-¿En
esa ofensiva colaboró la socialdemocracia como parte interesada?
-Por supuesto que fueron parte interesada; basta recordar que el
viaje a Suresnes de Felipe González y Alfonso Guerra se hizo con
pasaportes facilitados por el servicio de información de la
Presidencia del Gobierno, y está documentado y nunca fue desmentido.
En la transición fue obvio que mientras la UGT pudo celebrar su
congreso Comisiones Obreras no, y que la legalización del PSOE se
hizo precisamente para conseguir la división entre los trabajadores.
-¿Hay que añadir a ello el «haraquiri» del Partido Comunista de
España?
-Hubo un disparate tremendo por parte de Santiago Carrillo, cuando a
los pocos días de la legalización del Partido Comunista apareció en
una rueda de prensa diciendo que aceptaba la bandera bicolor, que
aceptaba la Monarquía y que aceptaba la honorabilidad del Ejército
español. La Monarquía contra la cual se había manifestado toda
España; la honorabilidad de un Ejército que se había alzado y
permitido el asesinato de centenares de miles de personas. La
aceptación de ese símbolo significó romper la columna
vertebral-intelectual del Partido Comunista. Eso Carrillo no lo vio,
y hoy sigue diciendo que fue una operación necesaria, pero no tuvo
en cuenta que lo que mantenía unido a ese partido no era una
obediencia a órdenes como en el Ejército, sino una vinculación
intelectual y moral que él tiró por la ventana. Esto está en el
origen del desastre del Partido Comunista de España y de muchas
cosas que vinieron después.
-Pero de ahí a sólo dos diputados de Izquierda Unida. ¿Es difícil
mantener posturas de izquierda a lo Gramsci en una sociedad
absolutamente consumista como en la que vivimos?
-Eso es verdad. A la primera parte de la pregunta hay que decir que
no podemos olvidarnos de que son dos diputados con un millón y pico
de votos, unos votos que pesan menos, gracias al alambique de la ley
electoral, que los votos de los nacionalistas, por ejemplo. En
realidad, es deliberado y los nacionalistas van para arriba
precisamente para frenar a la izquierda. Hay un componente de jugar
el partido en un campo desnivelado. Respecto a la segunda parte de
la pregunta, un cuarto de siglo de políticas neoliberales ha
conducido a una población consumista e insolidaria. Se ha creado una
ideología del insolidario-individualista fomentada por los medios de
masas. Vivimos, además, en una sociedad en la que, por ejemplo, un
partido de fútbol no es más que el pretexto para pegar ahí montañas
de mensajes publicitarios. Toda la industria mediática contribuye a
borrar la conciencia de las condiciones reales de existencia de las
personas, que cuando están solas y piensan en su vida no pueden
pensar cómo se les induce por los medios de masas.
-Y llegamos a la gran crisis, asunto que aborda en su último
libro...
-Lo que explicamos es que la crisis es global debido a que se ha
producido la globalización, y lo que se vino abajo fue el modelo de
crecimiento que funcionó en los últimos veinticinco años sin que la
gente que se considera alternativa tenga una propuesta de política
económica comprensible y aceptable por todo el mundo que pudiera
abrirse paso. Las recetas neoliberales puras no harían más que
ahondar la crisis y conducirían a un empeoramiento generalizado de
la situación de las clases medias y trabajadoras.
-¿En dos años la socialdemocracia española volverá a la oposición?
-Sería una gran desgracia para el país.
«Los nacionalistas van para arriba precisamente para frenar a la
izquierda»
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Juan Ramón Capella nació en diciembre de 1939 en Barcelona.
Estudió Derecho y estuvo afiliado al Partido Comunista entre los
años 1965 a 1975. Lo abandonó, como cuenta, «justo cuando entraron
los de bandera roja». No milita en ningún partido, pero se siente
«próximo a la gente del PCE y de Izquierda Unida y, sobre todo, de
los movimientos sociales». Catedrático de Filosofía del Derecho,
Moral y Política, tiene en su haber varios libros, entre ellos «La
práctica de Manuel Sacristán». Junto a Miguel Ángel Lorente publicó
este año «El crack del año ocho. La crisis. El futuro».