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No asistimos al fin
de la Historia, si no al fin de una forma de hacer política para no
hacer Historia.
Ángel
Escarpa Sanz.
UCR
10 de Noviembre de 2009
En
estos días se ha celebrado aquí en la Isla (381.123 habitantes) una
concentración contra la guerra, contra la ocupación de Irak y
Afganistán, y resulta, cuando menos, desolador, frustrante, comprobar el
limitado poder de convocatoria de las organizaciones que aún se sitúan a
la izquierda del PSOE.
No las
mencionaré porque creo que están en la mente de todos.
Si la
convocatoria llegó a las manos de cualquiera del PP que en esas horas se
hubiese descolgado por allí de curioso y teniendo en cuenta que en el
Parque de S. Telmo (Gran Canaria) no nos reunimos más allá de 200
personas, siendo 18 las organizaciones convocantes, me figuro que a
estas horas alguien debe de estar frotándose las manos, y desde luego no
hay razón alguna para pensar que sean los zagales de la calle de Ferraz.
Ante
estos datos cabe hacerse varias preguntas, sobre todo teniendo en cuenta
que hace unos meses se celebró otra concentración contra la carestía de
la vida, (26% de paro y 3.000 viviendas embargadas en la Isla en este
año) ante la sede del Banco de España, esta vez convocada únicamente por
un partido independentista, con no más allá de una veintena de personas.
¿En qué
medida se puede decir que esta izquierda ha fracasado en todos sus
intentos por despertar del actual marasmo en el que se encuentra nuestro
pueblo?
¿La
situación económica actual fue pensada para, entre otras cosas, ahogar
las reivindicaciones de las masas populares?
¿Cuánta
gente de la clase trabajadora recuerda a estas alturas que el ascenso de
Hitler al poder se llevó a cabo un treinta de enero de hace setenta y
seis años, aupados en parte por aquel mismo pueblo que impulsó hacia el
Parlamento alemán a 100 diputados comunistas en 1932?
Para no resultar cansino cesaré aquí mis preguntas. Pero creo que, o el
PSOE cambia su orientación ideológica y conecta con aquellos que, de una
forma u otra, impulsamos su llegada a Moncloa, o mucho me temo que nos
hayamos ante la inminencia del ascenso de la extrema derecha de nuevo al
poder.
No vamos a descubrir nada nuevo si decimos aquí que el PSOE ha
propiciado ciertas reformas democráticas que con el PP hubieran sido
impensables. Pero si nos paramos a analizar, estas no dejan de ser si no
las esperadas tras la derrota del franquismo, que no se produjo a su
debido tiempo dado el carácter anticomunista de las potencias
vencedoras, tras la II Guerra Mundial, que ya tenían bastante con
combatir a la URSS. Como tampoco vamos a descubrir nada nuevo si
afirmamos que, gracias al apoyo de aquellos gobiernos reaccionarios de
entonces, durante sus casi cuarenta años de vida, con su criminal
cruzada contra aquellos mismos que le combatieron, fuese con las armas o
fuese con las ideas, el franquismo gozó de excelente “salud”, en tanto
que permitieron que una República soberana, con una Constitución
avanzada y democrática, se desangrara en una lucha desigual contra el
nazismo, por lo que hubimos de mamarnos la doble humillación de perder
aquellas libertades de entonces, la dilatada represión de una posguerra
que se prolongó prácticamente hasta la muerte del Dictador –en la cama,
que no en una celda o sentado ante un tribunal internacional- y la
imposición de un rey de conveniencia, ahistórico y descendiente de un
abuelo que fue declarado traidor e indeseable por la joven República de
entonces.
A estas alturas,
o el actual partido en el Gobierno se pone a la cabeza de las fuerzas
del trabajo y del progreso, para llevar a cabo una auténtica renovación
política, aceptando los retos que amplias capas de la sociedad está
demandando, o se hundirá en la miseria de la política, arrastrando en su
caída al resto de las formaciones de izquierda.
No quiero
pecar de catastrofista, ni siquiera de iluso, con la que está cayendo
actualmente en Europa, pero van a tener que echarle mucha imaginación
los actuales mandatarios si pretenden salvar la piel en la situación
actual.
A este pueblo,
tan olvidadizo en apariencia, cuando se le vacíe el frigorífico -y aquí
no me refiero solo al electrodoméstico donde guardamos las verduras- no
va a ser nada fácil contentarle durante mucho tiempo con los bodrios
televisivos, las pláticas en el Parlamento, los desfiles el día de las
FFAA, la política del entretenimiento, el espectáculo de una monarquía
desprestigiada que nos sangra, nos rebaja y nos humilla, como
ciudadanos, por su carácter de hereditaria de una dictadura infamante.
Sin
siquiera recurrir a un serio análisis marxista, podemos afirmar que la
política en nuestro país se ha encanallado.
La política, esa ciencia tan noble con la que, unida a la de cocer pan,
nos diferenciamos siempre del resto de las especies; eso que nos quitaba
el sueño a tantos y tantos no hace más allá de tres décadas, en la
Transición, algo tan intrínseco al hombre y tan apasionante como pintar
un cuadro o desarrollar una idea, ha pasado a ser cosa de políticos
asalariados, nada más alejado de este pueblo que cada mañana se levanta
y orienta sus pasos hacia el trabajo o hacia la oficina del paro, no tan
distinto del de ayer, preguntándose con qué nuevo desfalco le van a
sorprender hoy.
Han
logrado empobrecer este noble oficio, vocación, como queráis llamarlo,
hasta el punto de convertirlo en un medio de subsistencia, lejos ya los
emblemáticos ejemplos de aquellos Pablo Iglesias, los Azañas, Companys,
las Ibárruris y los de aquella década verdaderamente prodigiosa. Cuando
hacer política era dejarse las pestañas y la vida en los tajos, en la
Casa del Pueblo, en el sindicato, en los frentes de lucha, en la célula.
Si alguien todavía cree que se puede regenerar el tejido enfermo de esta
sociedad, inmersa en la indiferencia y el miedo al mañana, tendrá que
empezar por bajar de nuevo a los pozos de las minas, embarcarse con esos
pescadores que faenan a varios días de sus puertos de origen, tomar el
<Metro> y observar los duros rostros de la desesperación y la fatiga,
del paro, de la ausencia de expectativas. Son los rostros del fracaso,
de la frustración, la decepción. En ellos, a poco que nos esforcemos, se
puede leer el desprecio hacia las instituciones “democráticas”, la
desidia, el desengaño, el desencanto, la desilusión, la decepción y la
amargura.
Como se parece esta España a aquella de 1932, previa al Bienio Negro.
¿Dónde quedó aquella España luminosa de los poetas y los apasionados
debates en los ateneos, en las calles, en las librerías, en las
universidades?
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Ángel Escarpa Sanz. Islas
Canarias. Noviembre 2009
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