El
elogio a la banalidad en la cultura pop
Jorge Majfud
Alainet
3 de Diciembre de 2009
Alguna vez Fedor Dostoyevski observó
que cualquiera podía hacerse famoso
en cualquier momento. Como no todos
podían ser Darwin, Franklin o Fedor
Dostoyevski, cualquiera podía pasar
a la historia asesinando a un
emperador o a un presidente. Si el
precio era muy alto, aun quedaban
otras opciones. Creo que más famoso,
aunque cien años tardío, es la
popular idea de Andy Warhol que en
los sesenta, en pleno nacimiento de
la cultura pop, predijo que en el
futuro todos serían famosos por
quince minutos, para lo cual bastaba
con estar “en el lugar correcto o en
el incorrecto, en el momento exacto
o en la peor situación posible”. No
es casualidad, si consideramos que
Dostoyevski es hijo del siglo del
periodismo escrito como Warhol es
hijo del siglo del espectáculo
mediático de la televisión.
Hace pocos días y no muy lejos, el
matrimonio Tareq and Michaele Salahi decidió
colarse en la fiesta de recepción
que el presidente Obama daba al
primer ministro indio Manmohan
Singh. Los Salahi se fotografiaron
con un gran número de estrellas de
la política nacional. El exótico
ministro de la segunda nación más
grande del mundo no fue considerado
en este paseo de la fama.
Pero la consagración de los Salahi
llegó cuando fueron descubiertos.
Este inconveniente, que dudosamente
puede atribuirse a un error de
cálculo, puso a la pareja bajo
investigación y la envistió con los
quince minutos de fama que
pretendían para promocionarse. Lo
único que se sabe a ciencia cierta
es que en la cultura pooph
promoción y fama significan dinero.
Nada importa el contenido de lo que
uno tenga para ofrecer sino,
simplemente, estar o pasar por
debajo de las luces y las cámaras
que apuntan al centro del mundo. Lo
mismo da ser Sarah Palin, Paris
Hilton, Michael Phelps, Mussolini o
el Che Guevara. Todos merecen el
mismo respeto y admiración de los
pooph porque son famosos. Los
medios son los fines. Los medios
confieren divinidad todo lo que
tocan. En este momento, el señor y
la señora Salahi se encuentran bajo
investigación policial mientras
venden sus entrevistas a medio
millón de dólares cada una.
Hace unas semanas una pareja en Fort
Collins, Colorado, denunció que su
hijo había salido volando en un
globo de helio que su padre,
Richard Heene, había construido en
el patio de su casa. Como los niños
son asunto serio en Estados Unidos,
rápidamente movilizaron a la policía
y lograron atraer la atención de las
cadenas más importantes de
televisión. Las horas de persecución
aérea del globo terminaron con la
aparición del niño en el altillo de
la casa. En lo que parecía el clímax
del orgasmo mediático, Larry King
entrevistó a la familia y al niño,
Falcon [halcón] Heene, quien
involuntariamente confesó: “we
did this for the show” (lo
hicimos para el espectáculo).
Los padres del ahora célebre Niño
del Globo habían planeado sus quince
minutos de fama con la intención de
promover un posible reality show.
Lo cierto es que montaron un
reality show más real y más
espectacular que cualquier
reality show convencional.
No son la excepción. Nuestra cultura
es un inmenso, un
inocentemente perverso reality
show alimentado por la
vanalidad, la vana vanidad de la
cual quizás somos victimas alguna
vez en cuando todos los mortales.
Ahora, si alguien pensó que esta es
una locura anglosajona está
equivocado. El resto del mundo está
en el mismo negocio, con el
agravante de que son copias de
copias en nombre de la originalidad.
No nos vayamos muy lejos. Recordemos
el pasado concurso de talentos
Viva el Sueño. El titulo es
significativo, si recordamos la obra
maestra de Calderón de la Barca,
La vida es sueño (1635). Fedro,
el participante más elogiado por el
jurado, casi nunca criticado,
victima del voto nunca suficiente
del público machista y homofóbico,
canta muy afinado y llora mientras
repite lo que el jurado y el mundo
repiten: “su propuesta es original”,
“su virtud es ser único”, “me
propuse mostrar algo diferente”,
etc.
Fedro es rechazado por ser gay. Esta
es una verdad conveniente. En el
fondo todos saben que ser gay es un
negocio de moda, como antiguamente
en las cortes de los reyes eran
populares los enanos. El público
consume lo que rechaza, aplaude lo
que evita, admira lo que odia,
destruye lo que ama, digiere lo que
es políticamente correcto mientras
el artista remeda originalidad y el
jurado y los especialistas repiten
las mismas frases que incluyen un
menú de elogios orgásmicos e
inevitables insultos que pretenden
vender como crítica o sinceridad. La
fábrica de ídolos es también un
picadero de carne humana. Carne
humana a muy alto precio.
Fedro, el candidato a ídolo mexicano
canta, se viste y se peina y llora
como Adam Lambert, el american
idol del mismo año. Como Adam,
Fedro llegó a la final pero no pudo
ser rey, idol o ídolo.
Comparten el mismo estilo, la misma
opción sexual y posan de victimas de
la sociedad. De hecho lo son.
Victimas de la sociedad y productos
del mercado. Las verdaderas
victimas, los discriminados no
famosos, son así revindicados, más
que representados, por estas
originales copias de copias,
producto de productores.
Sí, claro, en el mundo hay lugar
para todos. Por suerte.
Lamentablemente la historia insiste
en lo contrario: en la
uniformización, en la imposición de
“lo que se parece a nosotros” hasta
cuando parece diferente. Fedro,
Adam, los ídolos de la cultura pooph
nunca desafían mientras desafían;
nunca salen de lo políticamente
correcto mientras escandalizan. Sus
transgresiones son variaciones
adaptadas a las reglas
preestablecidas del éxito, tal como
lo entiende el mercado. La
referencia de los jueces de “hay un
mercado para ti allá afuera”, es
explícita y es recibida con
algarabía por el rebelde pooph. Sin
embargo, estas nuevas y originales
propuestas son simples remedos de lo
que se encuentra en cada rincón de
la nueva cultura dominante, que es
la cultura del mercado: la
frivolización y el narcisismo.
En un mundo en que todos pueden
obtener su fama por quince minutos,
la ansiedad que produce carecer de
ella es democrática y dominante.
Pero si todos son famosos nadie lo
es. Razón por la cual esta ansiedad
por ser el centro de las miradas del
mundo se vuelve una obsesión, como
la anorexia o la conexionimia.
La fama ya no es la consecuencia o
el medio para promover una propuesta
artística, ideológica, religiosa o
filosófica. Cualquier camino que
conduce a ella es válido. Ya no es
necesario ser Edison, la Madre
Teresa, Michel Foucault, Noam
Chomsky o Eduardo Galeano para ser
famoso. Los verdaderos famosos han
demostrado que para la cultura
pooph la fama no depende del
contenido sino del envase. Un envase
célebre puede inducirnos a tomar el
mejor vino o Coca-Cola, agua mineral
o aguas servidas. Ya ni siquiera es
necesario recurrir al engaño. El
éxito de la cultura de la
vanalidad es tanto y tan
abrumador que cualquier pretensión
de algo más allá, algo
con contenido, algo con
profundidad, algo que quede
después del pooph es tomado
como el acto más ridículo, objeto de
burla a boca partida. Lo
políticamente correcto, lo único que
los nuevos cerebros adiestrados en
la frivolidad son capaces de
soportar es el peso de la
vanalidad, de la repetición en
nombre de la originalidad, de la
esclavitud intelectual y espiritual
en nombre de la liberación, de las
célebres excusas del tipo: “no sé
qué es esto pooph que me
salió, pero es muy bueno por que me
gusta, es lindo, habla de cómo soy
yo, yo mismo, yo único…”
Todo en nombre de la genialidad.
La catástrofe ecológica, las
toneladas de basura que cada día
arrojamos al cielo y a los mares no
es un fenómeno aislado. Ni siquiera
es una metáfora. Es parte de la
erosión y la producción de desechos
que la cultura resultante e
imperante arroja cada día sobre la
humanidad como si se tratase del
mejor abono. Porque nada es casual
ni gratuito. Todo tiene un precio.