España: Corrupción o hábito
Alberto Moncada
Argenpress
9 de Septiembre
de 2009
La costumbre de la clase
dominante de apropiarse de lo público, de no distinguir entre lo
público y lo privado viene de muy atrás. Al fortalecerse la
democracia capitalista, a comienzos del siglo diecinueve, ocupar el
Estado era la tendencia natural de los ricos que, incluso, cuando el
resultado de unas elecciones no les gustaba, recurrían a los
militares para anularlas.
Lo vimos en España en
1936. La clase dominante ha hecho gala de dominar al Ejército, a
la Judicatura, a los políticos, además del sistema financiero
que les pertenece por derecho propio. En el sistema europeo, los
ricos tienden a ser empresarios pero también políticos. En el
americano, se conforman con controlar a los políticos mediante
la financiación de las elecciones. A ningún americano rico le
apetece ser político, actúan por interposición.
Las alianzas para
hacer dinero, para controlar lo público empiezan muy pronto en
cada generación, en el colegio. Los pupitres adosados de Aznar y
Villalonga en el colegio madrileño del Pilar se repitieron, años
más tarde, en las aulas del Opus en Somosaguas con Agag y su
cuadrilla. E inmediatamente en las alianzas matrimoniales. Los
chicos se casan con chicas de su clase. Una hija de banquero con
un abogado del Estado, dos hijos de políticos entre sí. La clase
es factor determinante del amor.
La naturalidad con la
que la clase dominante actúa en política en su propio beneficio
es asombrosa. Un compañero mío, que fue ministro con la UCD,
tenía cinco coches oficiales a la vez al servicio de su familia.
Pero esto es sólo una anécdota. La clase dominante urde alianzas
utilizando las oportunidades políticas. El caso ejemplar es la
fracasada inversión inmobiliaria. Ayuntamientos autorizando la
construcción donde no corresponde, autorizando alturas y otras
formas de burlar la ley han sido la norma en la actual
corrupción. Y los contratos administrativos que ejemplifican
cómo una empresa del grupo Correa recibía la organización de los
actos del Partido Popular por consigna del partido. Entre otras
muchas chapuzas, hoy bajo el foco y la atención de la justicia.
Tampoco el PSOE se libra. Los socialistas se han incorporado a
la corrupción de otra manera, con menor intensidad, pero han
terminado haciendo lo mismo, especialmente, en el caso Filesa,
para compensar un sistema de financiación electoral que favorece
a los partidos de los ricos. Tampoco es que el gobierno Zapatero
sea muy socialista, todo lo más socialdemócrata, amigo de los
bancos, de un Botín cuyo apellido lo dice todo y que se libró de
la justicia en su día por tener buenos abogados. Hasta hay un
abogado formado en el Opus, que se especializa en defender
sinvergüenzas.
Yo entiendo que la
trama Correa no se reduce a dar comisiones a los políticos, en
comprar favores a cambio de regalos y de dinero. Yo creo que
también implica el mismo modo de financiación que representó
Filesa. Y por ello se hace necesario una reforma del sistema
electoral, a la europea, que lo impida y que, de paso, impida
que partidos como Izquierda Unida necesiten tres veces más
votantes que el PP o el PSOE para conseguir un diputado.
La presente crisis económica, urdida por los errores y la
avaricia de los dueños del poder financiero, está produciendo
una deslegitimación de esa forma de operar. Las gentes
corrientes se van dando cuenta de que no basta votar para
consolidar y perfeccionar la democracia. El sistema vigente nos
quiere más consumidores que ciudadanos, más audiencia televisiva
que actores políticos. Pero la dificultad para consumir y la
necesidad de buscar trabajo nos está haciendo cambiar, nos está
impulsando a no dejar las cosas en manos de los poderosos, como
hacíamos hasta ahora mismo.
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Alberto Moncada es sociólogo.