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La
crisis universitaria y Bolonia
Juan-Ramón Capella
El Viejo Topo
Enero 2008
1. Antes de Bolonia
Hay que buscar las raíces
de la actual crisis de la universidad en España en la política
de los gobiernos de Felipe González, que dieron el gran salto de
la universidad elitista y burocrática que había sobrevivido al
régimen franquista a una universidad de masas pero también
burocrática.
1.1. La universidad del franquismo
La universidad del
franquismo era burocrática en el sentido de que el profesorado
superior estaba integrado por funcionarios que lo eran de por
vida, los cuales gobernaban las facultades y las universidades y
adoptaban a sus sucesores entre los profesores más parecidos a
ellos mismos —mediante oposiciones que formalmente eran muy
difíciles pero que se resolvían mediante relaciones de amiguismo
y clientelismo entre los caciques de las diferentes
especialidades académicas—. En aquella universidad había gran
número de mediocridades ocupando las cátedras como consecuencia
del exilio intelectual tras la guerra civil.
Y
la universidad era elitista porque sólo los hijos de familias
de la burguesía media-alta tenían acceso a ella, aunque la
demanda social de instrucción empezó a minar este muro de acceso
a las profesiones tituladas cualificadas a principios de los
años setenta del siglo XX.
Junto al personal
“docente” antes mencionado había una gran cantidad de profesores
no funcionarios, de categorías inferiores, profesores muy mal
pagados, que desempeñaban la mayoría de las tareas docentes dado
el absentismo real de los catedráticos, muchos de ellos
dedicados a actividades privadas o políticas y en la mayoría de
los casos no profesionalizados en la educación superior.
Una parte de los
profesores no funcionarios estaba hecha a imagen y semejanza de
sus patrones catedráticos, de cuya designación dependían. Otra
parte pequeña pero muy significativa de ellos apoyó al
movimiento estudiantil democrático y antifranquista, sufrió la
represión del régimen, y elaboró propuestas serias de
democratización de la universidad que iban en las direcciones
siguientes:
*Respecto del
estudiantado, oposición a las políticas de selectividad con
las que el régimen trataba de mantener el elitismo de la
educación superior, apoyando las demandas sociales de acceso
a ella.
*Respecto del
profesorado, defendían el cambio a un sistema contractual
que les asimilara al resto de trabajadores, concibiéndose a
sí mismos como trabajadores de la enseñanza. Este sistema
debía conducir a enseñantes profesionalizados contratados
por sus méritos, necesarios para conseguir contratos de
larga duración.
*Respecto de la
universidad como tal, defendían su democratización y
desburocratización; el restablecimiento de la actividad
investigadora y la normalización de una enseñanza de
calidad.
La mejor expresión de
estas aspiraciones se halla en el Manifiesto por una universidad
democrática, de 1966, aprobado por el efímero Sindicato
Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, el
SDEUB, que desbordó la legalidad franquista.
El movimiento de los
profesores no numerarios, la mano de obra barata del franquismo,
fue sin embargo débil en muchas universidades y poco abarcante
en otras, lo que explica su fragilidad posterior.
1.2. La universidad de masas
El gobierno de Felipe
González amplió efectivamente el acceso a la educación superior,
duplicando en brevísimo plazo el número de estudiantes
universitarios y superándolo después. Sin embargo mantuvo el
principio burocrático en el gobierno de las universidades, cuyas
consecuencias en seguida se verán.
También el Partido
Comunista de Carrillo contribuyó ciegamente a pacificar la
universidad. Desde la transición oficializó considerarla como un
bien público que no se debía desestabilizar. Fueron pues las
políticas “de la izquierda” de aquellos años las que
contribuyeron a desmovilizar la universidad.
Fueron creadas nuevas
universidades públicas, aumentando el escaso número de las que
el franquismo instituyó en los últimos cinco años de su
existencia, y se abrió la puerta a la creación de universidades
privadas.
Pero durante los años
ochenta y noventa las universidades públicas fueron simplemente
aularios, insuficientes por demás: los estudiantes atestaban
unas aulas en las que a menudo no había asientos para todos.
Faltaba de todo: libros, bibliotecas y personal de biblioteca,
espacios para el estudio, personal administrativo, servicios y
medios. Algunos servicios internos —fotocopias, librerías,
restaurantes y bares— fueron privatizados. Las universidades
públicas empezaron a diferenciarse de los centros privados de
enseñanza superior, muchísimo más caros, que atendían
exclusivamente a estudiantes procedentes de las clases altas,
donde en un ambiente “más selecto” se establecían relaciones
útiles para las futuras élites dirigentes empresariales,
administrativas y políticas del país.
En suma: el acceso a la
universidad se popularizó, pero sufrió las consecuencias de una
“igualación por abajo”, de una relajación generalizada en las
exigencias de los aprendizajes.
1.2.1. El profesorado
Respecto del profesorado
el gobierno de Felipe González recurrió a una solución drástica:
convirtió en funcionarios prácticamente a todos los profesores
que no lo eran, acabando con el proyecto de relación contractual
generalizada propuesta por el profesorado activamente
antifranquista en la etapa anterior.
Al hacerlo el gobierno
Psoe trató de satisfacer una necesidad política distinta de la
educativa: buscaba obtener la alianza del más amplio sector de
intelectuales con influencia social, el de los docentes
universitarios, para su proyecto de entonces, consistente en
establecer una política económica neoliberal e ingresar en la
Otan, y desvincular a los intelectuales de las clases
trabajadoras.
La burocratización
general de los docentes se hizo sin criterios selectivos: de una
parte fueron creadas “comisiones de idoneidad” que convirtieron
en “profesores titulares” a cuantos lo solicitaron —los pocos
rechazados por falta de cualificación suficiente obtuvieron
también la idoneidad por la vía de los recursos
administrativos—. De otra, los concursos de acceso futuros a
cátedras y titularidades universitarias se simplificaron
notablemente, se redujo el número de miembros de los tribunales
o comisiones que habían de decidirlos (de siete miembros a
cinco, con lo que resultaba fácil conseguir mayorías de sólo
tres votos), y se entregó la designación de dos de estas
personas a la decisión de los propios departamentos
universitarios afectados. Los verdaderos méritos docentes e
investigadores empezaron a perder importancia.
La
endogamia profesoral de la universidad burocrática quedó así
mantenida y reforzada. En el futuro no habría casi nunca
verdadera concurrencia científica para desempeñar plazas
universitarias, sino que bastaría conseguir el apoyo de tres
juzgadores antes de los ejercicios de acceso a plazas docentes.
Las cordadas
académicas de la universidad burocrática se multiplicaron.
Aparecieron nuevos caciques, con influencia en el ámbito local o
estatal en diversas disciplinas. La decisión sobre el valor de
la investigación y de la docencia de muchos profesores quedó en
sus manos. La filiación política empezó a contar por debajo de
la mesa: para incluir y para excluir. Las actividades de
administración universitaria fueron computadas como méritos para
el acceso a plazas docentes.
En estas
condiciones muchos profesores titulares valiosos empezaron a
desistir del proyecto de convertirse en catedráticos, pues no
aceptaban pasar bajo las horcas caudinas de adulación, sumisión
y tráfico de favores impuestas por los caciques
correspondientes. Otros, en cambio, advirtieron que cargar con
funciones de vicedecanos, vicerrectores o jefes de estudios les
aseguraba la promoción a puestos docentes superiores que no
habrían conseguido de otro modo.
Esta
nueva endogamia facilitó que determinadas disciplinas quedaran
en manos de una única escuela de pensamiento. El caso más
destacable es el de los llamados minessotos, gentes que pasaron
por ciertas universidades norteamericanas para publicitar la
“economía de libre mercado”, que apoyándose unos a otros han
conseguido marginar casi todo pensamiento crítico en el área de
los estudios económicos, con la notable consecuencia de que
pocos economistas de menos de cuarenta años disponen de
instrumentos analíticos para afrontar en serio la crisis
económica actual, quedándose en su superficie financiera.
La universidad
conservó un rasgo capital de la administración burocrática: para
el mantenimiento general del statu quo no se despide a nadie.
Profesores o administrativos incompetentes o absentistas
permanecen en sus plazas pese a que su comportamiento es
conocido. La vigilancia sobre el cumplimiento de los deberes
docentes y administrativos es nula a pesar de la simulación de
control en forma de encuestas a los estudiantes, etc. Una parte
muy importante de los profesores y administrativos de la
universidad trabaja concienzuda y honestamente, e incluso más
horas que las estipuladas normativamente. Pero otra parte de
ellos no. La relajación laboral que se da en la universidad
jamás sería aceptada en una empresa.
1.2.2. Los “consejos sociales”
Por último,
pero no menos grave, las actividades de lo que se había llamado
“extensión universitaria”, esto es, la proyección de la
universidad sobre la sociedad en general, fueron modificadas
radicalmente: fueron creados Consejos Sociales de las
universidades, en los que hay representación académica,
política, empresarial y sindical, que supervisan los proyectos
académicos. Los poderes autonómicos locales pesan fuertemente
sobre estos Consejos. Pero los Consejos Sociales no han tenido
nunca la función de patrocinio o patronazgo que tienen en
algunos sistemas de otros países: no aportan nada a la
universidad: ni becas, ni recursos financieros, ni propuestas
racionales de futuro.
Eso
sí: los Consejos Sociales imponen dos exigencias a las
universidades: que afluyan a las empresas innovaciones para la
actividad productiva (pero en un tejido productivo de pequeñas y
medianas empresas, o con la hipertrofia del ladrillo y del
turismo, eso es imposible, con lo que la universidad a lo sumo
puede aportar patentes médicas y farmacéuticas y acaso ciertas
ingenierías; que las empresas financien aquí a las universidades
no pasa de ser un sueño); pero también y sobre todo imponen a
las universidades que traten de autofinanciarse, esto es, que
conviertan en servicios todas las actividades universitarias
para que puedan ser vendidas como créditos.
Además los Consejos
Sociales exigen contención del gasto, reducción de los servicios
que prestan los centros de enseñanza superior y que se limiten
los derechos de sus trabajadores. Los Consejos Sociales son los
inductores de las políticas “de empresa” en las universidades.
1.3. Los estudiantes
Los estudiantes
que se inscribieron en masa en este nuevo modelo de universidad
fueron poniendo en evidencia progresivamente el deterioro de las
enseñanzas medias. Acudían a los centros universitarios con
preparación previa cada vez más baja.
Ello
sólo en parte fue debido a que los nuevos grupos
sociales que accedían a la universidad carecían de la dotación
cultural familiar de las clases altas y medias-altas. También se
debe a que los defectos de “igualación por abajo” se dan en la
enseñanza media. Sin embargo sus causas últimas son sobre todo
las tremendas desigualdades sociales, las grandes diferencias de
nivel en la estratificación social.
Por otra
parte los estudiantes se despolitizaron rápidamente.
Prácticamente las únicas experiencias de verdadera politización
universitaria tuvieron que ver con hechos externos a la
enseñanza: el ingreso de España en la Otan, la campaña del 0’7 %
de ayuda a los países pobres, la primera guerra del Golfo y la
guerra de Iraq. En cambio, los estudiantes dejaron de asumir
masivamente la función crítica del funcionamiento de la
actividad universitaria que les había caracterizado en la etapa
anterior. Soportaban individualmente cambios desacertados en los
planes de estudios y a profesores insuficientemente preparados.
Su objetivo personal pasó a ser predominantemente, más que
aprender, aprobar.
1.4. Estudios y titulaciones
El profesorado,
al igual que los estudiantes, desatendió la función crítica del
funcionamiento de las universidades.
La universidad
así conformada fue incapaz de hacer frente al reto de su
renovación.
Uno de
los aspectos más destacables de esta renovación tendría que
estar determinado por los Planes de Estudios y por el Sistema de
Titulaciones.
Los Planes
de Estudio de los diferentes grados universitarios son
establecidos por especialistas, esto es, por los propios
profesores universitarios en sus organismos de representación o
de consulta. Pero la racionalidad de los Planes de Estudio no se
puede conseguir porque toda discusión sobre planes de estudio de
una licenciatura queda planteada como una batalla entre
Departamentos por mantener y ampliar sus “espacios de poder”.
Dicho de otro modo: lo que
importa al profesorado en esas discusiones no es la racionalidad
de un aprendizaje actualizado y graduado, sino el número de
materias que cada unidad docente se puede atribuir, ya que ello
condiciona el número de docentes de la unidad, las posibilidades
de promoción profesional de éstos y la capacidad de influencia
de la propia unidad. Por eso los planes de estudios que resultan
de cada ocasión de adaptación suelen ampliar las materias de las
cordadas burocráticas fuertes y reducir o eliminar las de las
débiles.
Por este camino las
unidades docentes menos pretenciosas, que suelen ser las de
Humanidades o saberes sociales básicos, van siendo excluidas de
los planes de estudio o ven reducido su papel en ellos. Con el
beneplácito de los consejos sociales, pues estos saberes no
aportan directamente nada a las empresas. No importa así que los
aspectos metodológicos e históricos de todas las licenciaturas
universitarias queden disminuidos u ostracitados de las
universidades españolas. Ello ocurre sobre todo cuando las
instituciones políticas no sirven para señalar una orientación
correcta y concreta a las universidades, y en cambio la
orientación política la determinan el empresariado —siempre con
manifiestos intereses a corto plazo—, los colegios profesionales
y sobre todo el gremialismo corporativo de la propia institución
universitaria.
En cuanto
a las titulaciones, los problemas que se han planteado, hablando
siempre en términos históricos, pre-boloñeses, son dos: qué
titulaciones tiene cada universidad, pues algunas titulaciones
carecen de demanda para que las programen todas las
universidades; y qué grados inferiores —las diplomaturas— se
establecen. Para una eficaz resolución del primer problema las
inercias burocráticas son siempre un obstáculo. Y todas las
universidades quieren crecer en titulaciones.
En cuanto
a las diplomaturas, se trata de titulaciones que reproducen en
la enseñanza superior los problemas que ya se dan en la
enseñanza media. En ésta parece que cada actividad profesional
ha de ser realizada con un título para ella. Ahora aparecen
diplomaturas de toda especie. En la enseñanza universitaria las
diplomaturas acotarán actividades profesionales para las que en
la mayoría de los casos no se precisa, en la práctica, enseñanza
superior ninguna, y existen sobre todo para que el profesorado
pueda justificar horas de actividad y las universidades puedan
vender más titulaciones. Por el otro lado, el de la demanda, es
manifiesto que muchos estudiantes prefieren titulaciones
“breves”, o “rápidas”, que les habiliten para empezar a
trabajar.
En
suma: no se forma a la gente, sino que se la “capacita”; no se
educa, sino que “se invierte en recursos humanos”. Las personas
ocupan para el pensamiento neoliberal el lugar que cualquier
otro medio de producción. Ése es el trasfondo de la política
universitaria de hoy y se pretende que lo sea aún más mañana.
1.5. La administración de las universidades
La administración
universitaria es hoy, fundamentalmente, el refugio de profesores
cansados de enseñar o de investigar, si alguna vez lo hicieron.
Y también una cuerda por la que pueden trepar los arribistas.
En el
pasado lejano, republicano, las autoridades universitarias
tuvieron la consideración de dignidades académicas. Hoy son
contados los profesores e investigadores competentes que aceptan
asumir esa desaparecida dignidad: sólo ha quedado la autoridad.
Una relación eficiente entre rectorado, facultades,
departamentos, unidades docentes y estudiantes ha sido
sustituida por rutinas burocráticas que deforman la realidad de
las prácticas de enseñanza que se dan en las universidades
cuando no las obstaculizan.
Porque la administración
universitaria ha pasado paulatinamente a manos de los
profesionales que en su día fueron “idoneizados” o convertidos
en funcionarios por tríos de patronos simpatizantes en las
oposiciones o concursos. A ellos se les añaden gerentes
profesionales que durante algún tiempo quedan al margen de los
sueldos ofrecidos por las empresas, más suculentos que los
públicos, al igual que “expertos” informáticos que se hallan en
la misma situación. El resultado del calamitoso estado de la
alta dirección de las universidades es la acumulación de tareas
tanto en los centros efectivamente administrativos, que tienen
más trabajo que nunca a pesar de la informatización, y en el
propio profesorado, que ha de dedicar una parte importante de su
tiempo a tareas burocráticas de las que estaba descargado
incluso en la burocrática universidad del régimen político
anterior.
1.5.1. La meritocracia de papel
Ha aparecido en las
universidades una falsa “meritocracia de papel”, constituida por
ciertos profesores dedicados a obtener certificación documental
hasta de la más nimia de sus actividades, a aprovechar cada
posibilidad de financiación de intercambio internacional
publicitada en los Diarios Oficiales —con independencia de su
oportunidad o relevancia—, a practicar sistemáticamente el toma
y daca con otros como ellos, a rellenar minuciosamente todos y
cada uno de los impresos burocráticos con los que algún día se
evaluará formalmente la actividad investigadora, a figurar
regularmente en los medios de masas y a adular a las autoridades
académicas y políticas. En realidad no hacen nada fecundo o
relevante, pero lo aparentan, en detrimento del profesorado
responsable.
1.6. Las evaluaciones del profesorado
Hay que aludir
especialmente a los sistemas adoptados en tiempos recientes para
que el profesorado obtenga el reconocimiento de su actividad
investigadora. Hay todo un sistema de evaluaciones y
acreditaciones que premian al más pillo y perjudican al
investigador honesto. Se valora “publicar”, aunque no se examina
qué sino dónde. Ciertas revistas establecidas por el cacicado
académico están muy valoradas; otras, alternativas, ni cuentan.
Se evalúa el número de veces que un nombre aparece citado en el
conjunto de publicaciones del mundo mundial, lo que fomenta las
trampas (circulan por internet numerosos relatos al respecto; yo
me limitaré a contar lo que le ocurrió a un profesor amigo.
Conoce en el bar de su facultad a una chica que resulta ser una
profesora. Tras unas frases amistosas, la chica le dice: “Oye,
podríamos citarnos”. Él se sorprende, nunca ha conseguido un
ligue tan rápido, pero ella le aclara: “Sí, hombre: tú me citas
a mí y yo te cito a ti, y así los dos acumulamos méritos”). La
moral universitaria se viene abajo.
Ahora para todo se precisa
y se precisará una evaluación, que es el nombre, en la neolengua
neoliberal, de la selección. Los evaluadores son los
programadores y los seleccionadores de personal reales,
efectivos a la larga. La policía del pensamiento.
Verdaderamente, la mano invisible del mercado planeando sobre la
docencia y la investigación. Y una nueva losa burocrática
cargada sobre la universidad.
A unas
universidades abrumadas por todos estos problemas y otros que no
cuento se les impone ahora cargar con el “proceso de Bolonia”,
de “armonizar” la enseñanza superior europea en las condiciones
señaladas por la ideología neoliberal y las políticas económicas
neoliberales.
NOTA: Publicamos aquí
la primera parte de este trabajo, que aparece impreso completo
en el número de enero de la revista El Viejo Topo. La segunda
parte será publicada en el próximo número de mientrastanto.e.
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