿Por qué no les valieron entonces y en cambio si les valen ahora? Ya sé: los errores y las desviaciones en la acción de gobierno dieron pié para que los adversarios manipularan la credulidad de la gente desencantada. Lo acepto. También lo sé: el BNG se divorció de los sectores más activos y reivindicativos de las “capas populares” que eran la fuente más sana y la raíz más robusta de su fuerza. También acepto, aunque esto, reitero, explica la desafección al BNG, no la afección al Pepé. Pero hay otro fenómeno sociopolítico dominante. En el período de los ochenta y buena parte de los noventa, el pueblo y la ciudadanía gallegas estaban siguiendo el curso de un proceso de descolonización ideológica y cultural; un proceso de desalienación identitaria y de clase en el sustrato popular; un retroceso del auto odio, la diglosia y demás manifestaciones de ese síndrome correctamente diagnosticado desde las Irmandades en adelante. Un proceso de desalienación en el que el Bloque estaba desempeñando un papel destacable. En este último decenio, ese proceso se invirtió de nuevo para seguir el curso de una involución. Las consecuencias están a la vista, y no sólo, ni mucho menos en el escenario electoral.

 

Ese es el fenómeno que reclama primordial atención de cualquier analista social que se precie, la dolencia subyacente que se debe diagnosticar y tratar. ¿Con un artefacto político “moderno y competitivo”? Pues no: con el artefacto adecuado para desalinearse las clases dominadas y subalternas de nuestra nación; la brújula que marque el norte de los combates emancipatorios del pueblo gallego en esta nueva etapa del largo ciclo histórico de nuestra autodeterminación en la modernidad que aún no se acabó, mal que les pese a los posmodernos “hijos de Marx y de Coca Cola”.

 

 

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