La paz, esa gran
ausente de la vida diaria en el mundo actual, consiste
básicamente en la liberación del deseo. Fomentar la liberación
del deseo, que es ante todo la libre manifestación del
pensamiento como punto de partida de otras liberaciones,
constituye el primer y fundamental paso para lograr una relación
pacífica que haga de la voluntad mayoritaria la regla básica de
la convivencia. En no pocas ocasiones esa voluntad libre
conlleva la innovación radical de nuestro modo de convivencia,
innovación que supone una nueva y benéfica forma de coexistir.
Pensaba en todo ello cuando leía el reciente artículo de Alfonso
Sastre acerca del camino que hemos de emprender si
verdaderamente pretendemos la paz, que no es sólo el cese de la
violencia externa sino la desaparición de los demonios internos
de la violencia. Esos demonios se exorcizan con la palabra
libre. Sin palabra libre es cierto, como escribe honestamente
Sastre, que nos esperan «tiempos se mucho dolor». Y decir esto
¿puede juzgarse como «amenaza», según pretenden los hijos de la
furia, si se me permite este lenguaje evangélico, tan maltratado
hoy por los creyentes de palio?
Alfonso Sastre es un ciudadano de bien, un intelectual honrado,
una brillante inteligencia al servicio de la convivencia humana.
De su boca han salido siempre palabras vivificadoras, como las
que asimismo salieron de la boca de Eva, su esposa muerta para
el siglo y viva para quienes vivimos en su mismo espíritu.
Volvamos ahora a la
liberación del deseo. Porque también hay que someter el deseo,
en el recinto de cada cual, allí donde resulta imposible
mentirnos, a la prueba viva del honesto servicio a la
colectividad como ente vivificante de todo. Esa prueba nos dirá
si deseamos el bien de todos o espuriamente la consecución de
intereses limitados por dos mojones inmorales: los intereses
personales o la ciega adoración hacia gentes e ideas que nos
parecen incuestionables como surgidas del poder, al que se
supone gratuitamente verdadero por su misma capacidad de
opresión. La sociedad actual comete el pecado diario de
idolatría. Idolatría hacia quienes nos sumen en certezas
acríticas, en seguridades venenosas, en imágenes que obturan la
propia capacidad creativa porque no es posible disponer de la
opuesta y costosa liturgia comunicadora con que los poderosos
transforman su propuesta en un imaginario desideratum universal.
La obra de Alfonso Sastre contiene precisamente, y si mi
análisis no es encantamiento, los elementos precisos e
indispensables para mostrar el vacío humano que albergan esos
ídolos privados de luz intelectual, de generosidad moral, de
capacidad de convocatoria veraz para que la igualdad humana se
haga real y conduzca a la elevación social de todos. Son ídolos
de veste refulgente y de hornacina sobredorada, de espada y
cepillo.
Porque, ¿qué es sino
oferta de paz mencionar los posibles males que se hagan realidad
por la terca y torcida voluntad de quienes los niegan sin
criterio alguno o incluso, en algunos casos, los desean
endemoniadamente para conservar poder y beneficio? Quizá los
tales pregonen la laicidad social no como liberación de inútiles
teologías, para reencontrar así lo desnudamente humano, sino
como forma de instalar su propio y malsano catecismo, su
religiosidad secular basada en la explotación de los nuevos y
torpes creyentes en nombre de dioses perversos.
¿Qué ha hecho Alfonso Sastre para merecer el triste beneficio de
tantas bienaventuranzas sino predicar la palabra libre como
vehículo de proximidad y de paz? La tormenta se ha abierto sobre
su cabeza porque quizá no haya nada tan debelador de la
injusticia como la palabra liberada. Sabe Alfonso, al que
renuevo públicamente mi amistad y respeto, que abrir la puerta
de la jaula a la palabra equivale a elevar la dignidad de todos
los ciudadanos, que no tienen en la gran mayoría de los casos
otro bien y otra herencia que esa palabra rescatada de la
prisión en que habitualmente se la tiene. El ciudadano hodierno
no posee más que su deseo, tantas veces exorcizado desde la
zarza ardiente del poder; ese deseo golpeado por la suprimida
libertad para expresarlo. Es más, ese deseo solamente podrá
cumplirse tras la noche en que no funcionen los cuchillos largos
envainados frecuentemente en la funda de la ley: el día que sea
de día. Hay que añadir que el ciudadano que logra desintoxicarse
íntimamente del veneno del poder vive su maltratado deseo en el
recaudo de ese espíritu interno que le orienta como una brújula
hacia la verdad. Y ahí se consuela y espera que esa verdad surja
potente a la luz para que haya paz. Alguien ha de acometer la
empresa. Ése es el gran destino que no puede traicionar el
intelectual, tan dado en tantos casos al cotidiano rumiar en el
pesebre fácil. Alfonso Sastre intenta jornada tras jornada, a
veces con la ira del justo, dar forma verbal al deseo oculto y
temeroso del ciudadano que sabe qué le pasa y de ahí le vienen
al escritor condenas que paradójicamente le enaltecen al par que
tratan de constituirle en prisionero perpetuo. Pensar desde la
libertad siempre ha sido un mal oficio para pretender el pan y,
sobre todo, para evitar el pan envenenado.
Hay que liberar el
deseo. Esa es ahora la gran empresa política. El deseo de paz,
de igualdad, de justicia, de respeto. De voluntad fraterna. Hay
que salir de la inmensa charca en que los poderes que actúan al
margen de las urnas tienen sumergidas a las instituciones de
toda índole, tantas veces simplemente encuadernadas con piel de
papeletas transgénicas. Liberar el deseo, haciéndolo así
posible, es más urgente en términos históricos que seguir
sobrenadando agónicamente necesidades que dentro del sistema se
reproducen de una manera inevitable. Todo ciudadano con una
inteligencia sanamente constituída sabe que los deseos que
alberga acerca de un modelo justo de sociedad resultan
plenamente realizables si se protege su liberación. Poblar la
opinión ciudadana con las palabras hoy aprisionadas entre el
miedo y la ignorancia equivale a abrir las compuertas de la
reacción ciudadana frente a lo indigno. El fenómeno de la
Ilustración no consistió en crear modelos nuevos de pensamiento
sino en hacer posibles socialmente los pensamientos que yacían
clandestinamente recluídos en el almario de los pueblos. Por eso
precisamente, por tratarse de un fenómeno de liberación del
pensamiento más que de invención del mismo, todas las instancias
represoras desde la Corona a la Iglesia, procedieron con dureza
extrema contra esa apertura de la inteligencia, ya que una
liberación suele estimular las siguientes. La clase emergente de
la burguesía, sin más ideología que el individuo para sí mismo,
tomó parte en el juego a cambio de beneficios cuantiosos. Hoy
sucede lo mismo, pero como la burguesía ha muerto víctima del
engaño neoliberal, se sustituye su apoyo por el que prestan los
ciudadanos encandilados con la imagen del vencedor social -el
falsificado burgués actual- que es, como imagen, más barata y
más fácil de difundir.
Se
ha de añadir que a la liberación del pensamiento, hoy hablamos
de eso respecto a Sastre, suele oponerse una violencia tan
sibilina como sangrienta. Una violencia que como ciertos
personajes mitológicos, se disfraza de las formas más diversas
para cometer sus violaciones y crímenes y que invierte los
juegos de lenguaje para convertir a las víctimas en victimarios.
Hoy vivimos uno de esos dramáticos momentos en que la violencia
del poder escribe torcido con renglones derechos.