|
Obedientes fanáticos
Emilio del Barco
UCR 12 de
Septiembre de 2009
Fanáticos y
extremistas no tienen émulos o adversarios, sólo enemigos y clones. Los
enemigos están para ser aniquilados y los clones para engrosar la masa.
No se admite la disidencia. Sus verdades son dogmas, que han de
imponerse. Todos
los dictadores, procuran que se confunda al propio país con ellos
mismos. Cuando hablan de sus enemigos personales, de sus opositores,
siempre generalizan. Tratan de hacerlos pasar por enemigos de su país,
y, con ello, de todos sus compatriotas. Lo malo es que hay gente que lo
cree. Sin embargo, el peor enemigo de un pueblo subyugado es, siempre,
el dictador de turno que lo subyuga.
Quien obedece ciegamente, cumple el fin
para el que ha sido reclutado: engrosar las filas de seguidores
incondicionales. Obligar a los adeptos a seguir una línea de pensamiento
única, es un acto de sometimiento, de humillación, como ante un
confesor todopoderoso, que pretende poder abrir las puertas del cielo,
siempre que se sigan sus indicaciones.
Nada se puede
juzgar aisladamente, sino embutido en sus propios antecedentes y
consecuentes. La acción, en sí, tiene tanta importancia como pueda
tenerla la oportunidad y propiedad de lo actuado. En la cultura china,
incluso la desobediencia a los suegros, es un motivo de repudio, para la
mujer casada. Así, la sociedad se mantiene inamovible. La unidad de
criterio, como bien supremo a conseguir, es un cementerio de ideas. La
anulación del pensamiento, progresista y progresivo. El camino de
creación de las dictaduras está empedrado con cabezas de ‘disidentes’:
Aquellos que osaron pensar por sí mismos.
Los partidos
políticos no son iglesias, con dogmas inamovibles. Han de adaptarse al
correr de los tiempos y a las necesidades de los ciudadanos. Un partido
político, no puede estar concebido como un ejército disciplinado, con el
general en jefe a la cabeza. Eso puede derivar, solamente, en la
constitución de dictaduras anquilosadas. Donde la disciplina, la
obediencia, el acatamiento, se convierten en leyes supremas,
petrificantes de la sociedad. En ese ambiente, muere la creatividad y se
agosta la felicidad individual, base de toda sociedad equilibrada. No
puede construirse una sociedad feliz, si se oprime a sus componentes,
los individuos. El resultado final, siempre es la suma de sus
integrantes.
El
pastor-dirigente sabe crear en sus fieles-corderos una serie de
obligaciones morales, difíciles de cumplir; pues exigen la
autoinmolación de todo pensamiento disidente. Esto conduce al sumiso a
un mar de dudas sobre su propio valor, haciéndole sentir la sensación
continuada de estar siempre fallando. Lo que implica una deuda creciente
con la organización a la que pertenece y sus santones. Una vez se haya
enraizado este sentimiento, tales organizaciones se esmeran en
cultivarlo, como medio esencial para mantener al adepto siempre
sometido.
El fundamento mágico–religioso–psicológico de la admisión del error,
parece ser el de tratar de borrar, con el poder de la palabra
expresada, las transgresiones lamentadas. Posteriormente, mediante la
vuelta al redil, el premio es: permanecer sumisamente junto al pastor.
Emilio del Barco. 11/09/09.
emiliodelbarco@hotmail.es
|