Cuando, a principios
de los setenta, suspirábamos con el fin de la dictadura, muchos
soñábamos con una democracia en la que pudiésemos, al fin, vivir
libres y defender libremente nuestras ideas, fueran cuales
fueran... Ante la disyuntiva de reforma o ruptura con el régimen
franquista, finalmente se optó por la vía de la reforma y se
aprobó una Constitución, la del 78, que, aunque no satisfacía a
muchos, se aceptó como mal menor en gran medida gracias a la
promesa de su futura reforma una vez consolidada la democracia.
El ruido de sables y el riesgo de involución eran demasiado
altos como para exigir una constitución más avanzada. Han pasado
ya más de treinta años desde entonces, nuestra democracia está
más que consolidada, pero esa Constitución es más inamovible que
nunca. Recordando viejos tiempos, podríamos decir que todo está
atado y bien atado, poco importa que nuestra Constitución haya
quedado completamente desfasada y que la realidad de nuestro
país sea otra totalmente diferente a la de entonces.
Durante estos treinta años nos han repetido hasta la saciedad
que en este país se pueden defender todas las ideas
democráticamente, siempre y cuando se renuncie a la violencia
para ello. Así, PP y PSOE diseñaron y aprobaron una ley, la Ley
de Partidos, que ilegalizaba a los abertzales si no condenaban
explícitamente la violencia. Ahora, gracias a esa Ley, el
Partido Socialista, con el apoyo del Partido Popular, gobierna
en Euskadi. No deja de ser curioso que el PP, cuyo
fundador-presidente, Manuel Fraga, fue durante siete años
ministro de Franco, nunca haya condenado la dictadura
franquista; que el PSOE tampoco haya condenado expresamente la
existencia de los GAL y los crímenes de estado que ocurrieron
cuando gobernaba el país, o que la más alta institución del
Estado, el Rey, elegido a dedo sucesor por el mismísimo Franco
en 1969, nunca haya condenado la dictadura ni pedido
públicamente perdón a las víctimas de aquella dictadura, una
dictadura que asesinó a garrote vil a Salvador Puig Antich en
Marzo de 1.974, y fusiló a Juan Paredes Manot Txiki, Angel
Otaegi, José Humberto Baena Alonso, José Luís Sánchez Bravo y
Ramón García Sanz en septiembre de 1975, ni siquiera dos meses
antes de la muerte del dictador y de que él accediera a la
Jefatura del Estado.
Pues bien, ahora resulta que en un pequeño pueblo catalán,
Arenys de Munt, han tenido la iniciativa de convocar un
referéndum de autodeterminación, el más elemental de los
derechos reconocido hasta por las Naciones Unidas. Que yo sepa,
no hay ningún grupo armado en ese pequeño pueblo que defienda la
violencia, pero inmediatamente la Fiscalía del Estado ha acudido
ante tamaña amenaza al orden establecido para que un juez
intente impedir la aberración democrática que supone que el
pueblo diga libremente lo que piensa. Uno de los más firmes
adalides de la dictadura, Falange, ha acudido también presto en
su ayuda para tomar las calles de Arenys ese día, para protestar
por la celebración de ese referéndum y mantener el orden
establecido.
Hace unos años, cuando la mayoría absoluta del Sr. Aznar gobernó
este país a su libre albedrío y nos metió en una guerra contra
la voluntad del 90% de la población, publiqué un artículo en el
que decía que nuestro país se había perdido en la senda de la
transición democrática y había llegado a una demofascia. Hoy,
viendo el rodillo constitucional peperosocialista, viendo al más
rancio nacionalismo español campar a sus anchas, son muchas las
preguntas que me hago: ¿la democracia que queríamos perseguiría
y condenaría a un pueblo que quisiese expresar democráticamente
sus opiniones? ¿En esa democracia que queríamos, un tribunal, el
Constitucional, podría estar por encima de lo que el pueblo ha
aprobado en referéndum, que han acordado todas las fuerzas
políticas de un parlamento autonómico, o que han aprobado por
amplísima mayoría las Cortes Generales? ¿En esa democracia los
miembros de ese Tribunal todopoderoso podrían haber sido
elegidos a dedo precisamente por los dos partidos mayoritarios,
el PP y el PSOE, que constituyen el frente constitucionalista y
el más claro referente del nacionalismo español? ¿En esa
democracia defender públicamente los derechos humanos y la
situación de los presos vascos sería considerado apología del
terrorismo? ¿En esa democracia quemar un cajero o romper la luna
de un banco sería considerado acto de terrorismo si se hacía en
Euskadi y simple gamberrada si se hacía en el resto del Estado?
Son tantas y tantas las preguntas que deberíamos hacernos si de
verdad queremos avanzar en el camino de la democracia...
A
la Constitución de 1812 se la conoció como La Pepa. Al paso que
vamos, a la del 78 pronto se la conocerá como La Paca, por haber
sido la más firme valedora de aquello que, iluso de mí, quería
creer ya superado y olvidado: «España: Una, Grande y Libre».