Pues bien,
siguiendo ese “razonamiento” (es un decir) pensemos en tantas
cruces católicas que chorrearon sangre mientras las piedras
catedralicias eran testigos de torturas y muertes.
Durante siglos, dictadores y canallas se escudaron en la
religión y sus emblemas para implantar el fanatismo y el terror…
¿habría, por ello, que eliminar los símbolos religiosos?
Por otra parte, no pocas veces, terratenientes, espadones y
obispos han sellado sus pactos siniestros bajo la coartada de
una cruz y las palabras del Evangelio. Sin embargo, nadie
sensato puede pretender que, por este motivo, se cierren los
templos o, simplemente, se prohíba la señal de la cruz.
Y no hay que viajar a la Rusia de Stalin. En la España de Franco
se asesinó en nombre de la religión y “la cruzada”. ¿Deberíamos
suprimir la misa, las procesiones o la Semana Santa por este
motivo?
Por consiguiente, desacreditar el puño en alto o La
Internacional por la utilización torcida de terceros es otro
disparate malintencionado y manipulador de nuestra derecha. No
obstante, resulta comprensible que esta derecha neocon,
populista y garbancera aborrezca La Internacional y el puño en
alto.
Lógico. La Internacional es el himno del movimiento obrero y
este movimiento surgió ante la falta de derechos de los
trabajadores. Y volver a aquellas condiciones, justamente eso,
es lo que pretende la derecha neocon.
Cuando surgió La Internacional, los obreros europeos padecían
jornadas de más de doce horas en un ambiente de hacinamiento y
malnutrición. Esto provocaba enfermedades que segaban aquellas
vidas jóvenes.
Pero poco importaba a los empresarios de la época pues podían
sustituir aquella mano de obra por los indefensos brazos de los
niños. Sí, jamás lo olvidemos, los niños eran un objetivo
codiciado de aquellos “empresarios” ya que “los bajos salarios
de los menores aumentaban la competitividad de las empresas”.
La Internacional fue la música de fondo en la valiente guerra
contra aquella explotación satánica mientras el puño en alto
representaba la unión de todos los trabajadores por una vida
digna.
Y en esa lucha perdieron la vida miles de hombres y mujeres
altruistas que no estaban dispuestos a prostituir su alma.
Recordemos a los mártires de Chicago, ahorcados por reivindicar
la jornada de ocho horas. Y a tantos otros que, para erradicar
el trabajo infantil o luchar por la implantación de ayudas por
enfermedad, paro o vejez fueron golpeados hasta el desmayo en
comisarías y cuarteles.
Todas las ventajas que hoy disfruta un trabajador europeo—y que
tanto irritan a nuestra derecha—se las debemos a aquellos
hombres y mujeres de coraje bíblico y alma limpia, seres
ejemplares que extinguieron su vida tras los barrotes de
tenebrosas cárceles, que padecieron el exilio y el desprecio,
que inmolaron su vida a favor de los demás y contra el egoísmo y
la maldad de los neocon de entonces, contra la bajeza y
castración moral de las heces mediáticas de la época.
Así, el puño en alto y La Internacional escenifican la sinfonía
de aquella lucha, la grandeza del ser humano entregado a sus
semejantes. Por ello, a muchos se nos eriza la piel mientras los
ojos se humedecen al escuchar La Internacional, posiblemente, el
himno más hermoso de la historia de la humanidad.
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Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor
www.gustavovidalmanzanares.blogspot.com