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Mercantilización y politización del
deporte
Juan-Ramón Capella
Mientrastanto
2
de Diciembre de 2009
La
noticia
de los problemas de adicción a las drogas del tenista
retirado André Agassi contiene una particularidad: fue
el propio padre del deportista quien le facilitó
“pastillas” para que siguiera compitiendo. La
irresponsabilidad de ese padre, ansioso por lucrarse con
las ganancias del hijo, es un caso extremo. Más cerca
tenemos otros, también en tenistas empujados por
familiares al más alto rendimiento deportivo y
publicitario. Ahí está la brevedad de la carrera de
Sergi Bruguera, entrenado por su padre; y no se puede
excluir que las dificultades de Nadal para mantenerse a
máximo nivel cuando aún no ha alcanzado la plenitud de
su desarrollo físico tengan que ver con el hecho de
haber sido entrenado por su tío. Estamos hablando de la
cúspide: abajo, entre los parias, están los trabajadores
que animan a sus hijos a abandonar o preterir los
estudios para dedicarse al deporte con la esperanza de
salir de la pobreza. Muy pocos de éstos se convertirán,
siempre por breve tiempo, en estrellas.
Es obvio
que el deporte ha dado varias vueltas de tuerca en la
modernidad reciente, en los últimos cincuenta años. De
la práctica deportiva se pasó primero al deporte como
espectáculo de masas. Ahí se pusieron las bases de la
identificación entre espectadores y deportistas,
alimentándose una emoción nueva: la emoción
partidista. Una emoción peligrosa, que a veces acaba
a cuchilladas y a veces en catástrofes en los estadios.
Pero que suministra, en una sociedad desquiciada como la
contemporánea, una válvula de escape a la tensión
social, a las vidas sin esperanzas reales de mejora que
el mercantilismo anti-igualitario construye para la
mayoría.
Se trata
de un mecanismo importante. El fútbol fue inicialmente
una pasión de la clase trabajadora británica. Los
mecanismos psicológicos de la identificación con un
equipo en competición merecerían un estudio
pormenorizado que, obviamente, es imposible aquí. Un
mecanismo que probablemente nos retrotrae a nuestro
pasado de horda. Tiene la fuerza de los mecanismos
religiosos (ya sabéis: la religión es el suspiro de la
criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón,
el alma de un mundo desalmado). Es el opio del pueblo.
En los
últimos años del deporte-espectáculo de masas se ha
pasado al deporte como soporte de la publicidad en los
medios masas. El deporte es objetivamente una simple
pieza de la maquinaria de creación de sentimientos de
carencia en las personas, de la incitación a consumir.
Las retransmisiones audiovisuales de acontecimientos
—en realidad meros hechos— deportivos son simples
soportes publicitarios. Se ha generado no sólo un
pequeño ejército de deportistas de élite
profesionalizado —según las preferencias de las
distintas sociedades, pero con predominio mundial del
fútbol—, pagado a partir de los ingresos publicitarios,
sino también un ejército muy superior en número de
plumíferos y comentaristas audiovisuales encargados
de mantener engrasado ese soporte mediático. Se editan
periódicos dedicados específicamente al deporte y en
ninguno de información general pueden faltar las páginas
deportivas. Los telediarios han de convertir en noticia
la menor minucia de esos circenses.
(Curiosamente, las dificultades específicamente técnicas
de la práctica y la competición deportiva ocupan en los
medios de masas un espacio marginal.)
Además,
al deporte se le echa la guinda política. Los poderes
públicos y los sponsors privados saben muy bien
que una sociedad enajenada necesita superhéroes,
que la publicidad los crea y que asociarse a tales
superhéroes proporciona a los detentadores de poder una
legitimación que necesitan desesperadamente dada
su característica incapacidad para cumplir sus promesas
de mejoramiento social. Por eso los jefes de estado y de
gobierno, los dirigentes de partido, los ministros,
alcaldes y banqueros abrazan a los deportistas sin
importarles su sudor ni su olor —el olor no lo
transmiten los medios audiovisuales—. El deporte se
convierte también en asunto de estado crecientemente
importante (hasta el punto de que una alcaldía puede
gastar millones de sus ingresos fiscales en la mera
solicitación de una sede deportiva); el fisco financia
organismos públicos e instituciones que aseguran el
sistema deportivo profesional. Algún gladiador con
mentalidad corporativa y el partido de la derecha han
solicitado en España la creación de un Ministerio
de deportes. ¿Qué pasaría si no hubiera deporte
publicitario? Lo principal es que sólo pasaría
todo lo demás. Y eso sería insoportable.
El
deporte
profesional de competición tiene otra consecuencia
importante: difunde socialmente una representación de la
vida como una competición de unos contra otros y
sacraliza unos valores individualistas que adquieren más
relevancia que los valores de solidaridad interna que
caracterizan a los buenos equipos. Valores que nunca
llegan a ocupar el primer plano en las representaciones
colectivas. Para los chavales de los colegios lo que
cuenta es destacar como “crack”, o sea, el
individualismo. No la solidaridad con los demás.
Publicita el deseo de ganar, cuando, en realidad,
se puede perder ganando y ganar perdiendo. El film La
soledad del corredor de fondo debería ser de
proyección recomendada en las escuelas que no busquen
formar corderos conformistas.
Sin el
ejército
publicitario y político algunas gentes podrían optar.
Podrían aceptar que el deporte como espectáculo es
esencialmente infantil, emocional, basto e infinitamente
repetitivo. Que la mayoría de las competiciones son un
tostón de escasa calidad aunque no falte la emoción por
ver quién gana. Y que a fin de cuentas los sueldos
millonarios de los deportistas, los negocios de los
clubs y las lujosas sinecuras viajeras de las
autoridades se pagan con el coste por publicidad
incorporado en el de los productos que adquieren con sus
salarios, y también con sus impuestos. El deporte
mediático es un producto más de una sociedad
barbarizada. Donde el dominio social se aprovecha de la
admiración que despiertan los héroes en las
subjetividades aunque los sujetos se nieguen a ver que
esos héroes, en realidad, se suceden contínuamente y que
suelen ser de cartón, a diferencia de los héroes
anónimos que padecen por la defensa de las libertades de
todos; de los científicos que aportan con esfuerzo
desinteresado avances de la medicina; o de ellos mismos,
verdaderos héroes cotidianos en su esfuerzo por mantener
a sus familias.
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