Vicenç Navarro
Público
6 de Marzo
de 2009

Hay una percepción ampliamente generalizada en los medios de comunicación de que la mayoría de la población en los países desarrollados pertenece a la clase media. Se admite, por supuesto, que hay un sector de la población que está por encima de la clase media y que se define como la clase pudiente o en lenguaje popular, “los ricos”. Y en el otro polo social existen los pobres, a los que se refiere frecuentemente como la clase baja. Pero excepto estos dos polos, la mayoría de la población se sitúa en la clase media. Como prueba de esta interpretación de la estructura social de nuestros países, muchos medios de información muestran el resultado de encuestas en las que la mayoría de la población se autodefine como clase media. Así, en el país que se considera como el país de clase media por antonomasia, EEUU, la revista Times publica cada año una encuesta en la que un porcentaje elevadísimo de la población (74%) se define como clase media. Muchas otras encuestas parecen confirmar esta percepción que se reproduce constantemente en tales medios.
Ahora bien, la pregunta que la revista Times y
otras revistas hacen a la población es la
siguiente: “¿Se considera vd. miembro de la
clase alta, de la clase media, o de la clase
baja?”. Tal como se hace la pregunta, invita a
que la mayoría se defina como clase media.
Supongamos que alguien le pregunte: “¿Usted es
miembro de la clase baja?”. Es probable que tal
tipo de pregunta le molestara, pues parece
implicar que estamos en una sociedad de castas,
preguntándole si pertenece a una casta inferior.
Pues bien, el gran número de estudios que en
EEUU llegan a la conclusión de que la mayoría de
estadounidenses se definen como clase media, se
basan en este tipo de preguntas. Un tanto
semejante ocurre en España.
Si a la población estadounidense se le pide, sin
embargo, –como se ha hecho en raras ocasiones–
“Vd. se considera miembro de la clase alta (en
Estados Unidos se utiliza el término Corporate
Class, la clase de los empresarios de las
grandes corporaciones del país), de la clase
media o de la clase trabajadora”, la respuesta
es muy diferente. Hay más ciudadanos y
residentes de EEUU que se definen como clase
trabajadora (54%) que como clase media (38%). Y
estas cifras de autopercepción de clase se
aproximan bastante a la estructura social que se
deriva del último Censo de la Población de EEUU,
la cual es, por cierto, muy semejante a la
existente en la mayoría de países de la UE-15,
incluyendo España, donde se da una situación
semejante. En las pocas ocasiones que se le ha
preguntado a la ciudadanía española su
pertenencia de clase, las respuestas señalan que
hay más personas adultas que se definen como
clase trabajadora que como clase media. A pesar
de ello, muy pocas personas (incluyendo
dirigentes de izquierda) utilizan el término de
clase trabajadora para dirigirse a tal clase,
temerosos de que los medios de información los
consideraran “anticuados”. Se ignora en esta
percepción que un término y una categoría
científica puede ser antigua sin ser
necesariamente anticuada. La ley de gravedad es
muy antigua, pero no es anticuada, y si lo duda,
salte de un cuarto piso y lo verá. Me preocupa
que las izquierdas, al ignorar esta distinción
entre antiguo y anticuado estén saltando de un
cuarto piso, suicidándose.
En realidad, estudios realizados en EEUU
muestran que la clase social de una persona es
la categoría más importante para explicar desde
los gustos culturales a la actitud hacia las
políticas públicas (sólo el 8% de las clases
pudientes considera que las desigualdades de
renta son demasiado altas oponiéndose a
políticas públicas redistributivas, mientras que
el 82% de la clase trabajadora considera que el
Gobierno debiera redistribuir mucho más de lo
que hace a fin de reducir las desigualdades). La
clase social de una persona no es sólo la
característica que permite explicar mejor cómo
la gente vive, sino también cómo y cuándo muere.
Así, en Estados Unidos, un miembro de la
Corporate Class vive 15 años más que un
trabajador no cualificado con más de cinco años
en paro. En España son 10 años, y en el promedio
de la UE-15 son siete años.
También el comportamiento político está
altamente influenciado por la clase social. En
la medida que sube el nivel de renta, la
población estadounidense vota al Partido
Republicano. La mayoría de la clase trabajadora,
sin embargo, no vota, y cuando lo hace, vota más
al Partido Demócrata que al Partido Republicano.
La elevadísima abstención de la clase
trabajadora en EEUU se basa en la percepción
generalizada de que las instituciones políticas
no representan sus intereses, sino los intereses
de la Corporate Class, los grupos empresariales
y financieros que financian las campañas
electorales de los candidatos a puestos
políticos. En realidad, los demócratas pierden o
ganan las elecciones debido, primordialmente, al
grado de abstención de la clase trabajadora. La
victoria del Partido Republicano desde los años
80 se basó principalmente en el distanciamiento
de la clase trabajadora hacia el Partido
Demócrata como consecuencia del abandono del New
Deal (el programa de expansión de los derechos
sociales y laborales) por parte de tal partido.
El cambio significativo que está experimentando
ahora tal partido se debe precisamente a su
intento de redescubrir el New Deal a fin de
recuperar aquella base electoral perdida.
El abandono del compromiso de expandir los
derechos sociales y laborales por parte de
muchos partidos europeos de centro izquierda,
transformándose en partidos socioliberales, ha
causado también el creciente incremento de la
abstención de la clase trabajadora o su voto a
otras tradiciones políticas más radicales, bien
a su derecha (el fascismo con base trabajadora
está expandiéndose en Europa) o a su izquierda
(tema de un próximo artículo)
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Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Estudios Políticos en The Johns Hopkins University.
Ilustración de Javier Olivares
