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El
dogma constitucional
Rafael Torres
OTR Press
29 de
noviembre de 2009
La soberanía reside en el pueblo... relativamente, esto
es, que reside mientras ese pueblo no pretenda nada que
desborde o contradiga un texto, la Constitución, que fue
ideado para limitarle la soberanía precisamente, y que
el pueblo, ayuno de toda noción de soberanía cuando se
le invitó a refrendarlo, lo refrendó. Se trata de un
texto "sagrado" cuyo contenido pertenece a la esfera del
Dogma, y sólo un puñado de elegidos, constituidos en
Sanedrín, puede interpretarlo. Más allá de ese Tribunal
más supremo que el mismísimo Supremo, no hay nada, sino
el abismo, o, como mucho, la fantasmagoría de una remota
instancia transnacional en Estrasburgo, que es, si se me
permite el símil, como tener un tío en Alcalá.
La Constitución, esa
Biblia, determina no sólo el sentido de las cosas, sino
su pertinencia, esto es, su derecho o no a ser y a
existir, pero en lo que andan enfrascados desde hace
tiempo los sumos sacerdotes que custodian el Oráculo es
si la propia Democracia, esa que se articula en torno a
la voluntad del pueblo expresada en sufragio y expuesta
por sus legítimos y electos representantes, goza o no de
ese derecho a ser y a existir. O dicho de otro modo: si
el Estatut de Catalunya aprobado por mayoría, por dos
veces y en dos sedes parlamentarias distintas y
consecutivas, la autonómica y la estatal, es legal o
ilegal desde el punto de vista insoslayable,
indiscutible, definitivo, de esa Ley tan rematadamente
superior. Mas como quiera que a la gente concernida en
éste asunto ya no le hace demasiada gracia que otros
decidan lo que se puede o no decidir, que hasta los
periódicos catalanes se han agavillado en torno a un
Editorial común, debelador del Dogma, el Alto, qué digo
Alto, Altísimo Tribunal, podría sentirse, el pobre (de
pronto es pobre), presionado en su trascendente
deliberación. Había quien aún creía que la Constitución
era la garante de la Libertad, y que sólo en ello
justificaba su preeminencia. Por lo visto, o ya no lo
creen, o están dejando, a pasos agigantados, de creer. |