La huelga de las puñetas
Juan Francisco
Martín Seco
La Estrella Digital
Pocas
protestas han sido tan generalizadas como la que están
protagonizando los jueces -secundada por las cuatro asociaciones
de la judicatura, desde la más conservadora a la más
progresista- y pocas han concitado una reacción de mayor
virulencia por parte del Gobierno y de los medios de
comunicación afines. Parece que se han abierto todas las puertas
del Averno.
Se
emplean términos tales como traición, usurpación, suplantación.
Se les tilda de corporativismo. ¿Quién no es corporativo? Todos
los colectivos lo son y todas las huelgas y los conflictos
poseen algún componente corporativo. ¿No son corporativos los
agricultores y ganaderos, los pescadores, los camioneros, por
citar sólo algunas de las protestas más recientes? ¿No son
corporativos los periodistas cuando claman por la libertad de
información que, en el fondo y por desgracia, casi siempre se
reduce a su libertad para poder decir y afirmar lo que deseen o,
más bien, lo que convenga a los dueños de sus respectivos
medios? ¿Y qué decir de los políticos, acaso no son
corporativos?
El
ministro de Justicia recorre los medios de comunicación
predicando la perversidad de los jueces y la aberración que
representa una huelga de este colectivo. No tienen derecho a su
ejercicio, puesto que son un poder del Estado, e ilustra su
discurso con el argumento de que los ciudadanos pueden elegir si
toman o no toman un avión pero no si van al juzgado. Se asevera
incluso que no existe ningún país desarrollado en el que se haya
celebrado una huelga de jueces.
No
parecen argumentos muy contundentes. En cuanto al último, baste
citar los casos de Francia o de Italia, países que han visto en
diversas ocasiones ponerse en paro a sus jueces. Y si es verdad
que en otros Estados está prohibida la huelga de este colectivo,
siempre lo es por una ley concreta y no por supuestas
incompatibilidades constitucionales. Ahora bien, en España no
existe ninguna normativa de este tipo, a diferencia de lo que
ocurre por ejemplo con las fuerzas y cuerpos de seguridad del
Estado. Los jueces participan del poder judicial, pero también
son funcionarios. Sería absurdo pensar que cuando se sanciona a
un juez se está sancionando al poder judicial.
Tampoco
resulta convincente citar la ausencia de libertad que los
ciudadanos tienen a la hora de acudir a la justicia. En
realidad, dada la concentración económica actual, pocos son los
ámbitos en los que el ciudadano puede escoger los servicios, e
incluso en aquellos casos en que parece que sí es posible se
trata de una seudoelección, empezando por la política, porque
estamos en presencia de oligopolios. Si aceptamos el
razonamiento del señor ministro, deberían tener prohibida la
huelga todos los funcionarios de Justicia, ya que sin ellos poco
o nada pueden hacer los jueces. De hecho, habría que prohibirla
para casi todos los funcionarios públicos y para todas aquellas
empresas públicas o privadas que actúan en régimen de cuasi
monopolio. ¿Para qué están los servicios mínimos? Seguro que
muchos paros causan más trastorno a los ciudadanos que los de la
judicatura.
Pero es
que, además, centrar el problema en si los jueces gozan o no de
derecho a la huelga no tiene demasiado sentido. Lo que deberían
preguntarse el ministro, el Gobierno y los políticos en general
es la razón de que ahora explote una protesta tan unánime de las
togas, y de que hace un año aproximadamente fuesen todos los
funcionarios de Justicia los que secundasen un paro duro y muy
prolongado.
Es
cierto que hay que huir de los corporativismos, en especial
cuando responden a colectivos como el de los jueces, con un gran
poder. Pero mucho más peligrosos son el sectarismo y la
demagogia con la que actúan la mayoría de los políticos, que aún
tienen mucho más poder y, en ocasiones, sin ninguna capacidad
para administrarlo. La tentación de interferir en la justicia y
propiciar linchamientos a propósito de asuntos sensibles y
capaces de impactar en la opinión pública está muy presente en
el mundo político y, por qué no decirlo, en el mediático.
No
conozco al juez Tirado, carezco de criterios para juzgar su
competencia o su falta de ella. Tampoco poseo información acerca
de hasta qué grado fue negligente en el 'caso de Mari Luz', pero
de lo que no me cabe ninguna duda es de que la responsabilidad
mayor del mal funcionamiento de la justicia y de que se
produzcan casos como éste radica en los gobiernos y adláteres de
los últimos treinta años. No han hecho nada para reformarla. La
incompetencia y una visión cicatera del gasto público han
escatimado recursos y han acabado condenando a esta área de la
Administración y a otras muchas a la más completa ineficacia.
Resulta
bastante impúdico presenciar cómo en casos como el de Mari Luz
los políticos se ceban en los supuestos fallos de un funcionario
como si ellos careciesen de responsabilidad, cuando realmente
son los máximos responsables. La chulería que el portavoz
socialista de Justicia en el Congreso ha derrochado citando
-cosa insólita- a las asociaciones de jueces en el Parlamento
con la bravata de que ellos también iban a oírles es buena
muestra del engreimiento que sin ningún motivo ostenta nuestra
clase política.
Los
políticos, los de un lado y los del otro, harían mejor en ser
más humildes recordando que son uno de los colectivos peor
valorados por la opinión pública, y que si es verdad que han
sido elegidos por los ciudadanos es tan sólo porque alguien
tiene que gobernar y se ha demostrado que la democracia es el
menos malo de los sistemas conocidos. Convendría que no
olvidasen que su único mérito consiste en ser sumisos servidores
de un partido y que los ciudadanos no les eligen a ellos
directamente sino tan sólo unas siglas y, en la mayoría de los
casos, sin demasiado convencimiento, sólo porque consideran a
las restantes peores.
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