|
Carta abierta a los trabajadores
Héctor
Illueca Ballester
UCR
27 de Octubre de 2009
Girona, 27 de
octubre de 2009.
Apreciados
amigos:
En fechas recientes
he obtenido un nuevo destino en el concurso para la provisión de puestos de
Inspector de Trabajo y Seguridad Social, por lo que me hallo muy próximo a
abandonar esta hermosa tierra que me es tan querida. Mi traslado a otra
Comunidad Autónoma, debido a razones personales que no viene al caso explicar,
hace que me sienta un poco más libre para expresar algunas ideas por medio de
esta carta que me dispongo a escribir. Como sabéis, los funcionarios inspectores
debemos mantener una absoluta imparcialidad cuando existen intereses
contrapuestos entre empresarios y trabajadores, y yo he procurado observar con
estricta rigurosidad este principio inspirador de la actuación inspectora.
Ahora, sin embargo, creo llegado el momento de exponer públicamente ciertos
pensamientos, o mejor dicho, sentimientos, que deseo compartir con todos los que
trabajáis en los diversos subsectores agrupados bajo la genérica denominación de
“actividades diversas”: limpieza pública viaria, seguridad privada, servicios
funerarios, limpieza de edificios y locales, etc.
Vine a
Cataluña hace algunos años con más ilusiones en la maleta que telarañas
en los bolsillos, a pesar de ser éstas muy abundantes. Entonces no
imaginaba que la Inspección de Trabajo y Seguridad Social terminaría
siendo para mí una verdadera escuela de la vida, adecuada y eficaz para
cierta clase de espíritus vírgenes que andan en busca de un viaje hacia
la reflexión y el conocimiento. No es posible resumir aquí las enormes
enseñanzas derivadas de mi relación directa e inmediata con el mundo del
trabajo, basada en la atenta observación de la tensión que se produce
entre empresarios y trabajadores durante la ejecución del contrato de
trabajo. Pero si tuviera que destacar algún aspecto de esa experiencia,
sería sin duda la actividad sindical que habéis desarrollado para
conseguir una mejora de las condiciones de trabajo en los sectores
económicos a los que me he referido.
Durante estos
años he debido intervenir en diferentes conflictos huelguísticos que
afectaban a esos ámbitos de actividad, ejerciendo una labor de mediación
orientada a resolver la controversia que sustentaba la convocatoria de
la huelga en cada oportunidad. Ello me ha permitido conocer de cerca
vuestra realidad y asistir a una intensa lucha de clases que, tras
diversas batallas y escaramuzas, no ha terminado con ningún armisticio.
Lo que más llamaba mi atención era el contraste de esta situación con la
apatía generalizada de la clase obrera ante las transformaciones
económicas habidas desde la década de los noventa. Vivíamos una época en
la que los ricos eran cada vez más ricos y los trabajadores tenían cada
vez más deudas, en la que se fomentaba una concentración de la riqueza
que ha llegado a ser obscena al amparo de la corrupción del poder
político. Muchos trabajadores se fueron acomodando y, fascinados por la
burbuja crediticia-consumista, cesaron de luchar.
Pero vosotros
seguíais con vuestras huelgas y movilizaciones, entendiendo y
experimentando las ventajas de la solidaridad y la organización para
defender vuestros derechos e intereses de clase. Alguien me dijo una vez
que ese sindicalismo era cosa del pasado, que erais viejos, que no
teníais cabida en el maravilloso mundo panglossiano en el que creíamos
vivir. Pues bien, ahora que la crisis económica ha revelado
dramáticamente el agotamiento de ese modelo de crecimiento, podemos
afirmar con rotundidad que el sindicalismo de clase es el principal
instrumento a disposición de los trabajadores para defender sus
posiciones en la sociedad.
Tras estas
palabras no se esconde una visión idealizada de los sindicatos, sino un
sencillo sentimiento de respeto hacia un colectivo de trabajadores que
se ha ganado el derecho a ser respetado por cualquiera que conserve un
cierto sentido de la dignidad. Es imposible no sentir respeto hacia
vosotros cuando, con motivo de una huelga o de un convenio colectivo,
comparecéis en la mesa de negociación para defender la estabilidad en el
empleo, reclamar mejoras salariales o exigir la reducción de la jornada.
No descubro nada nuevo si destaco la existencia de una correlación
positiva y significativa entre la implantación sindical en un sector
determinado y las condiciones de trabajo que disfrutan los trabajadores.
Por eso me parece muy importante que en el presente momento histórico
los trabajadores sean capaces de unirse y comprometerse como habéis
hecho vosotros durante todo este tiempo. De lo contrario, sufriremos las
terribles consecuencias de una grave crisis que no ha hecho sino
empezar.
No deseo
concluir esta misiva sin compartir con vosotros una reflexión muy
oportuna contenida en un viejo texto que deberíamos estudiar con mucho
interés. Me refiero al “Manifiesto Comunista”, escrito por Karl Marx y
Friedrich Engels en 1848, que aporta alguna luz sobre el origen y el
carácter de las reivindicaciones obreras: “los
obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen
para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para
pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando
estallan revueltas y sublevaciones. Los obreros arrancan algún triunfo
que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas
luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y
consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más
fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para
poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades.
Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas
partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento
nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción
política”.
Hace muchos
años, la obra de estos pensadores contribuyó a forjar en mi interior la
firme convicción de que la paz universal y permanente no será posible
sin justicia social. Con el paso del tiempo, esta convicción se tradujo
en un interés creciente por las relaciones laborales que me llevó a
convertirme en Inspector de Trabajo y Seguridad Social. Precisamente en
el ejercicio de esta profesión he recibido una importante lección de los
basureros, limpiadoras y funerarios de Girona: que las mejoras laborales
no se consiguen presentándose ante el jefe con la gorra en la mano, sino
a través de la negociación colectiva.
Hasta
siempre.
Héctor
Illueca Ballester es Inspector de Trabajo y Seguridad Social |