Consume y no reflexiones
Pilar Izquierdo Teruel y Julio Ortega Fraile
UCR
22 de mayo de 2009
Emiten un
par de anuncios en la televisión que cada vez que los contemplamos obran
en nosotros un efecto similar al que experimentaríamos si nos bebiésemos
un café con sal: un agitarse de tripas y unas náuseas incontenibles.
Y no lo
sabemos, pero nos da la impresión de que los dos están elaborados por la
misma agencia publicitaria y si no es así, sin duda ambas se han formado
en idéntica escuela, la de “consume hasta reventar pero no
reflexiones”.
En uno
aparece una pareja con sus hijos, todos ellos veganos, renunciando a su
decisión de no alimentarse con cadáveres de animales obtenidos tras un
periodo más o menos largo de encierro y de sufrimiento; la conversión
familiar se produce cuando se encuentran frente a un expositor repleto
de cerdos loncheados y envasados al vacío; todo muy agradable a la vista
y sin rastro de la sangre ni de los chillidos de angustia que
acompañaron al proceso antes de presentarlo al público en forma de
inocente manjar.
En el
otro, un grupo de jóvenes hippies, convenientemente dibujados
como sujetos ligeramente dispersos y con no demasiadas luces,
toma la determinación de sumar a sus reivindicaciones habituales, Paz
y Amor, la de disponer de una plataforma de televisión digital de
pago que, por otra parte y menuda casualidad, ha hecho de las corridas
de toros uno de sus estandartes. El movimiento contracultural y
el rechazo a un sistema basado en la persecución frenética de los bienes
materiales, queda de pronto anulado por culpa de un decodificador y una
tarjeta de abonado.
La
filosofía de estos anuncios no deja lugar a dudas: cualquier ideal es
una necedad; la libertad, la justicia, la igualdad, la simplicidad
voluntaria o el altruismo, son valores de saldo y puestos a escoger y a
poder pagarlos - y si no se puede también, que de eso se trata – nuestra
obligación es adquirir “lujos” al alcance de todos y que sea cual sea
su envoltorio, contienen a menudo ciertos elementos añadidos: egoísmo,
individualismo, antropocentrismo, competitividad y domesticación; esta
última sin pretenderlo, pero viene “de matute” en el lote aunque no
seamos conscientes o prefiramos no reconocerlo.
Quien para
vender no tiene mejor estrategia que emplear el desprecio, por nuestra
parte puede pudrirse en la ruina de su miserable falta de ética, porque
por más poderoso que sea económicamente no deja de chapotear en la
indigencia moral. Y si encima el lucro le ha de venir gracias al
padecimiento de otros seres, entonces nuestro desdén se transforma en
repugnancia.
Entre
tanto vómito no hay quien asimile la realidad de una sociedad que camina
de la mano del “todo vale” para medrar, para colmar la ambición material
o para pisotear aquello que no reporte beneficios crematísticos, la
triste constatación de un sistema asumido como el más idóneo y que en su
frenética voracidad se aleja de la solidaridad, de la compasión o del
saber disfrutar de sensaciones que no tengan que ser necesariamente
made in... algún país con fábricas españolas y mano de obra infantil
extranjera. Si no cuesta no vale; el otro precio, el que se calcula en
vidas, en explotación o en padecimientos se silencia o se ignora pero en
todo caso, no cuenta.
Pues a
pesar de todo, nos quedamos con los que en su dieta no incluyen la
tortura y el sacrificio antes que con las barrigas grasientas del
tendido siete; preferimos sentarnos en una playa con los del pelo largo
y la camisa de flores, en vez de con algún fanático del fútbol a ver un
partido; gritamos Paz y Amor y no apoyamos la búsqueda criminal
de unas armas fantasmas de destrucción masiva; nos gustan más los que
hacen pulseras de cuerda que los neocon y los jasp;
escuchamos a Rosendo Mercado – nunca a un apellido se le hizo tan poco
honor - y no a los Operación Triunfo... del marketing; dadnos
antes a su vecino de Carabanchel y viviendo siempre en un piso de 67 m2,
Marcelino Camacho, que a los líderes sindicalistas a las órdenes del amo
que les paga sueldos millonarios; nos quedamos con Gerardo Iglesias
saliendo negro de la mina después de haber ocupado un escaño, que con
los que tras abandonar aparentemente el poder cobran sumas fabulosas por
dar una charla a unos cuantos aduladores; con el cine de Javier Corcuera
y no con los girasoles mediáticos; con Ruth Toledano, su carga de
valentía y sus camisetas reivindicativas, en vez de con las plumas
serviles...
Muchos
renunciaron a “la revolución” cuando les dieron la Visa y hoy, de su
espíritu rebelde no queda más que la tan repetida como improbable
“hazaña” de haber corrido delante de “los grises”. Allá ellos si pasado
el tiempo descubrieron que estaban mucho más cómodos y seguros doblando
la espalda para hacer reverencias que para levantar adoquines buscando
la arena de la playa, pero por favor, que no pretendan acrecentar su
fortuna mediante estrategias ruines, ridiculizando a aquellos que son
vegetarianos porque les indigna que su alimentación implique el
sufrimiento de un ser vivo, o a los que aprendieron a vivir sin comprar
la felicidad a plazos.
Y es que
en el fondo deben de sentir envidia de su integridad y como son
incapaces de vivir como ellos - su desmesurado afán de posesión y su
egocentrismo se lo impiden - eligen “destruirlos” o denigrarlos para que
su presencia no les recuerde cada día que ellos son esclavos de su
codicia mientras los otros, sean veganos, hippies,
desinteresados, solidarios o comprometidos, son dueños de su existencia,
por más sencilla que sea en el aspecto material. Pero para entender eso
hay que dejar por un momento de consumir o de atesorar, mirar hacia
atrás y ver el rastro de abusos, destrucción, dolor y muerte que muchas
veces dejan los envoltorios de nuestro pretendido bienestar.
Pilar
Izquierdo Teruel
Julio
Ortega Fraile
www.larevolucionpendiente.blogspot.com
www.findelmaltratoanimal.blogspot.com