Euskadi: la fórmula Saint Jean
Atilio Borón
www.atilioboron.com
13 de
Diciembre de 2009
En la tenebrosa Argentina
de la dictadura pensar era un
crimen y, por lo tanto, a priori
todos éramos sospechosos. Nadie
sintetizó mejor esta visión
criminal y paranoica del
mundo que el
General Ibérico Saint Jean
cuando en Mayo de 1977 dijo que
“primero mataremos a todos los
subversivos, luego mataremos a
sus colaboradores, después … a
sus simpatizantes, enseguida … a
aquellos que permanecen
indiferentes, y finalmente
mataremos a los tímidos.” Esta
sombría reflexión acude
inmediatamente a nuestra
conciencia al leer las noticias
que dan cuenta de la razzia
practicada por más de 650
agentes de la Policía Española y
la Guardia Civil
y que culminó con la detención y
traslado a Madrid de 34 jóvenes
del País Vasco acusados de
“terroristas.” Resulta que en
España, tan exaltada como
ejemplo de una exitosa
transición desde el franquismo a
la democracia, aquel apelativo
puede ser aplicado a cualquier
persona que en Euskadi se atreva
a pensar que sería bueno lograr
una solución negociada al
conflicto político que desde
hace décadas agita al País
Vasco, o que se manifieste a
favor de una amnistía o,
simplemente, que tenga la osadía
de exigir se ponga fin a las
torturas que se aplican
rutinariamente -pese a las
numerosas denuncias de
organismos internacionales- a
quien tenga la desgracia de caer
en manos de las fuerzas
represivas del estado español.
La irracional intransigencia de
Madrid queda muy bien
sintetizada en las palabras
dirigidas hace poco por el
Ministro del Interior a los
independentistas vascos:
"Aun en el caso de que la
izquierda abertzale dijese que
condena la violencia y
solicitara su legalización «la
respuesta va a ser radicalmente
no».” Este mismo personaje
anteriormente había planteado a
los independentistas la opción:
"o votos, o bombas," y cuando
estos dijeron “votos”
-y presentaron la candidatura
Iniciativa Internacionalista
al Parlamento Europeo-
este santo varón, demócrata
hasta el tuétano, les aplicó el
garrote vil de la Ley de
Partidos y los condenó a una
permanente ilegalidad. Cerrados
todos los caminos legales para
quienes no piensan como Madrid
quiere que se piense no hace
falta ser un sabio para inferir
que las vías extra-legales se
nutrirán con el creciente apoyo
de los muchos que en Euskal
Herría no están dispuestos a
renunciar al derecho a la
autodeterminación de los
pueblos, una conquista histórica
que el estado español se niega
tercamente a reconocer ya que ni
siquiera autoriza una especie de
“cuarta urna”, como la imaginó Zelaya en
Honduras, para que el pueblo,
soberano inapelable de cualquier
democracia digna de ese nombre,
diga si quiere o no ser
consultado al respecto.
La doctrina del terrorismo
omnipresente tan cara a los
militares argentinos fue
aplicada en esta oportunidad
contra una organización juvenil,
Segi. Lo tragicómico de todo
esto lo retrata una vez más el
diario El País (otro mito
periodístico, de prestigio tan
manufacturado como inmerecido)
cuando informó a sus lectores
que mediante el “vandalismo
terrorista Segi buscaba aumentar
la presión sobre las llamadas
‘luchas prioritarias’: la
construcción del ‘estado vasco’
y el combate contra el tren de
alta velocidad, el modelo
educativo de Euskadi y la
especulación inmobiliaria.” Como
puede apreciar el lector, estos
jóvenes prisioneros tenían una
agenda no sólo revolucionaria
sino también terrorista:
oponerse al tren bala que
destruiría el medio ambiente y
dividiría regiones enteras del
país es un acto innegablemente
vandálico y terrorista, lo mismo
que discutir el modelo
educativo, cosa que se está
haciendo por doquier en Europa,
y combatir la especulación
inmobiliaria, causante de
gravísimos problemas en España y
el País Vasco. En su gran
mayoría Segi esta formada por
jóvenes universitarios
independentistas, activamente
vinculados a diversas
asociaciones que efectúan tareas
comunitarias. Como si fuera un
insulto la información oficial
dejó saber que algunos de estos
vándalos “ocuparon cargos de
representación estudiantil en la Universidad.” Según
las explicaciones brindadas por
el Ministerio del Interior los
detenidos lo habrían sido por
“ejercer presuntamente funciones
de responsabilidad en Segi”. Es
decir, se presume la comisión de
un delito, y eso basta para
encarcelar a los sospechosos en
una redada efectuada, como en la
Argentina de aquellos años de
plomo, a altas horas de la
madrugada y a cargo de personal
encapuchado. Basta con
relacionar a los inculpados con
cualquier persona u organización
que en el pasado haya actuado en
la legalidad defendiendo el
proyecto independentista para
ser considerado un terrorista.
Basta con compartir el proyecto
estratégico de la independencia
y el socialismo -aún cuando se
condene los métodos violentos
para lograrlo y se opte por las
tácticas del Mahatma Gandhi-para
que todo el peso de la
“justicia” caiga sobre los
acusados. Pensar o soñar son
delitos imperdonables. Mediante
esta monstruosidad jurídica se
pena a la persona, no a sus
actos. El corolario de esta
retrógrada concepción es una
justicia que no reconoce el
habeas corpus, traba la acción
de los abogados defensores,
impide la presencia de un médico
de confianza, establece cinco
días de incomunicación sin
notificar a los familiares el
paradero del detenido, legaliza
la tortura y el maltrato, y
somete a juicio a los inculpados
fuera de la jurisdicción
ordinaria, en un tribunal de
excepción heredado de la época
franquista.
Las
violaciones a los derechos
humanos que Madrid perpetra a
diario en Euskadi son
irremediablemente incompatibles
con la democracia. Pruebas:
uno, el juez de la Audiencia Nacional
que lleva la causa, Fernando
Grande-Marlaska, rechazó la
petición de los abogados
defensores para que se aplique a
los detenidos el “Protocolo
Garzón”, que requiere que sean
asistidos por un médico de
confianza, que el periodo de
detención sea grabado y que los
familiares sean informados en
todo momento sobre el paradero y
estado de los arrestados. Por
algo lo habrá rechazado. Dos:
sorprende comprobar que en
ciertos aspectos el gobierno
español hace lo que ni la
dictadura argentina se atrevió a
hacer. Por ejemplo: prohibir la
exhibición pública de
fotografías de las víctimas de
la represión que hacían los
familiares, amigos y los
movimientos de solidaridad, una
manera sutil por la cual se
quería hacer “desaparecer”
personas, menos criminal que la
que conocimos en la Argentina
pero también violatoria de los
derechos humanos. Por eso en
muchos bares, de esos que
proliferan en toda Euskal
Herria,
las fotos de los
independentistas detenidos en
las cárceles españolas fueron
reemplazadas por sus siluetas
faciales.
Al criminalizar la disidencia
política y la aspiración
independentista el estado
español vuelve a hundirse en sus
peores tradiciones, sintetizadas
en el nefasto maridaje entre la
cruz y la espada. Tradiciones que durante tres siglos
padecieron los pueblos de
Nuestra América después de la
conquista y que, en la
Argentina, reapareciera en el
discurso y la práctica de la
dictadura militar: matar a
los
subversivos, a sus
colaboradores, a sus
simpatizantes, a los
indiferentes, y a los tímidos.
Una escalada infernal de muerte
y destrucción que sumió a este
país en un baño de sangre pero
que, a la larga, fue derrotada
por la capacidad de resistencia
y de lucha de las víctimas. A
Madrid le convendría estudiar lo
ocurrido en la Argentina, y
tomar nota de dos grandes
lecciones que deja nuestra
historia: primero, que la
represión tiene costos
crecientes y decreciente
eficacia disuasiva, y que por lo
tanto no sirve para resolver
ningún problema social o
político como los que suscita la
cuestión vasca; segundo, que si
no detiene antes de que sea
demasiado tarde la aplicación de
la “fórmula Saint Jean” para
enfrentar las aspiraciones
independentistas
de los vascos el
futuro de los diversos pueblos y
naciones que dificultosa y
conflictivamente conviven en el
estado español podría asumir las
características de una tragedia
de inéditas proporciones.
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