Una de los asuntos que
más me atraen en nuestros turbios y desgraciados días es la
calidad del lenguaje. Su mala calidad. Es un lenguaje sumario,
descocado, sin el contraste de la más mínima coherencia.
Deshumanizado, intolerante. Un lenguaje que irrita como la
humareda y ahoga como el polvo levantado por el viento.
Leo
en los periódicos que el presidente de Iberdrola, Sr. Sánchez
Galán, ha dicho que «aún hay hueco» para subir las tarifas de la
electricidad. La frase resulta árida, impresentable, tanto por
su simpleza como por su contenido. Hablar con tanta desenvoltura
de que una cosa puede encarecerse más en un momento de angustia
económica generalizada, y hacerlo con un resolutivo «aún hay
hueco», ofende a todo lector que tenga aún vivo un mínimo
sentimiento de humanidad. Cierto que el Sr. Sánchez Galán
explica con un gran desasimiento que se deben acomodar los
costes de producción del kilowatio al precio que debieran tener
según una fría y tajante contabilidad. Pero debiera también
considerar el presidente de Iberdrola que está hablando de una
apetencia empresaria ante millones de «huecos» que han de vivir
la angustia de su cuenta doméstica cada vez que le dan a un
interruptor. Ya sé que esto no habría de decirlo si fuese
respetuoso con la libertad de empresa, pero también colijo que
la libertad de empresa no puede usar como combustible de sus
dividendos a seres humanos. La vida humana es más importante que
la libertad empresarial, sobre todo si esa libertad nos lleva
hasta donde hemos llegado. Dogmas, no; vida, sí. Desde el punto
de vista que acabo de sugerir yo creo que más que ajustar el
consumidor al kilowatio habría que ajustar el kilowatio al ser
humano. Pero ¿existe ahora el ser humano? No: existe el
kilowatio.