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Garoña
Rafael Torres
OTR
Press
11 de
Junio de 2009
Los
trabajadores de la central nuclear de Garoña y las fuerzas vivas de los
municipios de su entorno se han movilizado contra su clausura, si es que
finalmente el gobierno cumple su promesa electoral de ir cerrando las
centrales nucleares según vayan llegando a la edad de jubilación. Desde
luego, se comprende que quienes viven directa e indirectamente de esa
peligrosa industria se opongan a su cierre, como también se comprende el
cumplimiento del contrato electoral del gobierno, pero ya que se
comprenden los extremos de esa contradicción, y la contradicción misma,
no debería ser imposible el hallazgo de una solución satisfactoria para
la mayoría, representada por los once millones de votos que avalaron el
cierre paulatino de las viejas nucleares, y para la minoría,
representada por los que viven de ellas, pero que son, a su vez, los que
más riesgo corren por vivir y trabajar cabe esas vetustas instalaciones.
Ahora bien; esa solución habría de pasar, para solucionar de veras, no
sólo por un replanteamiento del tipo de generación de energía eléctrica,
por la reubicación laboral activa de los trabajadores y por alternativas
para la supervivencia económica de los pueblos aledaños que hoy reciben
grandes sumas por ser tan aledaños, sino, fundamentalmente, por una
firme voluntad política de ahorro energético, de suerte que las
nucleares no sólo se cerraran por peligrosas, insostenibles y viejas,
sino por absolutamente innecesarias.
Garoña necesitaría, según los expertos, mejoras por valor de unos
cincuenta millones de euros para seguir funcionando con alguna garantía,
luego no puede, en puridad, seguir funcionando. Ni puede, ni lo desea la
mayoría, pero ésta debería, además de desear, exigir al gobierno un
drástico giro psicológico y político para emprender sin dilación una
gran cruzada de ahorro energético, pues es en el derroche en que estamos
instalados, en la suicida compulsión del consumo, donde radica el peor
de los peligros.
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