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La caja
Rafael Torres
OTR / Press
29 de Octubre de 2009
La cada vez más extendida sospecha de que una parte de la clase política
española ha devenido en partida de bandoleros y facinerosos, debería
acompañarse de la certidumbre de que quien sospecha podría ser imputado
como cómplice o cooperador necesario. La democracia, incluso su
simulacro, es lo que tiene, que la responsabilidad última recae en el
elector, que a menudo y por ignotas razones prefiere los golfos a las
personas honradas. Por esa preferencia, nacida en todo caso del
analfabetismo político, la política goza de tanto predicamento entre los
hampones, pues por ella se accede a la combinación de la caja fuerte.
Del interminable franquismo, que robó España entera, viene esa idea del
poder como exacción o despojo, idea apenas modificada en la llamada
Transición, interminable igualmente, salvo por el atrezzo democrático
que extiende al ciudadano la responsabilidad, bien que sin llevarse
parte.
A propósito de cajas fuertes,
Cajamadrid es, sin duda, una de las más fuertes, sino la más de todas.
Que se sepa, ninguno de sus administradores o de sus gerentes políticos
se ha llegado a la plaza del Celenque, o donde quiera se halle ahora la
caja de caudales de la entidad, y ha metido la mano. La cosa es más
grave: se creen que es suya con cuanto contiene. Y se disputan su
control. El que tiene la Caja, gana, pero por cómo andan las cosas en la
derecha, el asunto se retuerce un poco: el que controle la Caja,
controlará el PP, esto es, la empresa que suplantará la voluntad
nacional cuando la que la suplanta ahora le ceda los trastos en éste
turnismo delirante de la última Restauración. Rajoy y Aguirre
protagonizan, bien que el primero solapado en Gallardón y éste en Cobo,
esa impúdica guerra por la Caja, por el partido, por el poder, en tanto
la empresa para la que trabajan ambos sigue subiendo en los sondeos y
cotizando al alza. |