Gripe A:
¿A dónde irán los besos?
Juan José Téllez
Nueva Tribuna 3 de Septiembre de 2009
Y no sólo cabría
preguntarnos, con Víctor Manuel, a dónde van los besos que dejamos
de dar, sino por qué no establecemos las mismas cautelas respecto a
otras muertes que parecen no inquietarnos tanto.
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Hace unas semanas,
por ejemplo, Ecologistas en Acción presentaba un sesudo
informe que venía a demostrar como 16.000 personas morían
cada año en España por respirar aire viciado.
El Sida acabó con el amor libre y la gripe A puede acabar de
un momento a otro con la ternura. Las autoridades sanitarias
recomiendan que no nos besemos, que nos digamos simplemente
“hola”, como si fuéramos nórdicos y ni siquiera podamos
frotarnos las naricitas como los esquimales. ¿Quién dijo que
el siglo XXI acabaría con el romanticismo? Seguro que
Bécquer o Goethe estarían felices de escribir en una época
en la que resulta más fácil que nunca morir por amor. |
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La pandemia de origen porcino, que se ha originado como variante de
la cepa H1N1, sólo beneficiará, como siempre, a la industria
farmacéutica. Pero el resto del vecindario lo tiene chungo, desde
los escolares a los representantes públicos a quienes tanto gustan
los baños de multitudes. Al margen de las muertes, que
presumiblemente van a contarse a cientos, este fenómeno dejará un
largo rastro de absentismo en todos los órdenes vitales, por lo que
tampoco beneficiará a aspectos menos prioritarios como la marcha de
nuestra maltrecha economía o de nuestros manifiestamente mejorables
niveles educativos.
¿Por qué alarma tanto la gripe A cuando a escala mundial los
expertos no se ponen de acuerdo en los caídos bajo la gripe común,
que vienen oscilando a nivel planetario entre 250.000 y 500.000
muertos por año, dependiendo de la virulencia del virus y del rigor
de los inviernos? Tan sólo en España, la incidencia anual de esa
gripe estacional oscila entre 3.000 y 8.000 personas. La única
diferencia quizá estribe en que las víctimas de esos catarros
convencionales suelen ser personas relacionadas con lo que el mundo
estadístico denomina como “clases pasivas”. En este caso, sin
embargo, no hay distingos y este hijo del Influenzavirus A se lleva
por delante lo que se le antoje, siempre y cuando el paciente no
goce de defensas con cinturón negro. Esa es, probablemente, la causa
de la alarma: en un mundo dominado por la estética del mercado, no
importa tanto el número de muertes sino la supuesta calidad laboral
o vital de los interfectos.
A caballo entre la sensatez y el sensacionalismo, quizá convendría
reflexionar sobre tales circunstancias. Y no sólo cabría
preguntarnos, con Víctor Manuel, a dónde van los besos que dejamos
de dar, sino por qué no establecemos las mismas cautelas respecto a
otras muertes que parecen no inquietarnos tanto. Hace unas semanas,
por ejemplo, Ecologistas en Acción presentaba un sesudo informe que
venía a demostrar como 16.000 personas morían cada año en España por
respirar aire viciado, ya que alrededor del 84% de nuestros
compatriotas se mueven en una atmósfera de mala calidad, con valores
muy inferiores a los aconsejados por la Organización Mundial de la
Salud y las directivas de la Unión Europea. ¿Por qué no cargamos las
tintas sobre este asunto? ¿Quizá porque no sea negocio sino todo lo
contrario?
Similares interrogantes podríamos formular a propósito de los 16.000
compatriotas que cada año fallecen por enfermedades laborales; los
14.000 muertes anuales que se computan en este país por reacciones
adversas a los medicamentos, o los 9.000 españoles que, como
promedio, mueren cada año como consecuencia de una muerte súbita
cardíaca. Puestos a elegir, quizá fuera preferible el alarmismo.
Porque, en este peculiar mundo de extremos, el péndulo baila entre
las primeras noticias de los informativos y el silencio del
desprecio más absoluto: ¿alguien nos hubiera dicho a comienzos de
los 80 que íbamos a acostumbrarnos a 2.000 muertes anuales por SIDA,
que son las que la Península sigue registrando año tras año, e
incluso nos daríamos con un canto en los dientes porque no fueran
más?
A ciencia cierta, todavía sabemos poco de la Gripe A. Y puede que lo
que vayamos sabiendo se nos antoje espeluznante. Pero conocemos
mucho, por ejemplo, del cáncer de mama y cada año perdemos a 7.000
españolas en ese trance. No veo grandes titulares al respecto en las
primeras planas de nuestros temores colectivos.
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Juan José Téllez es escritor y periodista, colaborador en
distintos medios de comunicación (prensa, radio y televisión).
Fundador de varias revistas y colectivos contraculturales, ha
recibido distintos premios periodísticos y literarios. Fue director
del diario Europa Sur y en la actualidad ejerce como periodista
independiente para varios medios. En paralelo, prosigue su carrera
literaria como poeta, narrador y ensayista, al tiempo que ha firmado
los libretos de varios espectáculos musicales relacionados en mayor
o menor medida con el flamenco y la música étnica. También ha
firmado guiones para numerosos documentales.