Las
violaciones y abusos sexuales cometidos y sufridos por
menores este verano en España han alarmado, y con razón, a
la opinión pública. La alarma sería mucho mayor si el
espectador televisivo (pues es la televisión la fuente
fundamental de este tipo de noticias) supiera que anualmente
se cometen 1.500 violaciones de menores, llevándose la palma
en ese aspecto las comunidades de Andalucía y Cataluña.
Las gentes, repito que con razón, se escandalizan cuando se
enteran de que seis criajos han violado a una chiquilla de
trece años, o que dos chavales han cosido a navajazos a un
compañero de clase. E inmediatamente reaccionan pidiendo que
esos mocosos que apenas se asoman a la vida adulta paguen
sus graves delitos como si de hombres y mujeres, hechos y
derechos, se tratara. Hay que meterlos en la cárcel,
modificar el código penal, traspasar la responsabilidad a
sus familias... Después de todo, muerto el perro se acabó la
rabia, deben pensar. Pero, ¿es eso cierto? ¿Metiendo en la
cárcel a críos de 12 años van a dejar de producirse
violaciones y abusos?
Son culpables, ciertamente, y algo habrá que hacer con
ellos, pero ¿son sólo ellos los culpables? Algunas voces han
puesto el acento en la necesidad de impulsar más y mejor la
igualdad de género, otras echan la culpa al sistema
educativo, a la desestructuración familiar, a la baja
educación de las familias de esos precoces delincuentes...
Pero no hace falta ser ningún lince para advertir que hoy
los chavales, desde su tierna infancia, se ven sometidos a
una brutal alienación que a los menos maduros los empuja a
la banalización de lo sexual, a la violencia gratuita, a la
desobediencia incívica, a su autodestrucción como personas.
Y somos nosotros, los adultos, los verdaderos culpables.
Sentémonos cualquier día ante el televisor. Sentémonos,
incluso, en familia. Si descartamos el fútbol, los concursos
(con frecuencia estúpidos) y los alienantes programas del
corazón, lo que más vemos en la tele es violencia y sexo.
Sexo juvenil, por cierto, y mucho, en esas películas (de las
que el canal plus es el rey) en las que las alumnas de
institutos de enseñanza media californianos tienen como
máximo objetivo acostarse con el guaperas de turno.
Películas protagonizadas por menores (aparentemente, porque
el maquillaje hace milagros) y dirigidas a menores a los que
incipientemente se les empiezan a alborotar las hormonas. Y
hay violencia a tope en casi todas las películas
hollywoodienses, en las series televisivas y en los
telediarios. Hay sexo y violencia incluso en muchos dibujos
animados. Ah, y de respetar el horario infantil, nada de
nada.
Eso por no hablar de internet, de los juegos de rol, de la
play station...
A los críos les metemos todo eso por los ojos; milagro es
que no todos acaben siendo delincuentes.
Insisto: nosotros, los adultos, por inacción, tenemos una
buena parte de culpa en esas 1.500 violaciones anuales. Pero
resulta más cómodo salir a la caza del menor que tener que
legislar en serio (o sea, enfrentarse a poderosos) para
impedir la estupidización progresiva de nuestros chavales.
Probablemente porque al sistema ya le viene bien la
generalización de la estulticia.
Después de todo, si algunos borregos se salen del rebaño y
hacen alguna trastada, con meterlos en la cárcel todos
contentos.
Todo lo anterior no implica que no haya que tomar medidas y
establecer castigos. Pero cuidado: no sólo contra el menor,
quien, al fin y a la postre no es sólo victimario, sino
también víctima.
Hay que extirpar el problema de raíz, y para eso hay que ir
a las raíces, no sólo cortar los tallos.