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Izquierda, verdes y
decrecimiento: tan lejos, tan cerca
Iñaki Valentín
El Viejo Topo 8
de Enero de 2009
La izquierda y los verdes se han visto
abocados, a veces de forma un tanto forzada, a protagonizar
alianzas siempre problemáticas. En los últimos años, con las
teorías del decrecimiento llamando a la puerta en una situación
de gran incertidumbre, se ha abierto una posibilidad para que
esta unión sea real, deseada y sobre todo, necesaria.
Una relación tortuosa
La izquierda, bien sea ésta la
socialdemócrata o la transformadora, y los verdes han tenido a
lo largo de los últimos años en Europa una intensa a la par que
extraña relación. Este maridaje, trufado de amor-odio, ha dado
como resultado alianzas casi siempre forzadas que, a la postre,
han acabado en numerosas ocasiones en una ruina electoral e
ideológica considerable, cuando no en rupturas y en verdaderas
batallas campales con algunos juicios incluídos por la
utilización de nombres o siglas.
Desde la década de los 70, pero sobre todo
desde los 80 en adelante, la necesidad de la izquierda por
incorporar el elemento verde en su propuesta ha sido cada vez
más acuciante. Obviamente, esto se ha visto incrementado en los
últimos años con las alarmantes perspectivas que el cambio
climático nos plantea como especie que quiere sobrevivir en un
planeta sobreexplotado y superpoblado. Sin embargo, la reflexión
profunda de cómo influye lo verde en las enraizadas creencias de
la izquierda para adecuar la ideología a los nuevos tiempos no
se ha realizado nunca de forma seria. Al final, la cuestión
verde ha venido quedando más como un añadido simpático y como
una marca de buenas intenciones que como una fuente ideológica.
Los verdes, por su parte, han sufrido
graves consecuencias por sus devaneos políticos erráticos (no
hay más que ver los casos de Francia y Alemania) que les han
llevado a perder apoyo popular al percibirse más una tendencia
al “pacto con cualquiera” que a la lucha transformadora;
igualmente, esto se ha traducido en la creación de escisiones y
grupúsculos trabajando, cuando no molestándose entre sí, al más
puro estilo del peor ejemplo de la izquierda. Pero la realidad
ha sido que los activistas verdes, para desarrollar sus luchas y
propuestas en el día a día, siempre han tenido que buscar algún
tipo de alianza con la izquierda donde han encontrado, mal que
bien, su mejor refugio.
En los últimos tiempos, tanto desde la
izquierda transformadora como desde los partidos y movimientos
verdes la asunción cada vez más pujante, aunque todavía
incipiente, de las teorías del decrecimiento económico
y el postdesarrollo
que proponen un cambio radical en el sistema económico y social,
negando la supremacía del modelo de desarrollo capitalista y
haciendo especial hincapié en el elemento ecológico, pueden
brindar una oportunidad, a través de la ecología política, para
que por fin la izquierda y los verdes se sientan razonablemente
acompasados y parte de un mismo proyecto. Esta alternativa, que
entiendo necesaria como más abajo expondré, requiere para ser
válida de una seria autocrítica por ambas partes y una
autentificación del mensaje común.
Las rémoras de la izquierda
La izquierda ha sufrido crueles batallas
intestinas, cada vez más centradas en luchas de poder que en
aspectos realmente ideológicos, que no han servido precisamente
para atraer a sus filas a muchas personas valiosas adscritas al
movimiento ecologista. Igualmente, es presa, en mi modesta
opinión, de una serie de rémoras ideológicas y de praxis que
chocan con la construcción del modelo de decrecimiento cada vez
más aceptado por los verdes. Citaría brevemente algunas
cuestiones:
-
Frente al decrecimiento económico y la ecología en la
izquierda siguen predominando los aspectos desarrollistas y
productivistas derivados de una interpretación marxista que no
se ha puesto al día. Y esto es válido para la socialdemocracia,
pero también para gran parte de la izquierda que se dice
transformadora, los sindicatos o las ONG “progresistas”.
-
Probablemente derivado de lo anterior, la importancia
práctica y programática del proyecto ecologista se ha visto
siempre confinado a ser un batiburrillo poco trabajado y en
algunos casos reducido al puro conservacionismo camuflado; y
esto, simplemente porque no se ha asimilado realmente el fondo
de la cuestión.
-
Con el paso del tiempo la inercia sobre la alternativa
verde acabó por convertirse a los ojos de los partidos políticos
de izquierda en una luz de neón para atraer despistados/as, para
fagocitar posibles rivales políticos y para adecentar a través
del marketing una raída tradición sin evolucionar.
-
De forma irresponsable, en la época de (supuestas) vacas
gordas del capitalismo y del crecimiento económico la izquierda
se ha centrado en convertirse en mera gestora del sistema antes
que en otorgar prioridad a concretar alternativas al mismo.
Las rémoras de los verdes
Por su parte, los verdes no se han librado
de actitudes y posturas ideológicas que han irritado, con razón,
al movimiento transformador de izquierdas. Entre las más
destacadas, se podrían señalar las siguientes:
-
La aseveración que tantas veces hemos escuchado de que ya
“no existen las clases sociales” sólo puede llevar al estupor
echando una sencilla mirada a nuestro alrededor. Pregonar esta
teoría sin fundamento por parte de muchas gentes defensoras de
la ecología política no es precisamente un buen puente para con
la izquierda. Cosa bien distinta es que la evolución de los
tiempos determine nuevas formas de dominación y nuevos conceptos
dentro de las clases sociales.
-
Igualmente, preconizar la muerte de las ideologías (el
famoso “ya no hay izquierda ni derecha”) para presentar a la
ecología política como una vía nueva que supera las ideas
tradicionales tampoco granjea las simpatías de las personas que
ven como la justicia social es cada vez más necesaria y de qué
parte está siempre el capitalismo. Este es un discurso altamente
nocivo, máxime cuando la cruda realidad diaria hace que el
movimiento verde se vea “obligado” a encontrar sus alianzas
naturales en los movimientos sociales de izquierda.
-
Desde los verdes se ha perdido en Europa mucho tiempo y
esfuerzo en coaliciones políticas contra natura que en muchos
casos han tenido como consecuencia la complacencia con políticas
estrictamente neoliberales, supuestamente contrarias a los
principios de la ecología política (es muy plausible que las
ideas de la desaparición de las ideologías y de las clases hayan
dado impulso a estas aberraciones). De esta forma, se ha llevado
a término, al igual que lo expuesto más arriba para la
izquierda, una mera gestión reformista, a veces ni eso, del
sistema más que un cuestionamiento profundo del mismo.
Despojándose de los tópicos: la
ecología política y el decrecimiento como opción
Recientemente, en una interesante
editorial Miguel Riera se preguntaba, con razón, por el paradero
de la izquierda
ante los desafíos que se nos plantean. Yo añadiría también una
interrogación sobre el paradero de los verdes. Pero
desgraciadamente la respuesta no es tan complicada en ninguno de
los dos casos. Tanto los unos como los otros hemos estado
preocupados por arrear sartenazos en la cabeza del compañero o
bien, en el extremo opuesto, sesteando plácidamente en una
complaciente gestión más o menos socialdemócrata del sistema
capitalista. Las alternativas y la evolución ideológica han sido
aparcadas y no tenidas en cuenta. Un caudal de reflexiones se ha
venido desarrollando en los últimos tiempos alrededor de la
alternativa que supone el decrecimiento y la ecología política
como vía para refundar la izquierda. Estas ideas no se han
querido tener en cuenta mientras el sistema capitalista ha
estado en otra de sus fases de crecimiento económico continuo y
ahora que llegan los momentos de crisis de nuevo queremos
aplicar, a derecha e izquierda, las típicas recetas del
capitalismo en su forma más execrable o a través de
improductivas vías reformistas. Y aunque sea natural la toma de
determinadas medidas (no rebajar el gasto social, luchar contra
el paro, etc.) lo que no deberíamos hacer es olvidarnos del
discurso radical anticapitalista una vez que vuelvan los buenos
tiempos para el crecimiento y el desarrollo, que no para el ser
humano.
En este sentido, el decrecimiento tiene
mucho que decir. Recordemos algunos de los fundamentos del
mismo:
* El modelo
energético actual depende de unos combustibles fósiles que se
van a agotar y cuya viabilidad es nula para el futuro.
* El crecimiento
económico posee y va a poseer siempre una relación directa con
el crecimiento del impacto ecológico y esto, como han expuesto
Jorge Reichmann y otros pensadores y activistas, aunque
consigamos sustituir los combustibles fósiles por energías
renovables. Las energías renovables son necesarias pero habrán
de acompañarse de una forma distinta de valorar lo que hoy
llamamos el nivel de vida.
* La riqueza real
está más allá de la producción de bienes y servicios: el medio
ambiente, la justicia, los procesos de democratización, la
participación ciudadana, etc no pueden ser soslayados. La
consideración de lo material como lo máximo a lo que aspira el
ser humano está dejando de lado a las personas, quienes deben
estar por encima de la economía.
* Las sociedades
actuales están alienadas por el consumo masivo de bienes
materiales fútiles y artificiales. La llamada “sencillez
voluntaria”, el consumo responsable y la austeridad se alzan
como opciones esenciales en lo local y los cambios estructurales
en lo cultural, educativo y político son imprescindibles en un
nivel global.
En estos momentos,
varios países están en decrecimiento y las consecuencias son
obvias: paro, conflictos, pánico… y ya han caído algunos palos
en contra de los/as defensores/as del decrecimiento. Y es que la
situación actual es un buen ejemplo a pequeña escala de lo que
sería el decrecimiento como caos; es decir, el decrecimiento
descontrolado que nos puede venir en sucesivas y virulentas
oleadas probablemente acompañado por un auge de la extrema
derecha y de los modelos xenófobos si no tomamos medidas contra
el modelo de desarrollo, el monetarismo, el sistema energético y
los fundamentos mismos de un modelo injusto en lo social, en lo
cultural y en lo político. Precisamente, frente a ese modelo de
decrecimiento como caos está la oportunidad de construir un
decrecimiento planificado y trabajado que persiga poner fin al
capitalismo. Estamos, por lo tanto, ante una gran oportunidad
para la tan traída y llevada refundación de la izquierda
y para un acercamiento definitivo y honesto con los verdes.
Así, la propuesta sería que sobre estas
premisas añadiéramos, desde el decrecimiento, a nuestras
respectivas tradiciones e ideologías un corpus teórico fuerte y
una base programática muy práctica en lo macro y en lo micro
para tener una alternativa clara (¿Podría ser el anunciado
ecosocialismo del Nuevo Partido Anticapiltalista francés- NPA-
un principio de lo que aquí exponemos?).
A modo de conclusión, habría que remarcar
que la construcción de esta nueva sociedad del postdesarrollo
requiere que tanto los verdes como la izquierda se despojen de
apriorismos, desconfianzas, tópicos y, especialmente, de las
rémoras que más arriba se han señalado. El trabajo por la
ecuación democracia y justicia social sumado al decrecimiento y
la ecología política deberían sentar las bases para una unión
real y duradera. Como se señala reiteradamente es el tiempo de
radicalizar el discurso para plantar batalla al neoliberalismo;
también lo es para caminar juntos. Y ahora parece haber llegado
el momento y la necesidad de plantear a nuestras sociedades que
el camino se acaba al borde de un precipicio y hay que desbrozar
de forma valiente nuevas sendas aunque parezcan complicadas.
Vamos a ver si somos capaces de ponernos a trabajar en esa
dirección.
Iñaki Valentín
Bilbao, 21 de noviembre de 2008
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Término usado
para dotar al decrecimiento de una perspectiva más
global. Para más información consultar:
www.apres-developpement.org
Aclaración: estoy utilizando los términos decrecimiento
y postdesarrollo como “sinónimos”, en el sentido de que
ambos están referidos a un cambio más amplio que lo
estrictamente referido al ámbito económico.
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