Según los organismos internacionales, España es poco
competitiva. ¿Pero en qué consiste la competitividad?
Pues a veces en una cosa y a veces en su contraria,
según. Si alguien, pongamos por caso, fabrica botijos a
céntimo la unidad, lo competitivo, en buena lógica,
sería fabricarlos a dos. Pues no, lo competitivo, en
este caso, sería fabricarlos a medio céntimo, para ganar
menos que el vecino. Viene a ser como si los
participantes de la Vuelta Ciclista, en vez de luchar
por el primer puesto, se pelearan por el último. El
entrenador amonestaría al primero por su falta de
espíritu, de agresividad, de ganas. Muchacho, tienes que
poner más coraje, le diría, intenta correr menos, ir más
despacio, no es tan difícil, coño.
De modo que las clases bajas son competitivas cuando
cobran poco, mientras que las altas lo son cuando ganan
mucho. A los obreros se les exige flexibilidad,
movilidad, humildad, mientras que el prestigio de los
ejecutivos depende de la cláusula de rescisión de su
contrato. Emilio Botín lleva varios días pagando
anuncios a doble página en toda la prensa para exhibir
unos beneficios desorbitados. Ser competitivo, si eres
pobre, consiste en acabar el ejercicio siendo más pobre,
mientras que si eres rico consiste en acabarlo forrado.
Cuando los organismos internacionales acusan a España de
ser poco competitiva, lo primero que habría que
averiguar es si nos consideran pobres o ricos. Si lo
primero, tendremos que trabajar más por menos; si lo
segundo, menos por más. Aun sin saber nada de economía,
mucho nos tememos que nos han incluido en el primer
grupo, es decir, entre los que deberían competir por
vender los botijos más baratos. Pero no se apuren los
ricos españoles que ahí están los pobres españoles para
hacer por diez lo que otros hacen por veinte. La
economía es, en efecto, cosa de dos tardes.