La crisis
hipotecaria y el derecho a una existencia digna
Gerardo
Pisarello
Sin Permiso
13
de Mayo de 2009
Uno de los
rostros más dramáticos, aunque mediáticamente menos visibles, de
la crisis actual es la situación de las miles de familias que
corren el riesgo de quedarse sin vivienda por no poder pagar la
hipoteca. Según el Consejo General del Poder Judicial, a lo
largo del año 2009, unas 84.214 unidades familiares pueden
llegar a afrontar procesos de desahucio. Muchos de los afectados
son personas que, debido a la deficiente regulación del sistema
crediticio español, no sólo pueden verse en la calle, sin empleo
ni casa, sino que además pueden seguir manteniendo su deuda con
los bancos. La gravedad de este asalto en toda regla a derechos
sociales básicos contrasta con la pobre respuesta ofrecida por
las instituciones, sobre todo si se la compara con el activo
compromiso exhibido con las entidades financieras.
Son varios
los elementos que contribuyen a explicar esta desidia
institucional. Uno de ellos tiene que ver con la idea, instalada
en cierto "sentido común", de que el hipotecado es alguien que,
al haber actuado "libremente", debe cargar con toda la
responsabilidad por su actuación. "Nadie –viene a sostener este
argumento- los forzó a contraer créditos que a la larga serían
imposibles de pagar. Si querían ser propietarios, deberían
atenerse a las consecuencias". Este tipo de razonamiento tiene
la ventaja de que permite captar con sencillez uno de los
factores que ha conducido al actual desastre. Sin embargo,
oculta de manera interesada los sutiles pero férreos mecanismos
que han permitido a las políticas neoliberales abrirse paso
durante las últimas décadas.
Uno de los
más recurrentes, de hecho, ha sido el señuelo del "capitalismo
popular". La idea de fondo era que las políticas de
privatización de bienes y servicios públicos permitirían a todos
disfrutar de recursos básicos en calidad de "propietarios" y no
de simples "clientes" del Estado, lo cual aseguraba un control
más "seguro" y "eficiente" de los mismos. No se trataba, por
tanto, de garantizar derechos sociales, sino derechos
patrimoniales, convirtiendo a los ciudadanos "de proletarios, en
propietarios", como se jactaba la propaganda oficial. El Reino
Unido de Margaret Thatcher, es sabido, fue un sofisticado
laboratorio de este tipo de iniciativas. Para involucrar a los
trabajadores en las políticas de privatización, se les ofrecían
acciones de las empresas privatizadas. Así, quien perdía su
empleo podía sentirse compensado por un súbito y eufórico acceso
a la "propiedad" de la empresa. La trampa, sin embargo, no
tardaba en manifestarse. En un mercado con fuertes barreras de
entrada y marcadas asimetrías en el acceso a la información, el
"trabajador accionista" acababa vendiendo sus activos y se
encontraba, de la noche al día, sin empleo, sin acciones, y a
merced de unos poderes privados que, en parte, habían conseguido
hacerlo "cómplice" de su violenta acción de despojo.
Pese a sus
peculiaridades, la actual situación de emergencia habitacional
no es ajena a este tipo de procesos. Durante décadas, los
responsables de las políticas de vivienda se encargaron de hacer
del Estado español uno de los que, habiendo construido muy por
encima de la media europea, menos ha dedicado a la promoción de
vivienda pública asequible. La práctica inexistencia de otras
vías de acceso a una vivienda que no fueran la compra hizo que
muchas personas consideraran que la única opción "segura" y
"eficaz" para disponer de la misma era convertirse en
"propietario privado". Las instituciones públicas desplegaron
todo un arsenal de medidas que justificaba esta percepción:
impulsaron la desgravación fiscal de la compra, debilitaron la
posición del inquilino en la legislación sobre arrendamientos
urbanos, consintieron la desregulación del mercado hipotecario,
permitiendo hipotecas a 50 años, desarticularon controles
básicos sobre el sistema crediticio, y renunciaron al fomento de
otras formas de tenencias ampliamente difundidas en otros países
europeos, como el alquiler social o la cesión de uso.
Inmobiliarias, bancos y cajas no hicieron, en realidad, sino
aprovecharse de esta deliberada política institucional de
apuesta por la "propiedad privada" y de desincentivo de otras
formas de tenencia segura y asequible. Amparados por la
extendida percepción de que alquilar era "tirar el dinero",
dedicaron todo su aparato propagandístico a crear la ilusión de
que se podía ser "propietario" aunque ello supusiera comprometer
un porcentaje exorbitante de los propios ingresos (más del 40%,
en muchos casos).
En un
contexto así, parece un despropósito presentar los contratos
celebrados como el inequívoco producto de la "autonomía de la
voluntad" de las partes. Una mirada más realista, por el
contrario, permite reconocer en los acuerdos suscritos la
fisonomía clásica de los contratos por adhesión, caracterizados
por una notoria asimetría en la información disponible por las
partes y por la inclusión más o menos disimulada de cláusulas
abusivas. La lista de irregularidades es amplia: sobrevaloración
de los pisos con el objeto de inflar el precio y aumentar la
deuda contraída; contratación obligada de seguros caros e
inútiles; utilización de avales cruzados entre los mismos
deudores; intereses variables referenciados al Euribor más unos
diferenciales desorbitados; información sesgada sobre los
posibles aumentos en la hipoteca. Todo ello con una finalidad
inequívoca: optimizar los beneficios y sortear los controles de
riesgo al que todo sistema crediticio razonable debería
someterse.
Lo llamativo,
con todo, es que a pesar de las condiciones fraudulentas en que
se pactaron muchas de estas hipotecas, el índice de morosidad de
las familias ha permanecido, al menos hasta ahora,
increíblemente bajo. A diferencia de los bancos, que ante el
estallido de crisis han apelado prestos al socorro público, las
familias endeudadas han cumplido los compromisos adquiridos
mientras han dispuesto de un empleo y los intereses se lo han
permitido. Cuando han dejado de hacerlo, la violencia del poder
privado se ha manifestado en toda su crudeza. En la misma línea
de los empresarios que exigen la reducción de salarios a pesar
de los cuantiosos beneficios obtenidos, las entidades
financieras exigen mantener la deuda con intereses muchas veces
usurarios. La amenaza, en caso de no acceder al chantaje, es
similar: en un caso, el despido; en el otro, el desalojo
fulminante.
A pesar de su
papel en la generación de la actual situación, o precisamente
por eso, las soluciones ofrecidas por las instituciones públicas
han sido inofensivas. La medida estrella adoptada por el
gobierno estatal ha sido la llamada "moratoria ICO; una
moratoria que no cuestiona el aumento abusivo de intereses y que
ni siquiera es obligatoria para los bancos. El hecho de que
hasta el momento apenas se hayan acogido a ella poco más de un
centenar de personas es un indicio claro de sus limitaciones.
Naturalmente,
esta asimetría en la reacción institucional se explica, en el
fondo, por el descomunal desequilibrio de los intereses en
juego. Después de todo, la actual crisis hipotecaria también es
el producto de décadas de un capitalismo contra-reformado que ha
consentido la irrupción de oligarquías económicas cuyos
intereses se encuentran sólidamente salvaguardados por
instituciones públicas y privadas de diverso tipo. Por el
contrario, los intereses de los hipotecados, al igual que los de
los parados y los de muchos colectivos a los que la crisis ha
colocado en abierta situación de vulnerabilidad, exigen una
articulación más lenta y compleja. En algunos casos, porque se
trata de migrantes que ni siquiera pueden presionar al poder
político con su voto o que se encuentran paralizados por la
espada de Damocles de una eventual pérdida de residencia legal.
En otros, porque se trata de personas abrumadas por el peso de
años de privatización de la resistencia, de mensajes de "sálvese
quien pueda" y de unos sindicatos cuyos reflejos frente a este
tipo de conflictos se encuentran hace tiempo anquilosados.
Con todo, la
mercantilización de todas las esferas de la vida a la que tiende
el actual capitalismo desembridado, no ha dejado de generar
inéditas aunque embrionarias formas de resistencia. Las
plataformas de afectados por las hipotecas, recientemente
conformadas en ciudades como Madrid o Barcelona, al igual que
las plataformas de desocupados, son una prueba de ello. Sus
demandas son elementales pero incisivas: paralización de los
desahucios, tanto de las familias hipotecadas como de los
avalistas, hasta que se encuentre una solución a su situación;
garantía del acceso de los afectados a justicia gratuita para
defenderse de los procesos de ejecución; regulación de la dación
en pago, de manera que si el banco se queda la vivienda, la
deuda quede saldada, como de hecho ocurre en otros países de la
Unión Europea o en Estados Unidos; expropiación o compra a un
precio justo del parque de viviendas hipotecadas de primera
residencia con el objeto de destinarlas a un parque público de
viviendas de alquiler; realización de una auditoría pública
sobre el funcionamiento del mercado hipotecario; establecimiento
de los mecanismos y las reformas necesarias para sacar a la
vivienda de los mercados especulativos y convertirla en un
derecho para todos.
El impulso de
estas medidas y la consiguiente democratización del sistema
crediticio exige, naturalmente, franquear los arraigados
privilegios con los que un puñado de poderes privados (bancos,
inmobiliarias, agencias de calificación de deuda) ha sabido
hacerse en las últimas décadas, no sin la inestimable
colaboración de diferentes instancias públicas. Pero exige,
también, revertir muchos de los mitos que años de "capitalismo
popular" han impreso a sangre y fuego en la experiencia de
millones de personas. Uno de esos mitos es que la única forma de
acceder a una vivienda digna y segura es a través de la
"propiedad privada". El otro es que la vivienda puede ser objeto
de especulación y una fuente de rentas tan legítima como
cualquier otra. Aunque no puede hacerse de la noche al día, la
única manera creíble de erradicar estas creencias es mostrando,
por un lado, que es factible garantizar el derecho a la vivienda
a través de otros regímenes de tenencia seguros y eficientes,
como la propiedad cooperativa, el alquiler social, la cesión de
uso o el usufructo. Y por otro, inscribiendo esa lucha en un
programa más amplio de universalización de derechos sociales
capaces de resistir el actual "cercamiento privado" tanto en la
esfera del trabajo formal -en la fábrica, en la empresa- como
fuera de ella -en el ámbito doméstico, en el barrio, en el
espacio urbano sin más-. Estos "viejos" y "nuevos" derechos
sociales que cabría sustraer a la arbitrariedad tanto del
mercado capitalista como del Estado tienen que ver con
cuestiones tan elementales como la salud, la educación, el agua,
el transporte, los comedores públicos, las guarderías
infantiles, la reducción de la jornada laboral o el disfrute de
una renta básica.
A pesar de
las dificultades subjetivas que encierra un cambio
"político-cultural" de esta índole, es innegable que la crisis
ha mejorado las condiciones objetivas para hacerlo posible. No
es impensable, incluso, que un programa de reinvención de lo
"público" y de los "bienes comunes" pueda calar entre las
generaciones más jóvenes, nacidas ya en un contexto de pertinaz
precariedad y ajenas a las mieles del mito propietarista. En
última instancia, proteger a quienes tienen una vivienda o un
empleo precarios, o a quienes carecen de techo o de ingresos
básicos, no es sólo una manera de contrarrestar enraizadas
prácticas especulativas y situaciones de explotación: también es
una forma de distribuir con justicia las responsabilidades
derivadas de la crisis y de actualizar el viejo derecho de todos
a llevar una existencia digna.
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Gerardo Pisarello,
profesor titular de Derecho Constitucional en la Universitat de
Barcelona, es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO.