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El XVIII ¿Otro
congreso más?
Julio Anguita
Mundo Obrero
14 de Septiembre de
2009
El XVIII Congreso del PCE ha sido convocado, sus materiales
distribuidos, las fechas previstas y los mecanismos del proceso en fase
de organización por las distintas federaciones. Pareciera como si todo
explicitase normalidad, desarrollo rutinario o el cumplimiento previsto
de un proceso sin más incidencias que la sucesión de acontecimientos
transcurridos desde el XVII Congreso. Documentos, circulares,
declaraciones, etc vuelven a incidir en las pautas ya conocidas y
reiteradamente expuestas congreso tras congreso: reforzar el PCE,
relanzar las alianzas, potenciar IU, tomar nota de los fracasos del
capitalismo, apelar a la movilización, instar al ejercicio de una
militancia activa capaz de incidir en su entorno y por ende motivar a la
afiliación y poner- una vez más- las esperanzas en los logros del
congreso venidero.
A lo largo de nuestra ya larga historia hemos tenido debates
sobre estrategia, línea política, alianzas y proyectos de largo alcance.
Pero también los ha habido gratuitos, accesorios, inoportunos, inútiles
y sobre todo ocultadores de las razones últimas y profundas; el del IX
Congreso por ejemplo. En aquella ocasión la cuestión central y
escamoteada mediante el ruido del leninismo si o leninismo no era la
adecuación de un PCE preparado y organizado para la ruptura democrática
a una realidad pactada y asumida como marco para una estrategia
homologada con la nueva situación. También nosotros hemos tenido nuestro
Bad Godesberg.
¿Cuál es el debate que se propone? ¿Para qué? ¿Qué estrategia
se pretende desarrollar? ¿Hemos calibrado los sujetos, alianzas,
valores, actitudes y programas necesarios para superar en positivo esta
crisis de civilización? ¿A qué llamamos izquierda? ¿En qué situación se
encuentra el Movimiento Obrero? ¿Se corresponden las siglas, incluidas
las nuestras, con lo que significaron antes? Desde hace décadas hemos
esquivado el debate de fondo, la cuestión crucial, el reto que suponía-
y supone- concebir, desarrollar e impulsar una organización
revolucionaria que en vez de auto- postularse como vanguardia se
constituyese como levadura, fermento, génesis permanente de todas las
instancias económicas, sociales, políticas y culturales de liberación
que la sociedad promueva para su autopromoción como Alternativa. Y
aunque hemos sido capaces de crear líneas de acción política correctas y
apuestas estratégicas novedosas al final se ha ido imponiendo siempre el
viejo y soterrado debate que nunca hemos podido, sabido o querido
superar: ¿somos capaces de impulsar una propuesta alternativa sin pagar
el peaje gregario de lo coyuntural, institucional o episódico? Entre
quienes concebían IU como una fuerza subalterna, quienes por reacción se
acogían al quietismo del lugar sagrado y seguro de las esencias y
quienes estaban condenados a escoger lo menos perjudicial hemos gastado
energías sin cuento. Sin faltar tampoco quienes han hecho de la
militancia en los distintos niveles de dirección, una simple cuestión de
apuntes contables en el DEBE y el HABER que conforman el arqueo previo a
las listas, asesorías y expectativas de destino.
Someto a reflexión tres cuestiones sobre las que
pasamos de puntillas sin apenas hacer referencia. Tres hechos que
debieran haber producido un deseo de afrontar los problemas de fondo.
Tres momentos o procesos que, a mi juicio, constituyen los síntomas de
un declive cuando no el preaviso de muerte por consunción.
Quien se moleste en saber la militancia en origen y no
abandonada, de los órganos de dirección de IU quedará estupefacto, en la
mayoría de los casos los hombres y mujeres del PCE son en muchos lugares
el 80% o más, de dichos órganos. En todas las crisis que hemos padecido
y que se han resuelto con el paso de cargos públicos, responsables
sindicales y dirigentes al PSOE la inmensa y abrumadora mayoría eran del
PCE; ¿nos molestamos en hacer un recuento federación por federación?
Hemos preferido imputar el hecho a la existencia de IU como si ésta
fuera algo extraño, externo o superficial al PCE. Y la locura ha
continuado cuando dirigentes de IU y también del Partido han caído en la
misma operación de tramposo auto-engaño imputando a su Partido los males
de IU. ¿No ha llegado el momento de debatir serena y profundamente qué
significa militar en nuestra organización? ¿No ha llegado el momento de
abordar sin miedos las causas profundas de esta miseria política? ¿No es
horas de definir sin dicterios, dogmas, intereses personales o huidas
hacia la nada cual es el sentido, estrategia, práctica política y ética
personal de una fuerza de principios del siglo XXI? Los hombres y
mujeres de una organización comunista en cuanto que ésta supone
militancia y co-participación activa en el diseño de un mundo nuevo,
deben aceptar la prioridad de esta opción en cuanto que la misma
constituye su apuesta básica y primordial. Pero debo añadir a
continuación que en absoluto es esta una cuestión a la que acogerse para
respaldar mediante la disciplina cuartelera las medidas más arbitrarias.
Es inherente a la condición y militancias comunistas la ética personal y
política. Recobrar esa actitud personal y colectiva solo puede hacerse
mediante un proceso de convocatoria para un momento fundante o si se
quiere re- fundante.
El XVII Congreso aprobó por práctica unanimidad la
puesta en marcha de un proceso que culminase con la redacción de un
nuevo Manifiesto- Programa para ser aprobado bien en una Conferencia
convocada a tal efecto o bien en el XVIII Congreso. Desde hace dos meses
obra en poder de la dirección la propuesta de informe que sobre el
desarrollo del proceso he elevado para su discusión en el Congreso. Pero
más allá de esta información queda el hecho de que los resultados
conseguidos han sido decepcionantes. Y aunque ha habido organizaciones
que se entregado al estudio y debate de los cuestionarios la realidad es
que han sido éstas muy minoritarias. Se ha aducido que el PCE no está
preparado para un debate de estas características; no olvidemos que
entre los objetivos marcados para la redacción del Manifiesto- Programa
estaban, entre otros, la galvanización del PCE y la apertura a una nueva
militancia de izquierda revolucionaria. Si lo que ha sucedido con el
Manifiesto Programa no merece una reflexión colectiva que conlleve una
reacción de cambios profundos, es que hemos perdido la capacidad de
respuesta.
La Fiesta del PCE ha sido siempre algo más que un
evento lúdico y político. Aparte de una demostración de convocatoria
nacional e internacional era un momento, un lugar y una manifestación
muy visible de que en el convencional mundo de la política al uso la
izquierda lanzaba sus propuestas, reunía a los suyos y en sesión
festiva, abierta y fraterna enseñaba como lo nuestro es revolucionario a
fuerza de apostar por la vida.
El que por segunda vez nuestra Fiesta no se celebre en
Madrid, capital del Estado Español, es un síntoma, una evidencia de
disgregación. Y en esta cuestión no valen los amores por las patrias
chicas o los reconocimientos a méritos o situaciones geográficas
específicas; el PCE tiene su dirección federal en Madrid. Que sin duda
no había otra solución; es posible. Que las dificultades para mantener
la Fiesta en su formato clásico habían aumentado; es probable.
No es una cuestión que se salde con imputar la
responsabilidad total a la dirección de turno. Es la expresión, más que
simbólica, de un proceso de disolución del PCE como fuerza vertebrada,
organizada y con voluntad de presencia en toda España. Y eso no puede se
sustituido por “ententes” entre algunas federaciones o partes de ellas
porque niega en la práctica nuestra concepción de Partido y del Estado
Federal Español. ¿Merece esto una reflexión?
Soy consciente de que sobre estas cuestiones y otras muchas
más hay opiniones y sobre todo inquietudes en toda la militancia; sin
embargo a la hora de afrontarlas serenamente se apodera de nosotros el
miedo escénico. Nos hemos transformado en una gigantesca casa de
Bernarda Alba en la que todas y todos somos a la vez Bernarda, sus
hijas, la abuela y la Poncia. Sobre nosotros planea constantemente el
deseo- ausencia de Pepe el Romano pero gana siempre la partida el miedo
castrador y letal.
Es esta una ocasión para que el PCE, arriesgando,
convoque a refundación y a rearme ideológico consecuente. Pero esa es
una decisión que implica un nuevo compromiso, nuevas expectativas,
entrada de sangre roja y nueva, relanzar la historia del PCE en otra
fase, afrontar una breve travesía del desierto (lo que duran unos
cuantos telediarios) y aclarar posiciones en torno al Movimiento Obrero
y sus actuales organizaciones. Una entidad o fuerza comunista hoy día es
la portavoz, de palabra y hechos, de una civilización alternativa pero
que surja de las entrañas de ésta. El compromiso con la realidad para
cambiarla es una permanente seña de identidad. ¿Qué hacemos en el XVIII
Congreso? |