Es interesante señalar que Krugman no
siempre fue un economista progresista. Antes al contrario,
fue miembro del equipo económico del Presidente Reagan, que
ha ido evolucionando transformándose en un economista con
acentos claramente keynesianos. Hay que subrayar esta
evolución, pues el texto que él escribió hace ya algunos
años sobre el desempleo en la Unión Europea “Past and
Prospective Causes of High Unemployment” (y que es
ampliamente conocido en EE.UU.) era representativo de la
interpretación liberal (liberal en el sentido europeo de la
palabra) que atribuía el crecimiento del desempleo en Europa
primordialmente a unas supuestas rigideces existentes en los
mercados laborales europeos, responsables, según él, de una
supuesta “eurooesclerosis”.
Tal trabajo, por cierto, estimuló la respuesta de David
Howell, Dean Baker, Andrew Glyn y John Schmidt (economistas
muy conocidos en EE.UU. y en Gran Bretaña), que en su
artículo “The Protective Labor Market Institutions at the
Roof of Unemployment? A Critical Review of the Evidence”
mostraron el error de tales tesis de “euroesclerosis”. Desde
entonces, Paul Krugman ha ido cambiando, aceptando más y más
las tesis de estos autores, subrayando que los distintos
niveles de creación y destrucción de empleo existentes a los
dos lados del Atlántico se deben más a las distintas
estrategias económicas seguidas por los gobiernos
estadounidenses y por los europeos que a diferencias de
comportamiento en los mercados laborales.
En la conferencia que Krugman dio en Sevilla, ante la
asociación de empresarios, hizo hincapié, por ejemplo, a la
diferencia de comportamientos económicos, fiscales y
monetarios entre el gobierno federal de EE.UU. y el de los
gobiernos de la UE-15. EE.UU. es mucho más keynesiano que la
mayoría de gobiernos de la UE. (Para una expansión de estas
diferencias, leer “La silenciada causa de la crisis”,
publicado en “Público” el 19 marzo de 2009). Ahora bien, al
hablar de España Krugman indicó que una manera de que España
saliera de la crisis podría ser bajando los salarios
(refiriéndose a los salarios españoles como más altos que
los existentes en la zona euro). Ello ha sido interpretado
por varios medios de información económica como un apoyo a
las tesis sostenidas por el mundo empresarial español que en
pleno proceso de negociación colectiva está pidiendo en la
práctica que bajen los salarios.
Pero veamos primero qué dijo Krugman. Y cito textualmente.
“Durante la última década España fue la Florida de Europa.
Su economía experimentó un enorme crecimiento estimulado por
un enorme boom de la vivienda. Pero como en Florida, el boom
se transformó en un colapso. Ahora España necesita encontrar
nuevas fuentes de ingreso y ocupación que sustituyan los
ingresos y el empleo destruido en construcción”. El mensaje
de Krugman es, pues, claro: hay que buscar nuevas fuentes de
estímulo de la economía y otras áreas de creación de empleo.
Ahora bien, Krugman indicó que una manera de crear empleo
sería siguiendo políticas deflacionistas. Así, dijo “¿Cómo
España sale de la crisis actual? Dado que la devaluación de
la moneda no es posible… hay que recurrir a medidas
deflacionistas, como la reducción de los salarios, que,
difíciles en tiempos normales, son incluso más difíciles en
tiempos de deflación con disminución de los precios… y ello
será muy doloroso.” Ahora bien, como ha señalado el
economista Robert Pollin, esto sería retroceder todavía más
y retrasar la recuperación de España todavía más.
Disminuiría la demanda sin necesariamente mejorar la
productividad. De ahí que el propio Krugman señaló que otra
vía, que él favorece, sea la de aumentar la productividad
del trabajador. Por cierto, su comentario sobre los salarios
en la manufactura (superiores a los de la zona euro) no se
corresponden con los publicados por el Economic Policy
Institute, que en su Informe “The State of Working America”
señala que la productividad del trabajador de la manufactura
es el 72% del homólogo estadounidense, siendo su salario
(medido por salario por hora) es aproximadamente el 76% del
estadounidense, una cifra casi comparable al diferencial de
productividad. No parece, por lo tanto, justificada la
crítica de supersalarios. En realidad, comparando tales
salarios con los del trabajador de la zona euro, el salario
horario español es menor, no superior al que le corresponde
por su nivel de productividad.
En cualquier caso, Krugman no aconseja la reducción de los
salarios como primera solución, si hay la posibilidad de
aumentar la productividad. Pero es ahí donde Krugman se
queda corto. Y es ahí donde sus críticos como Pollin y otros
economistas han señalado los límites de la recomendación de
Krugman para España. El enorme énfasis que en España se da
al incremento de la productividad a través de cambios en el
mercado de trabajo contrasta con la escasa atención que se
da a las medidas macroeconómicas que impactan en tal
productividad. Es cierto que se reconoce que inversiones en
educación y en el capítulo de investigación y desarrollo son
necesarias para aumentar la productividad. Y también se
acentúa la importancia que tienen las inversiones públicas
en infraestructuras. Pero no se reconocen y apenas tienen
visibilidad mediática las intervenciones del estado en
incrementar el gasto público en aquellos sectores públicos y
privados que están sedientos de empleo, como son la sanidad,
los servicios sociales, las escuelas de infancia, los
servicios domiciliarios, y otros servicios que contribuyen
enormemente, no sólo al capital humano sino también al
capital social, dando seguridad a la población (y con ello
aumentan la productividad además de tener efectos
redistributivos). En España el establishment económico,
político y mediático no es todavía consciente de que hay una
relación directa entre la baja productividad en España y el
escaso desarrollo de su estado del bienestar, que se traduce
en uno de los gastos públicos y gasto público social más
bajo de la UE-15. Este estado del bienestar se percibe como
un consumo y no como un agente de inversión productiva. Ahí
está el problema. En este aspecto me permito aconsejar al
lector que lea el excelente artículo de Robert Pollin How to
end the recesion, publicado en “The Nation” (Nov.24,08).
España puede reducir los impactos negativos de la recesión y
facilitar su recuperación (no sólo esperando lo que ocurra
en la UE) sino creando empleo a través de la inversión del
gasto público, algo que ya hace pero debiera hacerlo en
dosis mucho mayores de lo que está haciendo.
Rogaría al lector que leyera y distribuyera los escritos que
he hecho sobre estos temas en mi nuevo blog
www.vnavarro.es, o en el
antiguo
www.vnavarro.org
(provisionalmente inoperativo). Y que
distribuyera este artículo lo máximo posible, porque el
dominio liberal en los medios es tal que es muy difícil
presentar opiniones, puntos de vista y evidencia que
cuestiona la sabiduría convencional del establishment
económico. Es positivo que Krugman contribuyera a cuestionar
algunos elementos de la sabiduría convencional existente en
España durante su visita a nuestro país. Pero, además de dar
pie a una cierta confusión acerca de su postura referente a
España (que según Pollin responde más al antiguo que no al
nuevo Krugman) su recomendación para España es insuficiente.
Sería de desear que el Presidente Zapatero invitara a
desayunar además de a Krugman a economistas estadounidenses
y europeos, como Robert Pollin, Dean Baker, Mark Weisbrot,
James Galbright, John Schmidt y otros, que desde la
sensibilidad keynesiana de izquierdas han propuesto
políticas redistributivas para resolver la crisis, políticas
que van más allá de la necesidad de centrarse en la sociedad
del conocimiento del cual hablaré en otro artículo. Lo que
debería diferenciar las posturas de izquierdas de las de
derechas, es precisamente el reconocimiento de que el
neoliberalismo creó el problema a base de incrementar las
desigualdades responsables de la escasa demanda por un lado
(resultado de la disminución de la capacidad adquisitiva de
las clases populares) y de la especulación de capital
financiero por el otro. Esto es lo que ocurrió en el periodo
que precedió a la Gran Depresión de los años treinta, y es
lo que está ocurriendo ahora. Esta situación ha ocurrido
también en España y cualquier solución de izquierdas tiene
que reconocer este hecho, promoviendo medidas
redistributivas como parte de la solución a esta gran
crisis. No hacerlo es perder la propia personalidad de las
izquierdas.