La izquierda de
siempre
Ramiro Álvarez
UCR 20
de Mayo de 2009
Cuando le suenan señales de alerta,
la derecha –siempre y en cualquier parte del mundo– cierra
inmediatamente sus filas y actúa como bloque monolítico. En
definitiva, cuando vive un ataque está en juego su supervivencia
como sector privilegiado; y eso, por lo que se ve, no admite dudas:
o se une o la expropian, o depone diferencias y actúa como bloque o
desaparece. La experiencia nos enseña que siempre, a cara de perro,
se opta sin titubeos por la primera opción.
Pero, desgraciadamente, no sucede lo mismo en la izquierda. ¿Por
qué?
Como se viene diciendo maliciosamente, pero no sin un resquicio de
verdad: si algo define a las izquierdas es su manía de estar siempre
dividiendonos; peleándonos por quién representa mejor a la
ciudadanía, en muchas ocasiones ; fragmentándonos, a ver quién
consigue el protagonismo. Ese es el mal pasado, presente y
desgraciadamente futuro, siempre y en cualquier parte del mundo, al
igual que en la derecha su instinto de clase para unirse.
La conclusión y reflexión es ¿por qué?, y más importante aún: ¿qué
hacer para remediarlo?
Históricamente, es que la izquierda es casi siempre, un sector
bastante marginal en las sociedades; implica una toma de posición
que, si bien tiene algo, o mucho, de afectiva, es ante todo
intelectual. Ser de izquierda significa ir contra la corriente y
sistema establecido. Para decirlo más sencillo: es más fácil no
"complicarse la vida" y no pensar de ese modo, lo cual sirve, antes
que nada, "para meterse en problemas". Quien decide incorporar esas
categorías de pensamiento en su vida da un salto racional nada
despreciable: se tiene que desembarazar de todos los valores que el
peso de la tradición le sugiere. Y ello implica un profundo paso
intelectual. Luego –no siempre, pero sí en muchas ocasiones– puede
venir un cambio sustantivo en la vida cotidiana (un pensamiento de
izquierda no implica necesariamente una actuación revolucionaria;
pero es ya un gran paso).
Dado ese paso, es muy probable que se abran nuevos horizontes
conceptuales: al empezar a ver el mundo con nuevas ideas, al
comenzar la "crítica implacable de todo lo existente" –tal como
reclamaba el fundador del marxismo, padre intelectual de toda esta
corriente– se descubren cantidad de mentiras sociales coaguladas,
normalizadas, aceptadas desde siempre como naturales. No hay dudas
que el pensamiento de izquierda es progresista y no se escandaliza
ante ningún cambio positivo; se da por hecho que es abierto,
tolerante, no racista, no sexista, no discriminatorio, no
enfermizamente consumista.
Pero sigue estando en juego el tema del poder. No es ninguna novedad
que dentro del campo de las izquierdas (que no es lo mismo que las
protestas de la gente: las movilizaciones espontáneas, las
reacciones ante injusticias, la pasión por no dejarse doblegar), los
miembros que la componen viven muchas veces peleando entre sí,
discutiendo y fragmentándose como no lo vemos en los partidos
políticos de la derecha. Grupos pequeños, de cincuenta militantes,
con frecuencia se separan. Las asambleas políticas, los intercambios
teóricos, los debates a veces pueden ser patéticos, con discusiones
interminables –y bizantinas– que no llevan a ningún lado, donde lo
que está en juego es, en definitiva, ver "quién es más izquierdas y
revolucionarios".
Si queremos entender este fenómeno, quizá no debiéramos partir por
rebajarlo: la lucha por el poder es perversamente humana, quizá lo
más intrínsecamente humano que podamos encontrar. En el ámbito de lo
que podríamos decir "la derecha" –muy amplio, por cierto: todas
aquellas fuerzas que tienden a conservar el statu quo, desde
empresas privadas a partidos políticos, desde Estados a iglesias–
también asistimos a una lucha interminable por el poder, por vencer
al otro, al “enemigo” (al enemigo natural de clase, o al competidor
dentro de su misma clase). Lo llamativo es que ante las amenazas
peligrosas (la izquierda, la protesta, lo que le mueve los
cimientos, la "gente" enardecida) se une, cierra filas, en algunas
ocasiones, y con mayor asiduidad actualmente, clases trabajadoras,
casi marginales, (situación que no entiendo, aunque teniendo la
clase política de izquierdas que tenemos, no me extraña. Cosa que no
pasa en el campo de la izquierda.
Por supuesto que también la lucha por el poder se da en la derecha.
Lo preocupante de la izquierda es la fragmentación interminable que
pareciera ser su cáncer; en vez de unirse, sobrevive dividiéndose.
La consigna pareciera consistir en "quién lo dice mejor", "quién es
más de izquierda". En otros términos –y hablando del poder–: "¿quién
la tiene más larga?" (asumiendo que el poder, al menos hoy, está
construido en términos masculinos), otro señal de cómo ha
“evolucionado” la izquierda española, mucha ley de paridad, pero
éllas siguen estando en segundo plano, en cuanto a poder real se
refiere .
Entendiendo que esto es humano, o "humano" tal como ha sido hasta
ahora en la historia de las sociedades basadas en la división de
clases y patriarcales donde alguno "triunfa" y muchos "pierden",
entendiendo que, hoy por hoy, todos venimos de la misma matriz,
también en los que pretenden un cambio están presentes estas
estructuras. También en la izquierda estamos llenos de taras, de
estupideces, de "vicios". ¿Por qué no iba a ser así? ¿No somos
también machistas o racistas en la izquierda muchas veces? Cuando se
discute por la "pureza teórica", ¿realmente se discute por eso, o
hay más en juego? ¿No hay figuraciones y pavoneos también ahí?.
¿Hay vacuna contra esto? ¿Por qué vivimos peleándonos por una coma
en la declaración, por una palabra?. Más allá de ser ridículo, la
cuestión es que todo ello nos paraliza como propuesta de cambio
real. Pelearse por una palabra es un puro ejercicio intelectual,
académico, no muy distinto de las discusiones de los teólogos
medievales que debatían sobre el sexo de los ángeles. "Izquierdismo"
lo llamó Lenin; "enfermedad infantil del comunismo". Aunque creo que
no sea una enfermedad en el sentido estricto sino una condición
humana, una condición de lo que hoy es humano.
De todas formas es más fácil dividir que sumar, más cómodo criticar
que construir. Infinidad de ejemplos ratifican que la izquierda –no
siempre, claro, pero sí en muchas ocasiones– cuando tiene que sumar,
se divide y se rompe, cuando tiene que estar con las masas, se queda
discutiendo sobre un concepto.
Tragicómica condición intelectual: pensar en forma crítica es
buenísimo, es un paso adelante en el progreso humano. Pero a veces
puede dar lugar a payasadas que no llevan a ningún lugars: el sexo
de los ángeles o la coma en la declaración. Tal vez si de vacuna
contra todo ello se trata, podríamos decir que… no hay antídoto
(quizá no es una "patología" como decía Lenin). Lo que debemos abrir
es una crítica sobre el poder, y buscarle los antídotos a eso. ¿Por
qué fascina "el tamaño"? Algunos se pavonean con el Rolex de oro,
otros se escinden porque la marcha "traicionó" la causa y no fue por
la embajada sino hacia una plaza, y eso merece un "repudio
revolucionario". Y lo dicen con toda seriedad, convencidos que están
en posiciones revolucionarias. Lo cierto es que resulta muy difícil
saber cuándo se pasa de lo revolucionario… a lo descabellado.
En definitiva, si nos tomamos en serio eso de construir una nueva
sociedad, debemos partir desde la base, que todos somos iguales, de
verdad.
Trabajar y luchar por ese ideal es el
desafío. ¿Qué otra cosa es la izquierda?
Saludos compañeros