De cobardías y silencios ante el maltrato animal
Julio
Ortega Fraile
UCR
28 de
Mayo de 2009
Cuando en
España un grupo de enemigos de la democracia gestó y materializó el
llamado “Alzamiento Nacional” dejando después y por intervención del
azar – o acáso humana – su continuidad en manos de un acomplejado y
vengativo criminal, el Pueblo puso nombre a su esperanza de recuperar la
libertad: Europa. Sin embargo, los países vecinos, testigos pusilánimes
de la inicua sublevación, firmaron el “Pacto de No Intervención”,
con lo que se desmoronó cualquier atisbo de optimismo con las trágicas
consecuencias que conocemos.
Hoy en día
todos calificamos la actitud de esas naciones como necia – porque no
supieron o no quisieron ver el peligro del fascismo del que a su vez
serían víctimas poco tiempo después – y de cobarde. Bueno, todos excepto
Pío Moa, algunos medios cuya filosofía la han tomado del que con su
nombre rendía homenaje a la Fortificación Toledana y unos pocos más: los
11–Manipuladores, que continúan buscando apellidos vascos en
Atocha, armas de destrucción masiva en Irak y razones para justificar el
levantamiento que propició la Guerra Civil.
Pero para
la mayoría está claro que el no intervenir ante una injusticia
flagrante, con efectos sangrientos y cuyo alcance afecta a gran número
de seres, es intolerable y merece una repulsa casi tan contundente como
la que suscita el responsable de la violación de la que se trate. Si
somos conscientes de que la solidaridad es una actitud necesaria y
exigible – lo contrario sería una especie de “denegación de auxilio” de
gran magnitud, un acto condenable – si sabemos que más allá de que el
problema nos ataña o no directamente no es lícita la conducta del “oír,
ver y callar”, ¿por qué no aplicamos este valor a todos los ámbitos?.
La
adhesión de terceros a causas relacionadas con el padecimiento del
hombre es escasa, pero cuando nos referimos al sufrimiento de animales,
se diluye sin remedio en el egoísmo humano y se convierte casi en una
quimera, en el grito desesperado de unas pocas voces, empeñadas en
transformar en lamento humanizado el dolor inaudible de aquellos más
cercanos a objetos en su consideración social y legal que a seres vivos
con capacidad sensorial. Una empresa muy ardua cuando tal defensa se
estrella una y otra vez contra la indiferencia general y los intereses
particulares.
¿Es
necesario llegar a que nuestros hijos o nietos se sientan avergonzados
de nuestra incomprensible intimidación y apatía frente a la brutalidad
constante, consentida e institucionalizada presente en esta Sociedad?.
¿No somos capaces de extraer las lecciones que la historia nos ha dejado
al respecto: rebeliones militares, esclavitud, inferioridad de la mujer,
racismo, etc.?. Es difícil de asumir, pero alguna especie de necedad
cognitiva o de perversión moral, nos impide aplicar al “hoy”
razonamientos que esgrimimos con total desenvoltura cuando nos referimos
al pasado.
La
información, a pesar del secretismo que a menudo rodea el inquietante
mundo del maltrato animal, es abundante y reveladora acerca de lo que
ocurre en todos sus ámbitos: tauromaquia, caza, peletería,
experimentación, vivisección, circos, zoológicos, criaderos, abandono,
peletería, granjas, espectáculos con animales, etc. El dolor tanto
psíquico como físico padecido por estas criaturas es una realidad
científicamente demostrada. Las tendencias violentas de los individuos
que organizan, participan o posibilitan la pervivencia de este tipo de
actividades o tradiciones es también un hecho patente, así como su no
poco frecuente traslado a comportamientos agresivos con humanos. Por
otra parte, en un proceso muy lento se va logrando que ya se vean con
horror prácticas antes lícitas: peleas de perros, lanzamiento al vacío
de cabras o decapitación de gansos, por ejemplo.
Con todas
esas premisas, ¿cómo es posible que la conclusión no sea todavía un
rechazo absoluto y casi unánime – siempre habrá quien anteponga su
ambición o egocentrismo – al resto de situaciones tan inadmisibles como
las que por fortuna ya forman parte de un ayer negro e ignominioso?. No
reclamo piedad al bruto, generosidad al individualista ni tampoco la
comprensión de los ganaderos de lidia, de los lanceros de Tordesillas,
de los que negocian con la caza furtiva y los trofeos o de los que
reciben dinero por hacerle ingerir una y otra vez el mismo producto
corrosivo a un conejo, pero del resto, que son casi todos, ¿por qué se
obtiene impasibilidad ante crímenes cometidos cada día a su alrededor?,
y los políticos, ¿siguen en silencio ante tales barbaridades por
ineptitud, por apocamiento, por ignorancia o acáso por no perder
prebendas propias consintiendo las ajenas por más ruines que sean?.
Es
necesario condenar la “no intervención” y cualquier postura tibia o
despreciativa ante el abuso cometido sobre seres más débiles, indefensos
o carentes de derechos plenos por culpa de códigos parciales redactados
por el hombre; poco a poco se va cambiando la mentalidad en ese aspecto
pero tan encomiable actitud solidaria, seguirá empapándose en sangre
ajena mientras no incluyamos en objeto de nuestra defensa a los
animales, eternas y olvidadas víctimas del maltrato, e instrumentos al
servicio de atrocidades que en colmo del oscurantismo y de la crueldad,
pretenden dar pábulo a la ciencia, al arte, al entretenimiento, a la
cultura o a la educación.
Ciencia es
el conocimiento racional por medio de la investigación, no los desmanes
cometidos en su nombre; Arte es la expresión de ideas o de emociones, no
puede calificarse como tal cuando pasa por provocar el sufrimiento
extremo a un ser vivo; Entretenimiento es sinónimo de diversión, pierde
esa consideración cuando algún elemento implicado en su desarrollo es
objeto de padecimiento; la Cultura, como la entendemos hoy en día, no
puede asimilar aspectos que sí eran válidos en las primitivas, la
evolución del hombre es incompatible con tal degeneración; la Educación
intenta transmitir conocimientos y valores, ¿es admisible que entre
ellos incluyamos la tortura, el sadismo o el antropocentrismo?. Y
Política es dirigir la acción del Estado en beneficio de la Sociedad,
¿contribuye a su enriquecimiento moral la tolerancia con la iniquidad y
que nuestros hijos la entiendan como legítima?.
Así, al
fin, el único término que nos quedará como herencia que dejar a los que
vengan detrás en lo que al respeto a los animales se refiere es el
siguiente: vergüenza, y una humillación espantosa por haber sido
cómplices de tan abyectas conductas. Algún día nos arrepentiremos, pero
el terrible daño que se le está causando a miles de animales mientras Ud.
lee estas líneas, su muerte angustiosa y absurda en estos mismos
instantes, será un hecho ya irreparable y tan irreversible como nuestra
vileza moral por consentirlo.
-----------------------
www.pacma.es
www.findelmaltratoanimal.blogspot.com