Cuando analistas políticos considerados de
izquierdas prescinden de los instrumentos de análisis elaborados
por el pensamiento de la izquierda ilustrada a lo largo de los
últimos doscientos años de historia, cuando eso acontece, os
digo que estamos en presencia de una forma de alienación más
grave y de efectos más perniciosos, que la de las personas
comunes. Porque el pensamiento de la izquierda ilustrada fue
precisamente el instrumento primordial de desalienación de las
clases dominadas y subalternas y además la brújula de
orientación de sus combates emancipatorios, en las dos grandes
etapas del largo ciclo histórico de modernidad: el del siglo “de
las luces”, en un proceso que culmina en el ideario de la
izquierda del bloque revolucionario francés de 1789; y el
emergente del “Manifiesto” en la revolución de 1848, que
cristaliza en la I Internacional. Y de ahí en adelante hasta
nuestros días, con la metamorfosis del sujeto histórico ocurrida
bajo y frente a la contrarrevolución ultraliberal, y traducida
en el hervidero de ideas y prácticas de lucha de los movimientos
anti-sistema de los dos últimos decenios.
Les convendría, a esos sapientísimos analistas,
leer o releer reflexivamente, cuando hablen de lo que es
“moderno” al Alex Callinicos del Contra o postmodernismo,
por ejemplo, traducido al gallego por Laiovento hace ya tres
lustros. O, cuando peroran sobre lo que es “democracia”, al
Luciano Canfora de La democracia, también por ejemplo,
traducido al español en Crítica; o el Robespierre del
recién fallecido Georges Labica, también en Laiovento, mira por
donde. Ya no puedo decir cuando invocan a la “izquierda”, porque
es un vocablo sustituido en su léxico por in-significancias como
“progreso” o “progresivo”. Ni “nación”, excepto que tenga
Estado, suplantado por “país”, o sea en gallego, bisbarra
o comarca. Menos todavía “república” porque es una noción
anatematizada en el índice inquisitorial del pensamiento
celtíbero correcto, pero en cualquier caso deberán estudiar,
aunque sea a escondidas, el imprescindible El eclipse de la
fraternidad de Antoni Doménech. O como mínimo, releer
despacio y sosegadamente a los clásicos, en lugar de haberse
apuntado a falaces bombardeos como el famoso de la “muerte de
Marx” ¿recordáis?: hoy está resucitado hasta en los escaparates
de las librerías europeas de postín. También su versión del
concepto de alienación.
Conste que no pretendo darles lecciones, ¡Ford
me libre! Ignorante de mí, y por eso procuro aprender. Pero el
abandono de las categorías conceptuales de la izquierda
ilustrada y de sus métodos de pesquisa e interpretación de los
fenómenos sociales, engendra un proceso de acumulación de
errores en las diagnosis y prognosis que, introducidos en la
acción política, lleva a la izquierda a la patética situación en
la que se encuentra, tanto en las instituciones del aparato de
poder, como en su relación con la ciudadanía: una sucesión de
fracasos en la representación y defensa de las clases dominadas
y los pueblos oprimidos. Y la sustitución del repertorio
terminológico y semántico de la ilustración revolucionaria y
transformadora por neologismos neutros y asexuados, cuando no
¡ay! por la nomenclatura del enemigo, produce confusión en los
destinatarios de los mensajes y, a fin de cuentas,
incomunicación: se les habla en un lenguaje que no identifica al
hablante, que no le permite al oyente percibir el perfil
ideológico del comunicador, descodificar su lenguaje y captar el
contenido de su mensaje, incluso si casualmente tiene contenido
peculiar. “Progreso”, “país”, “moderno”, “competitivo”, etc.,
incluso “democrático”, utilizados sin más connotaciones, son
vocablos perfectamente utilizables y utilizados por la derecha
más reaccionaria, y algunos incluso son patrimonio suyos.
Pero vayamos
a lo concreto y veamos alguna muestra en el análisis de los
recientes acontecimientos electorales. Comenzando por la derrota
del “Bipartito” y el triunfo del “PePé”. Algunos de los análisis
parecen hacer algo así como aplicar el principio de los vasos
comunicantes en la física de fluidos: el descontento con la
acción del gobierno saliente provocó un cuantioso trasvase de
votos del Bipartito hacia el Pepé. Y ya está. A lo sumo, añaden
que falló la hipótesis de que la abstención perjudicaría al
primero, sería abstención del voto defraudado por el gobierno, y
por eso era preciso estimular la participación: a fin de
cuentas, la participación fue muy alta… y el gobierno saliente
perdió. Así pues, ¿cómo se entiende ese desenlace?, eso no lo
explican. La realidad es que la pérdida de apoyo electoral del
Bipartito y el crecimiento del voto del Pepé son fenómenos
diferentes, aunque relacionados, y que por lo tanto requieren
explicaciones también diferenciadas. Porque si la causa común y
única de ambos fuese el descontento con al Bipartito, bien
podría ocurrir que perdiese votos, pero que el Pepé no los
aprovechase, si aparecía antes ese electorado como una
alternativa inválida, Y ciertamente que, en términos objetivos,
el Pepé era una alternativa sin credibilidad, al menos para el
electorado desafecto con el Bipartito: no aportaba ninguna
solución verosímil, no había hecho en la oposición más que
obstrucción, no tenía programa, su ideología es la de los
causantes de la crisis actual, era el responsable de la grave
situación dejada por el fraguismo hace sólo cuatro años. En
condiciones normales de cultura política, lo lógico sería alta
abstención tanto para el Bipartito como para el Pepé. Resultado:
status quo. Pero no fue así. Por lo tanto hubo algún otro
factor, y este sí de alienación, que dio lugar a que la gente
común agredida, amenazada o atemorizada por la crisis, de la que
la demagogia pepeísta no tuvo escrúpulo ninguno en culpar al
Bipartito, ¡manda truco!, se comportase, expresado en certera
metáfora clínica por mi hermano Martiño, excelente médico
internista, como un enfermo de cirrosis hepática que pretende
curarse a base de botellas de coñac. Convendría leer el lúcido
artículo de Domènech titulado
Crisis económica y polarización política,
publicado en noviembre pasado en Sin permiso. O las
fundamentaciones de advertencia contenidas en el informe de
Massiah para el CI del FSM, que yo mismo recensioné
recientemente, palabra de amenaza de una de las más probables
secuelas políticas de la crisis en curso: la emergencia de
regímenes o procesos políticos en formas de “fascismos o
populismos fascistizantes”. La manipulación desaprensiva de una
opinión desinformada con todo tipo de trucos mentirosos del
adversario y falsificadores de la realidad, para activar los
resortes más primarios e irracionales de la condición humana en
estado de ansiedad, es un método de alienación consagrado como
modelo por los fascismos europeos desde los de la primera
generación de los años veinte y treinta, hasta los de la segunda
del aznarismo o el berlusconismo. Y eso acaba de funcionar en el
escenario gallego ante las narices y los ojos invidentes de
nuestros analistas progres de postín.
Sólo otra pequeña muestra: el enredo de la
“campaña sucia”. Claro que lo fue: sucia, puerca, marrana,
maloliente, acabo de referirme a ella sin llamarla así. Pero
decir que fue la más “sucia” que se recuerda, revela una amnesia
incomprensible. Porque el BNG ha padecido campañas muy sucias de
la derecha fascistizante a lo largo de todos los años ochenta y
buena parte de los noventa. Falsedades infectas, acusaciones
injuriosas, descalificaciones atroces. Quemábamos los montes,
íbamos a expropiarles las tierras y hasta las vacas a los
campesinos, éramos secuaces de ETA, habíamos ido a las
elecciones europeas con HB y así sucesivamente: desde Augusto
Assía y Victoria Armesto, primero, hasta Rajoy y Fraga después,
nos lanzaban todos ellos y muchos más esas infames patrañas sin
que nadie las desmintiese, sin que ningún “medio” ni ninguna voz
pública tuviese la decencia de salirles al paso, al contrario,
las retransmitían impertérritos. Fraga llegó a decir de Beiras
que confiaba en que los gallegos no pusiesen sus destinos en
manos de un loco, y sus infectas palabras fueron titulares.
También fueron titulares en el diario de mayor difusión en la
Galiza sur “los negocios de Beiras”, parece que yo era el mayor
accionista de Televés. Y la naciente editorial Laiovento era un
“chiringuito” de Beiras y compinches para blanquear dinero negro
del tráfico de drogas. ¿Lo olvidasteis, analistas amnésicos?
Pues nosotros no. Pero, a lo que voy, todo ese estiércol
contaminado y contaminante lanzado por los predecesores de los
que ahora llegan a la Xunta para convertirla en una compañía de
derribos, limpieza étnica y mamporreo, todo eso, lejos de darle
réditos electorales, se volvía en su contra y el BNG crecía como
el pan en horno de leña. En aquel momento, ¿por qué las mentiras
que entonces escupían al aire les caían en la cara? ¿Por qué no
les valieron entonces y en cambio si les valen ahora? Ya sé: los
errores y las desviaciones en la acción de gobierno dieron pié
para que los adversarios manipularan la credulidad de la gente
desencantada. Lo acepto. También lo sé: el BNG se divorció de
los sectores más activos y reivindicativos de las “capas
populares” que eran la fuente más sana y la raíz más robusta de
su fuerza. También acepto, aunque esto, reitero, explica la
desafección al BNG, no la afección al Pepé. Pero hay otro
fenómeno sociopolítico dominante. En el período de los ochenta y
buena parte de los noventa, el pueblo y la ciudadanía gallegas
estaban siguiendo el curso de un proceso de descolonización
ideológica y cultural; un proceso de desalienación identitaria y
de clase en el sustrato popular; un retroceso del auto odio, la
diglosia y demás manifestaciones de ese síndrome correctamente
diagnosticado desde las Irmandades en adelante. Un proceso de
desalienación en el que el Bloque estaba desempeñando un papel
destacable. En este último decenio, ese proceso se invirtió de
nuevo para seguir el curso de una involución. Las consecuencias
están a la vista, y no sólo, ni mucho menos en el escenario
electoral.
Ese es el fenómeno que reclama primordial
atención de cualquier analista social que se precie, la dolencia
subyacente que se debe diagnosticar y tratar. ¿Con un artefacto
político “moderno y competitivo”? Pues no: con el artefacto
adecuado para desalinearse las clases dominadas y subalternas de
nuestra nación; la brújula que marque el norte de los combates
emancipatorios del pueblo gallego en esta nueva etapa del largo
ciclo histórico de nuestra autodeterminación en la modernidad
que aún no se acabó, mal que les pese a los posmodernos “hijos
de Marx y de Coca Cola”.