Correo

Alameda, 5. 2º Izda. Madrid   28014 Teléfono:  91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04     

 

No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

La izquierda de siempre

Ramiro Álvarez

UCR 20 de Mayo de 2009

 

Cuando le suenan señales de alerta,  la derecha –siempre y en cualquier parte del mundo– cierra inmediatamente sus filas y actúa como bloque monolítico. En definitiva, cuando vive un ataque está en juego su supervivencia como sector privilegiado; y eso, por lo que se ve, no admite dudas: o se une o la expropian, o depone diferencias y actúa como bloque o desaparece. La experiencia nos enseña que siempre, a cara de perro,  se opta sin titubeos por la primera opción.

Pero, desgraciadamente, no sucede lo mismo en la izquierda. ¿Por qué?

Como se viene diciendo maliciosamente, pero no sin un resquicio  de verdad: si algo define a las izquierdas es su manía de estar siempre dividiendonos; peleándonos por quién representa mejor a la ciudadanía, en muchas ocasiones ; fragmentándonos, a ver quién consigue el protagonismo. Ese es el mal pasado, presente y desgraciadamente futuro, siempre y en cualquier parte del mundo, al igual que en la derecha su instinto de clase para unirse.

La conclusión y reflexión es ¿por qué?, y más importante aún: ¿qué hacer para remediarlo?
Históricamente, es que la izquierda es casi siempre, un sector bastante marginal en las sociedades; implica una toma de posición que, si bien tiene algo, o mucho, de afectiva, es ante todo intelectual. Ser de izquierda significa ir contra la corriente y sistema establecido. Para decirlo más sencillo: es más fácil no "complicarse la vida" y no pensar de ese modo, lo cual sirve, antes que nada, "para meterse en problemas". Quien decide incorporar esas categorías de pensamiento en su vida da un salto racional nada despreciable: se tiene que desembarazar de todos los valores que el peso de la tradición le sugiere. Y ello implica un profundo paso intelectual. Luego –no siempre, pero sí en muchas ocasiones– puede venir un cambio sustantivo en la vida cotidiana (un pensamiento de izquierda no implica necesariamente una actuación revolucionaria; pero es ya un gran paso).

Dado ese paso, es muy probable que se abran nuevos horizontes conceptuales: al empezar a ver el mundo con nuevas ideas, al comenzar la "crítica implacable de todo lo existente" –tal como reclamaba el fundador del marxismo, padre intelectual de toda esta corriente– se descubren cantidad de mentiras sociales coaguladas, normalizadas, aceptadas desde siempre como naturales. No hay dudas que el pensamiento de izquierda es progresista y no se escandaliza ante ningún cambio positivo; se da por hecho que es abierto, tolerante, no racista, no sexista, no discriminatorio, no enfermizamente consumista.

Pero sigue estando en juego el tema del poder. No es ninguna novedad que dentro del campo de las izquierdas (que no es lo mismo que las protestas de la gente: las movilizaciones espontáneas, las reacciones ante injusticias, la pasión por no dejarse doblegar), los miembros que la componen viven muchas veces peleando entre sí, discutiendo y fragmentándose como no lo vemos en los partidos políticos de la derecha. Grupos pequeños, de cincuenta militantes, con frecuencia se separan. Las asambleas políticas, los intercambios teóricos, los debates a veces pueden ser patéticos, con discusiones interminables –y bizantinas– que no llevan a ningún lado, donde lo que está en juego es, en definitiva, ver "quién es más izquierdas y revolucionarios".

Si queremos entender este fenómeno, quizá no debiéramos partir por rebajarlo: la lucha por el poder es perversamente humana, quizá lo más intrínsecamente humano que podamos encontrar. En el ámbito de lo que podríamos decir "la derecha" –muy amplio, por cierto: todas aquellas fuerzas que tienden a conservar el statu quo, desde empresas privadas a partidos políticos, desde Estados a iglesias– también asistimos a una lucha interminable por el poder, por vencer al otro, al “enemigo” (al enemigo natural de clase, o al competidor dentro de su misma clase). Lo llamativo es que ante las amenazas peligrosas (la izquierda, la protesta, lo que le mueve los cimientos, la "gente" enardecida) se une, cierra filas, en algunas ocasiones, y con mayor asiduidad actualmente, clases trabajadoras, casi marginales, (situación que no entiendo, aunque teniendo la clase política de izquierdas que tenemos, no me extraña. Cosa que no pasa en el campo de la izquierda.

Por supuesto que  también la lucha por el poder se da en la derecha. Lo preocupante de la izquierda es la fragmentación interminable que pareciera ser su cáncer; en vez de unirse, sobrevive dividiéndose. La consigna pareciera consistir en "quién lo dice mejor", "quién es más de izquierda". En otros términos –y hablando del poder–: "¿quién la tiene más larga?" (asumiendo que el poder, al menos hoy, está construido en términos masculinos), otro señal de cómo ha “evolucionado” la izquierda española, mucha ley de paridad, pero éllas siguen estando en segundo plano, en cuanto a poder real se refiere .

Entendiendo que esto es humano, o "humano" tal como ha sido hasta ahora en la historia de las sociedades basadas en la división de clases y patriarcales donde alguno "triunfa" y muchos "pierden", entendiendo que, hoy por hoy, todos venimos de la misma matriz, también en los que pretenden un cambio están presentes estas estructuras. También en la izquierda estamos llenos de taras, de estupideces, de "vicios". ¿Por qué no iba a ser así? ¿No somos también machistas o racistas en la izquierda muchas veces? Cuando se discute por la "pureza teórica", ¿realmente se discute por eso, o hay más en juego? ¿No hay figuraciones y pavoneos también ahí?.

¿Hay vacuna contra esto? ¿Por qué vivimos peleándonos por una coma en la declaración, por una palabra?. Más allá de ser ridículo, la cuestión es que todo ello nos paraliza como propuesta de cambio real. Pelearse por una palabra es un puro ejercicio intelectual, académico, no muy distinto de las discusiones de los teólogos medievales que debatían sobre el sexo de los ángeles. "Izquierdismo" lo llamó Lenin; "enfermedad infantil del comunismo". Aunque creo que no sea una enfermedad en el sentido estricto sino una condición humana, una condición de lo que hoy es humano.

 
De todas formas es más fácil dividir que sumar, más cómodo criticar que construir. Infinidad de ejemplos ratifican que la izquierda –no siempre, claro, pero sí en muchas ocasiones– cuando tiene que sumar, se divide y se rompe, cuando tiene que estar con las masas, se queda discutiendo sobre un concepto.

Tragicómica condición intelectual: pensar en forma crítica es buenísimo, es un paso adelante en el progreso humano. Pero a veces puede dar lugar a payasadas que no llevan a ningún lugars: el sexo de los ángeles o la coma en la declaración. Tal vez si de vacuna contra todo ello se trata, podríamos decir que… no hay  antídoto (quizá no es una "patología" como decía Lenin). Lo que debemos abrir es una crítica sobre el poder, y buscarle los antídotos a eso. ¿Por qué fascina "el tamaño"? Algunos se pavonean con el Rolex de oro, otros se escinden porque la marcha "traicionó" la causa y no fue por la embajada sino hacia una plaza, y eso merece un "repudio revolucionario". Y lo dicen con toda seriedad, convencidos que están en posiciones revolucionarias. Lo cierto es que resulta muy difícil saber cuándo se pasa de lo revolucionario… a lo descabellado.

En definitiva, si nos tomamos en serio eso de construir una nueva sociedad, debemos partir desde la base, que todos somos iguales, de verdad.

Trabajar y luchar  por ese ideal es el desafío. ¿Qué otra cosa es la izquierda?

 

Saludos compañeros

 

  Página de inicio

Free counter and web stats