Pere Rusiñol
Público 31 de
Enero de 2009
En
un mundo ideal, el intento del juez de la
Audiencia Nacional Fernando Andreu de juzgar
una masacre en Gaza no tendría ningún
sentido: ¿cómo se atreve un juez español a
meterse en una acción militar tan lejana y
sin ninguna víctima española?
El
problema es que el mundo realmente existente
necesita jueces como Andreu porque
los
poderosos nunca sienten que vaya con ellos
las leyes que rigen para todos los
demás.
Pese a que la justicia internacional ha dado
pasos de gigante, todavía parece
lejano el día en que alguien poderoso se
siente ante un tribunal penal internacional.
Es fácil ver esposado a Radovan Karadzic o a
Charles Taylor. Incluso es sencillo dictar
una orden de detención contra Omar el Bashir
por las atrocidades de Darfur, en la medida
en que además de sátrapa probado es
africano, musulmán y antioccidental. Pero es
inimaginable que los responsables de
declarar de espaldas a la ONU una guerra que
ha provocado 600.000 muertos en Irak, según
The Lancet, respondan ante la justicia
internacional.
Los poderosos
nunca sienten que vaya con ellos las
leyes que rigen para todos los demás
Los protegidos de
Occidente ni siquiera se planteaban la
posibilidad de rendir cuentas ante un
tribunal, salvo en el caso de perder el
favor de su patrón. Hasta que
iniciativas como la del juez Andreu
empezaron a socavar esta impunidad con
el argumento de que los crímenes contra
la humanidad deben juzgarse
siempre, no importa dónde
sucedan.
Pinochet pasó un
mal trago antes de morir y quizá Paul
Kagame, el hombre de EEUU en África,
deba pronto aclarar ante el mismo Andreu
algunos puntos oscuros de la catástrofe
de Ruanda.
En
un mundo ideal, quien esté dispuesto a
liquidar a 14 civiles con tal de cazar a un
supuesto terrorista acabaría ante un
tribunal internacional. Pero Miguel Ángel
Moratinos nos recuerda que este mundo es aún
una quimera.