La cobardía en un país de parados
Julio
Ortega Fraile
UCR
1 de Agosto de
2009
Con la
miseria en los bolsillos, la impotencia en las manos, la desesperanza en
la mirada y en los labios, el silencio. Así vamos los que sólo formamos
parte de una estadística, la de la derrota, la del hambre y también, es
necesario admitirlo, la de la cobardía. Somos los parados, una legión
inmensa y creciente de hombres inexistentes para las empresas, una cifra
que disimular para los gobernantes, para la oposición un argumento que
esgrimir y para los sindicatos, para esos que aseguran que los
trabajadores constituyen su razón de ser, que son su filosofía y los
protagonistas de su declaración de principios, lo cierto es que no somos
absolutamente nada más allá de unas cuantas cuotas de afiliación cuyo
pago hay que vigilar y una disculpa para existir.
Una
quinta parte de la población rebuscamos entre los desperdicios del
Estado los restos con los que mitigar nuestra necesidad, recibimos - y
no siempre - las migajas piadosas de unos presupuestos fabulosos y sin
embargo, seguimos caminando con la cerviz doblada y la rebeldía
agostada, resignados, conformistas, convencidos de que están haciendo
por nosotros cuanto pueden los mismos que nos arrojaron a este agujero
donde se asientan los cimientos sobre los que edifican sus fastuosas
fortunas y su poder ilimitado.
Pero los
adoquines siguen en su sitio en las calles, los cristales de las
suntuosas guaridas en las que permanecen a salvo nuestros explotadores
continúan intactos, las barricadas sólo las hemos levantado entre
nosotros y nuestra dignidad, no hay gritos, no hay hogueras, no hay
muchedumbres enfurecidas ni líderes que las conduzcan, tan sólo existe
un gigantesco rebaño de borregos enmudecidos, con hielo en las venas y
la pusilanimidad por ideario.
Sin
embargo, por encima de tan degradante sometimiento, todavía más
despreciable que la apatía de los ciudadanos, es la decencia prostituida
de los grandes sindicatos, verdaderas meretrices al servicio del
proxenetismo estatal, capaces de vender su cuerpo - los trabajadores en
activo y aquellos que han sido arrojados a la calle - a cambio de
magníficas prebendas económicas. Es tan sencillo para ellos, basta con
ensayar la pose mediática, aparentar confrontación con el Estado,
regalarnos unos cuantos titulares más o menos impactantes y después
cenar los dos juntos lejos de las cámaras, recoger el cheque del
gobierno y moviendo el rabito agradecidos, con la promesa de ladrar pero
de no morder, brindar por el consenso social.
¿Son
esos Ministerios corruptos y camuflados los encargados de proteger
nuestros derechos?, ¿de verdad confiamos en que sean ellos los agentes
que logren detener esta sangría incesante y que se rompan la cara por
nosotros?. Supongo que a estas alturas de la tragedia son muy pocos los
que esperan algo de un sindicalismo heroico que sólo pervive en las
declaraciones a los medios de comunicación. No, ya no pueden hacer nada,
se deben a su amo, compraron bienestar a cambio de libertad, aceptaron
ser esposados de pies y manos con grilletes de oro y ahora, ni quieren
ni son capaces de dar marcha atrás. No van a cambiar la comodidad de sus
despachos ni los desorbitados pluses de sus nóminas, por la batalla en
las calles y la honestidad en sus actos.
Y así
seguimos, incapaces de organizarnos, acáso sin voluntad para hacerlo
porque nos hemos convertido en seres adocenados aunque la tierra se esté
abriendo bajo nuestros pies y los de nuestros hijos. Razones existen
para una revuelta de inmensas proporciones y teniendo en cuenta que la
desesperación se cuenta por millones, esa marcha por recuperar lo que
nos ha sido robado y se nos niega cada día sería imparable, nada ni
nadie podría detener a tantos hombres reclamando justicia y la solución
a una situación de la que somos las víctimas y no los culpables, no lo
olvidemos. Su hipocresía, su ambición, sus artimañas embusteras y sus
falsas promesas, de nada les servirían ante un Pueblo unido por la razón
y por la dignidad. Pero eso es una utopía y ellos lo saben. Nuestro
temor y egoísmo son sus únicas armas, ¡pero son tan poderosas!.
¿En qué
nos hemos convertido?, no somos más que marionetas desvencijadas en el
suelo, nos está devorando la carcoma y todavía, serviles y domesticados,
tenemos una sonrisa para los que nos dejaron caer y para aquellos que
deberían de recogernos y no lo hacen. A unos y a otros les seguimos
creyendo y aunque no sea así, no nos queda ni un resto de valentía ni de
coraje para hacerles frente y poner fin a esta condena a la que hemos
sido sentenciados sin cargos. Ellos son pocos pero es tanto el miedo que
les tenemos, que más que reírse de lo que nos roban, lo hacen de nuestra
cobardía.
Me pregunto cómo nos juzgarán nuestros hijos, qué
pensarán de nosotros viéndonos soportar estoicos la degradación que
otros nos imponen. Y más severos serán cuando conozcan la historia,
porque si nuestros mayores supieron salir a las calles y defender su
condición de hombres libres cuando se supieron sometidos, nosotros nos
hemos convertido en unos esclavos amilanados y acomodaticios a la
miseria en la que nos debatimos. Nos basta un poco de fútbol, algo de
realitys
y unas cuantas noticias que alimenten el morbo, para no movernos del
sofá mientras nos despojan de todo aquello que nos pertenece. Somos un
País de cobardes, además de uno de parados.
Julio Ortega Fraile
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