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El culebrón Alakrana
Amadeo Martínez Inglés
UCR
27 de Octubre de 2009
La decisión del Gobierno de
autorizar seguridad privada a bordo de los pesqueros, con armas de
guerra: Un total despropósito que puede ocasionar víctimas mortales
entre las tripulaciones e, incluso, la pérdida de alguna embarcación.
Ante la decisión
adoptada por el Consejo de Ministros del pasado viernes 23 de octubre
(que ya ha remitido el correspondiente Decreto-Ley al Consejo de Estado
para el oportuno dictamen) en relación con las medidas de seguridad a
implementar en el futuro por la flota pesquera española que faena en
aguas del Índico y, en concreto, con la autorización para que miembros
de empresas de seguridad privada puedan portar armas largas o de guerra
para la defensa de las embarcaciones, y como de tan precipitada e
irresponsable actuación se colige que el Ejecutivo no ha dispuesto en
tiempo y forma del imprescindible asesoramiento de expertos militares,
me veo en la obligación moral, cívica, intelectual y profesional, como
coronel del Ejército con más de cuarenta años de servicio en unidades
armadas, experiencia de guerra con mando de unidades de comandos, varios
diplomas de Estado Mayor y amplios y dilatados estudios sobre
Estrategia, Táctica y Orgánica militar…, de llamar la atención de los
poderes públicos que han alumbrado semejante expectativa (totalmente
sorprendente e inédita en el largo devenir de nuestro pasado histórico
naval puesto que se trata nada más y nada menos que de dar carta de
naturaleza a una especie de milicia naval armada para la defensa de la
soberanía y la integridad de barcos españoles en alta mar), de las
fuerzas políticas del arco parlamentario español, de los medios de
comunicación y de la sociedad española en general, sobre las funestas
consecuencias de todo orden que la puesta en práctica de semejantes
medidas pueden ocasionar a las tripulaciones de los pesqueros e,
incluso, a los mismos barcos; así como sobre determinados aspectos
relacionados con la operatividad y funcionalidad de las mismas y su
total inutilidad para solucionar un problema asaz complejo y difícil que
requiera una actuación coordinada y de alto nivel para su total
erradicación.
En consecuencia, me
permito exponer lo siguiente:
1º.- La decisión
gubernamental sobre el uso de armas de guerra por parte de civiles a
bordo de pesqueros puede acarrear futuros enfrentamientos a tiros de
éstos, prácticamente desarmados ya que solo los tres o cuatro miembros
de la seguridad privada que vayan a bordo de los mismos irán provistos
de armas ligeras, con grupos de piratas dotados de toda clase de armas
portátiles, incluidos sistemas contracarro dotados de proyectiles
perforantes de carga hueca, lo que puede propiciar bajas mortales, no
solo entre los miembros de la seguridad privada sino entre los
tripulantes de los pesqueros, totalmente indefensos. Hasta la propia
integridad de la embarcación pesquera correrá peligro puesto que las
armas perforantes que acabo de citar (lanzagranadas portátiles) tienen
poder suficiente en sí mismas para hundir un pesquero de altura de un
solo disparo.
2º.- Conforme a lo
señalado en el apartado anterior, resulta obvio que la seguridad de una
embarcación pesquera del porte de las españolas que faenan en el Índico,
no se pude garantizar de ninguna de las maneras solo con llevar a bordo
un pequeño número de agentes de la seguridad privada, aunque porten
armas largas de guerra del tipo fusil de asalto o subfusil ametrallador.
3º.- El poder
operativo real de un tan pequeño número de profesionales de la seguridad
privada como se contempla en los planes tanto del Gobierno como de los
armadores (3 ó 4 por embarcación) es muy pequeño, casi despreciable,
para poder hacer frente con garantías de éxito al abordaje de uno o
varios comandos de piratas, formados por 15-20 individuos muy bien
entrenados para conseguir sus fines, bien organizados y sometidos a una
férrea disciplina de orden tribal. Aparte de esto conviene tener en
cuenta que el poder intrínseco disponible de una fuerza armada (sea
militar o, como en el caso que estamos tratando, de una empresa civil de
seguridad) para servicios operativos alargados en el tiempo (como es el
caso de los extensos períodos de faena de los pesqueros) es tres veces
menor que el nominal, puesto que sus miembros, además de trabajar en su
misión principal, deben poder descansar adecuadamente y desarrollar
otras actividades absolutamente necesarias para mantener su moral y su
preparación física.
4º.- Por otra
parte, y como ya he apuntado en un apartado anterior pero quiero volver
a recalcar porque es fundamental para que personas no muy versadas en
cosas militares puedan hacerse cargo de la gravedad del problema, los
grupos de asalto formados por los piratas somalíes que operan el Índico,
como digo bien organizados, bien entrenados, jerarquizados al máximo y
con una moral muy alta basada en sus recientes y continuos éxitos ante
potencias occidentales (solo Francia y EE.UU les han infligido algún que
otro revés), disponen de un arma terrible y resolutiva ante un
enfrentamiento a tiros con una embarcación pesquera aunque lleve a bordo
tres o cuatro miembros armados de la seguridad privada: el ya mencionado
lanzagranadas con proyectiles de carga hueca (perforantes), que puede
verse complementado en el futuro con misiles portátiles, también
perforantes o con explosivo convencional. Pueden, por lo tanto, ante la
resistencia de la nave a su abordaje, amenazar con el uso de un arma de
estas características, efectuar disparos de aviso sobre la obra muerta
de la misma (puente de mando) y, en el caso de resistencia a ultranza de
ésta, proceder a su neutralización total o, incluso, a su hundimiento.
5º.- El
razonamiento expresado por algunas personas no muy bien informadas en el
sentido de que algunos países, como Francia, utilizan personal militar a
bordo de sus pesqueros para garantizar su seguridad, no nos debe llevar
a pensar en una actuación similar en el nuestro. Francia dispone en la
zona de una gran base aeronaval (Yibuti) y, en consecuencia, puede
emplear fuerzas operativas importantes en el Índico (helicópteros de
ataque y aviones de apoyo aerotáctico) capaces de ejercer una eficaz
disuasión y de actuar si es necesario por la fuerza contra los piratas
tanto en el mar como en tierra, por lo que los soldados o marines
embarcados tienen como misión, más que defender in situ a los barcos, el
alertar a las fuerzas aeromóviles de reacción y contraataque propias
para que puedan acudir en apoyo del barco, o barcos atacados, en muy
poco tiempo. Los piratas saben, además, que las citadas fuerzas de
reacción no les darán tregua y los perseguirán tanto en el mar como en
sus escondrijos terrestres.
La Armada
norteamericana, que también ha sido citada estos últimos días como
paradigma operativo a imitar, dispone, como todo el mundo sabe, de un
gran poder aeronaval en cualquier parte del mundo y, en concreto, en
esta zona; poder que utiliza sin contemplaciones en defensa de sus
nacionales.
6º.- España, por el
contrario, no tiene en la zona del Índico ni bases militares ni una
fuerza operativa importante capaz de ejercer la oportuna disuasión
contra el peligro pirata y, si fuera necesario, actuar en fuerza y
expeditivamente contra un determinado grupo de ellos para solventar in
extremis el abordaje o apresamiento de uno de nuestros pesqueros. Al no
disponer de esa fuerza, la solución de embarcar unos pocos soldados o
infantes de marina (al igual que en el caso de miembros de la seguridad
privada) queda totalmente desvirtuada y condenada al fracaso. Por otra
parte, la disponibilidad de efectivos de infantes de marina españoles es
mínima y totalmente insuficiente para cubrir las necesidades de la
amplia flota pesquera española que opera en mares peligrosos.
Como resumen de todo
lo anterior, y como experto militar que se cree en la obligación moral
de informar lealmente, y sin esperar nada a cambio, a su Gobierno y a
las fuerzas políticas, mediáticas y sociales de su país antes de que por
falta del conocimiento real y exhaustivo del problema a resolver se
puedan cometer errores flagrantes, reitero mi postura personal en contra
de que se autoricen las medidas que en estos momentos baraja el
Ejecutivo español, totalmente precipitadas, parciales, inconvenientes y
contraproducentes (aquí si que podemos echar mano del consabido dicho
popular de que el remedio puede ser peor que la enfermedad) y propongo
que se abra un profundo debate sobre las mismas en el que expertos
militares cualificados puedan informar exhaustivamente sobre las mismas,
su alcance y el enorme peligro que encierran.
La solución debe venir por
otros caminos, por un aumento real de la presencia y capacidad militar
española en el Índico, planificada a todos los niveles y potenciando al
máximo la cooperación efectiva, no teórica, con los demás países de la
UE y de la OTAN.
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