La pervivencia del
franquismo
Rafael Torres
OTRPress
2 de Junio de 2009
Los
símbolos son eso, símbolos, representaciones más o menos estilizadas de
cosas, de modo que la pervivencia hasta hoy de los símbolos franquistas
que entenebrecen calles, plazas y edificios públicos de España, es tanto
más denigrante por cuanto revela la pervivencia del propio franquismo.
No se trata, pues, de mobiliario residual o de arquitectura efímera en
la que nadie repara pues la escoba del tiempo barrió lo que representan,
sino estandarte vivo de lo que, desde el fondo de las conciencias hasta
las sentinas de la Administración, continúa, de alguna manera, vigente.
La Transición, como operación de supervivencia del régimen franquista
que fue, como marco de adecuación cosmética de su aparato a una
democracia sui géneris, puso buen cuidado en no remover esos símbolos
representativos del brutal escarmiento que la plutocracia propinó al
pueblo español por su afan republicano de ser el protagonista de su
destino. Tan buen cuidado puso que hoy, treinta y cuatro años después de
la muerte del sátrapa, no sólo siguen recordando esos lúgubres símbolos
las consecuencias del último intento democrático, civilizado y pacífico
de emancipación, sino que donde más lo recuerdan es, para pasmo general,
en los cuarteles y en las dependencias militares, donde permanecen
incólumes allí donde se erigieron centenares de escudos, vidrieras,
cerámicas, estatuas y placas que honran la memoria de quienes,
encargados de la defensa de la sociedad ante una agresión exterior,
volvieron sus armas contra ella.
Pero tan firme es, al parecer, el anclaje de esos símbolos en esas
dependencias, tan profundos sus cimientos, que los mandos encargados de
informar al ministerio de Defensa de la viabilidad de su
desmantelamiento, sólo ven posible o recomendable hacerlo en unas pocas
decenas de casos. Así, los símbolos de lo que sólo convendría conservar
en la memoria, para no olvidar sus horrores, se exhiben al exterior
vivificando lo que representan.