Los partidos
políticos reaccionan frente a sus corruptos como la Iglesia
frente sus pederastas, quizá porque la Iglesia tiene algo de
partido político, pero sobre todo porque los partidos
políticos se parecen cada vez más a la Iglesia. No es fácil
interpretar ese instinto perverso por el que el Vaticano
protege a sus delincuentes y las formaciones políticas a sus
malhechores, pues la realidad demuestra que esa actitud, a
medio y largo plazo, provoca calamidades. Por si fuera poco,
la factura la pagamos a escote. Cuando el PSOE de González
cayó en las urnas, fueron sus votantes los más perjudicados.
Los chorizos y los secuestradores y los asesinos a los que
el PSOE protegió hasta extremos delirantes ni siquiera están
ya en la cárcel. En cambio, a Aznar, que fue el beneficiario
de la operación, tuvimos que soportarlo durante ocho años
los ciudadanos de a pie de España (y los de Irak, muchos de
los cuales están muertos).
Lo que los
políticos llaman, de forma aséptica, "desafección de la
ciudadanía", comienza a ser un estado de cabreo latente
derivado de los privilegios que acumulan nuestros
representantes. Usted no puede subvencionar a una empresa en
la que trabaja su hija, sea o no legal. O hay subvención o
hay hija. Usted no puede utilizar a un empleado público para
limpiar su piscina. Usted no puede ser senador ni tesorero y
acarrear maletines con billetes de 500 euros, aunque sean de
curso legal, incluso aunque no tengan restos de cocaína, que
lo dudamos. Si usted se quiere dedicar a la política, tiene
que ser un estrecho, o sea, que ni trajes de Milano ni
cestas de navidad ni ostias. Pero sobre todo, usted ha de
permanecer atento a la pantalla, no para proteger al
corrupto, sino para extirparlo. Un partido político no puede
comportarse como una religión ni como una secta, joder, a
ver si distinguimos.