Fundación Sistema 2 de Octubre de 2009
La implantación de las
políticas neoliberales desde hace ahora casi justo treinta años ha
estado vinculada muy directamente con la continua disminución del
poder sindical y se ha basado en gran medida en provocar la máxima
desconfianza de los trabajadores hacia los sindicatos.
En las dictaduras que sirvieron como campo de experimentación para
las políticas liberales se recurrió para ello a la pura eliminación
física de miles de sindicalistas. Una práctica, por cierto, que aún
no ha desaparecido: en 2008 fueron asesinados 76 sindicalistas en
todo el mundo y 49 de ellos sólo en Colombia a manos de
paramilitares de extrema derecha o fuerzas del Estado que han
asesinado a 2500 en los últimos 20 años.
La revolución conservadora de Reagan y Tatcher se enfrentó sin
contemplaciones con los sindicatos pero su estrategia demasiado
contundente estuvo a punto de producir un peligroso efecto rebote
contra la propia patronal. Así, y al igual que la retórica
revolucionaria en política económica se reconvirtió más tarde en el
más tecnocratizado y neutro "ajuste estructural", el enfrentamiento
directo con los sindicatos se sustituyó por una forma más suave y
sibilina de socavar su influencia y su poder de negociación.
En lugar de combatirlos fieramente, en primer lugar se puso a su
disposición una parte pequeña en términos relativos pero
sustancialmente grande de recursos materiales y financieros
procedentes del sector público (lo que de paso también permitía
fortalecer a las organizaciones patronales). Con ellos se ha
generado y alimentado en muchos países una burocracia sindical más
preocupada de gestionar la provisión de bienes y servicios
(turísticos, inmobiliarios, financieros,...) y de autoreproducirse
que de movilizar a los trabajadores en defensa de sus intereses.
Entre otras cosas, porque la "paz social" y la desmovilización es el
precio explícito que hay que pagar para que se sigan sosteniendo las
organizaciones que, al amparo de esta "generosa" política
gubernamental, se han convertido en empresas tan costosas que no
pueden autofinanciarse con las solas cotizaciones de sus afiliados.
En segundo lugar, se han ido estableciendo paralelamente regímenes
cada vez más descentralizados de negociación y de establecimiento de
las condiciones laborales. Bien de modo directo, en muchos casos y
como aspira a conseguir la patronal española, o indirecto a través
de la flexibilización, de la expansión del empleo temporal, de la
desarticulación y desmembramiento de las grandes empresas y, por
supuesto, de la disminución de la capacidad de resistencia de los
trabajadores gracias a las políticas deflacionistas que han generado
deliberadamente el desempleo que desarma y desmoviliza a los
trabajadores.
Finalmente, el debilitamiento de los sindicatos ha sido la
inevitable consecuencia de la cultura del individualismo que ha
promovido el neoliberalismo, de la material destrucción de lazos e
infraestructuras para la interrelación y el encuentro social, y de
una bien estudiada estrategia comunicativa orientada a difundir
constantemente la idea de que las organizaciones sindicales son
simplemente estructuras corruptas, inútiles, que solo defienden a
sus afiliados (como si eso, por cierto, fuese malo), y dominadas por
dictadores y haraganes de las que deben huir los trabajadores que de
verdad quieran conseguir mejores condiciones de trabajo.
Esta continua presión de los poderes para dificultar la actuación de
los sindicatos en defensa de los trabajadores y para desnaturalizar
su función ha tenido éxito: muchos líderes y sindicalistas se han
derechizado al amparo de los privilegios que tienen a su alcance y
la desconfianza fundada o no que se ha generado ha dado lugar a una
casi general disminución en las tasas de afiliación sindical en los
últimos años.
En España este proceso ha sido quizá más agudo. Principalmente, como
consecuencia de la debilidad intrínseca de un sindicalismo que
provenía de la dictadura y del contexto más difícil en que han
debido actuar los sindicatos cuando la consolidación de los derechos
sociales que ha traído la democracia y el retardado Estado del
Bienestar han estado constantemente amenazados y limitados por el
impacto de las políticas neoliberales que al mismo tiempo se han
aplicado.
La consecuencia ha sido que nuestra tasa de afiliación (15%) es de
las más bajas de la OCDE (detrás de la de Estados Unidos y Francia,
aunque por razones y en condiciones muy distintas) y que haya bajado
en más de diez puntos desde el inicio de la democracia. Y no creo
que se pueda considerar como un simple fruto de la casualidad que
nuestra baja afiliación sindical (y la más alta afiliación de las
empresas españolas a las organizaciones patronales, 72%) haya ido
paralela en estos últimos años con una peor evolución del empleo
(más precario), del paro (más numeroso), de los salarios reales (más
bajos) o del mayor número de trabajadores pobres.
El sentido común más elemental indica que cuanto más poder de
negociación tienen los sindicatos y más trabajadores afiliados haya,
mejores serán las condiciones de trabajo que podrán conseguirse. Si
no fuera así, no se entendería el constante combate que los
empleadores y la patronal mantienen con las organizaciones
sindicales, el descrédito que permanentemente tratan de sembrar y
las dificultades de todo tipo que las empresas más poderosas imponen
para impedir que sus trabajadores se afilien a los sindicatos.
Si los sindicatos no fueran en realidad un arma fundamental para que
los trabajadores defiendan mejor sus posiciones frente a la
patronal, las dictaduras al servicios de los grandes capitales no
perseguirían a los sindicalistas, ni prohibirían la actividad
sindical, y las patronales de nuestras democracias pedirían que se
favoreciera la presencia de todos los sindicatos en sus empresas, la
extensión de la negociación colectiva, o la mayor afiliación
posible,... es decir, justamente lo contrario de lo que hacen.
Pero no sólo lo dice el sentido común. Las investigaciones
científicas (que lógicamente no gozan de gran audiencia en los
medios que controlan la patronal y las grandes empresas) muestran
claramente que el conjunto de los trabajadores disfruta de mejores
condiciones laborales y de mayores ingresos allí donde hay
negociación colectiva de la mano de los sindicatos. Y que donde no
la hay, los trabajadores sindicados reciben indemnizaciones más
elevadas que los que no pertenecen a sindicatos, o disfrutan de más
derechos laborales como vacaciones o asistencia sanitaria pagada por
la empresa. Como también se ha demostrado que la menor tasa de
afiliación sindical y el menor poder de negociación de las
organizaciones sindicales ha contribuido al aumento de la
desigualdad y de brecha sindical que se ha producido en los últimos
años. Incluso un informe sobre relaciones industriales de la
Comisión Europea de este mismo año estimaba que un incremento del
10% de la tasa de sindicación reduce las desigualdades salariales un
2% y que un incremento del 10% en la cobertura de las negociaciones
colectivas conlleva una bajada del 0,5% de la pobreza en el trabajo.
No hay duda. Las patronales y sus representantes saben perfectamente
lo que significa que en un país haya sindicatos fuertes, libres e
independientes y por eso los debilitan, los condicionan y los hacen
dependientes del dinero público.
Cuando eso se consigue, la reacción de una gran parte de la
izquierda y de millones de trabajadores es el desafecto hacia las
organizaciones sindicales "entregadas", produciéndose así un círculo
vicioso dramático que solo concluye con el deterioro progresivo de
las condiciones laborales.
La existencia de sindicatos fuertes y comprometidos con los
intereses de los trabajadores es hoy día es más trascendental que
nunca. Y por eso es tan importante apoyarlos. En lugar de limitarse
a lamentar las consecuencias que haya podido tener su rendición o
impotencia ante las estrategias neoliberales lo inteligente sería
evitarlas, empoderarlos y darles la fuerza que les permita hacerse
fuertes frente a una patronal que se fortalece continuamente pero
que es cada vez más irracional y egoísta.
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Juan
Torres es
catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla. Articulista y
autor de libros como "Toma el dinero y corre. La globalización
neoliberal del dinero y las finanzas", "España va bien y el mundo
tampoco" y "Desigualdad y crisis económica. El reparto de la tarta",
acaba de publicar "La crisis financiera. Guía para entenderla y
explicarla"