Al camarada oscuro
Ángel Escarpa
UCR 23 de Diciembre de 2009
-Maestro, ¿se cantará también en los malos tiempos?
-También se cantará, sobre los malos tiempos. B. Brecht
Con harta frecuencia, sobre todo cuando hay que salir a la calle para pegar carteles, cuando nos reunimos para oír una charla sobre la República, cuando, a falta de carteles que convocarían a las decenas de miles que acudirían si la convocatoria estuviera firmada por UGT y CCOO, solo logramos reunirnos no más allá de un centenar de personas; a propósito del asesinato de un estudiante por la Policía o por la extrema derecha, para manifestarnos ante la embajada de los USA y pedir cuentas por el asesinato a manos de éstos de un periodista, o como ocurre con las concentraciones diarias en apoyo de Aminetu Haidar, hemos de oír el lastimero: “siempre los mismos rostros, las mismas consignas y las mismas banderas”; cuando no, como en el caso de la resistente saharaui: “los que están ahí son todos comunistas”, como si con esto pretendieran descalificarnos y escarnecernos, tal como hicieran en el pasado, repitiendo una y otra vez lo que el General afirmaba, una vez tras otra, desde su palco de la Plaza de Oriente.
Sin embargo, es precisamente en ti en quien se piensa cuando se redacta una octavilla para movilizar a la opinión pública contra los excesos de un tirano, contra el atropello de un ecologista detenido por desplegar una pancarta en el lugar “inadecuado”, contra el desalojo de unos okupas en el barrio. Es en ti en quién se tiene depositada toda la confianza cuando se convoca a una mani por la República desde la pancarta desplegada en el Puente. Si no vas tú: el que estuviste en las manis contra la los bombardeos de Belgrado, contra las operaciones Tormenta del Desierto y Plomo Fundido, contra el Apartheid de Pete Botha y de Ian Smith, por la liberación de Mandela. El que, desafiando a las fuerzas represivas del General, salías a la calle en los días del Proceso de Burgos, para detener el asesinato de Grimau, de Salvador, de Granados, de los compañeros del 27 de Septiembre; el que saliste una y otra vez cuando la masacre judía de Sabra y Chatila y firmaste, apenas sin leerlo, cuanto manifiesto te pusieron delante: contra los bombardeos en Vietnam, por la libración de Alfonso Sastre, en apoyo de los mineros represaliados de La Camocha... Tú, que atravesaste coches en las calles de la “zona nacional” para impedir las detenciones de la Policía cuando ésta asesinó a Carlos, a Gladis, a Arturo, a Yolanda, a Pedro Patiño, a Andrés, contra la intervención de la Policía contra los que se encerraron en la iglesia de Vitoria, del vilmente asesinado en Trebujena por la Guardia Civil, cuando Javier Verdejo intentaba pintar en un muro: PAN, TRABAJO Y LIB…; el que ocultó en su propia casa lo poco que se pudo salvar cuando la policía se llevó la “vietnamita”; la que hacía correr el Mundo Obrero por el barrio y en la empresa; el que recaudaba dinero, el día de la paga en el taller, para los presos políticos; el que participaste en los “saltos” para pedir que se anulara el juicio por los compañeros implicados en el proceso del 1001; la que estaba en Sol, exigiendo la libertad de Carrillo cuando lo detuvieron; el que silbaba una y otra vez la Internacional entre las cuatro paredes de la celda mientras, “arriba”, un oscuro funcionario de policía tecleaba sobre un folio los cargos que te llevarían por una larga temporada a Carabanchel, a Foncalent, a Toreno, a Yeserías, a Herrera de la Mancha. Tú, el que “nevaste” con octavillas, llamando a la Huelga General, en las lejanas noches de los cincuenta, las zonas industriales de las ciudades. La que “paso por las manos” de Conesa, de Billy El Niño, de Yagüe; la misma, los mismos que trabajasteis a pico y pala en la Nicaragua sandinista para proporcionar un techo a los campesinos desplazados por la “Contra” y en apoyo de la Revolución. El que pasaba los documentos del Partido por la frontera, disimulados entre los muelles del asiento del “dos caballos”, la que no aparece nunca en las fotos ni en los telediarios pero que siempre encontró tiempo para estar allí donde se le pedía. El que te mordiste la lengua cien veces para no gritar tu rabia en la horas del asesinato de los abogados de Atocha. La que acompañaste hasta su última morada los restos de Líster, de Pasionaria, de Sagaseta, de El Paisano; la que empapeló una noche la ciudad, con los compañeros, con aquel cartel donde se exigía: SI, SI, DOLORES A MADRID, los que abandonasteis todo para sumergiros de lleno en la campaña antiotan del ochentaiseis, para, en el último momento, cuando ELLOS temían ya el triunfo del NO, oír a Felipe en TVE atemorizarnos con las consecuencias de la posible no integración; el que cayó bajo el peso de los vergajos de los “grises” y rodó bajo las patas de los caballos en las facultades; la que padeció la humillación, en el nombre de la “sagrada” disciplina del Partido, de ver que ninguna otra voz, aparte de la suya, se alzaba contra la del secretario general para reivindicar la presencia de la bandera tricolor en los actos del Partido; los que no fuisteis convocados en la noche del 23F por el Partido para dar una respuesta de clase a los golpistas, mientras quemabais los libros, las octavillas y el póster de El Che, en medio de tanta humillación y temiendo lo peor. El mismo, la misma que, aún lejanos los días de las autonomías, te la jugaste una y otra vez con la pintada en los muros, con el cubo del engrudo, con tu voz airada, con el encierro y la huelga de hambre: por las libertades, por los derechos sindicales, por la amnistía de todos los presos, por la desaparición de la pena de muerte, condenando los golpes de estado y la barbarie de Pinochet, de Videla…-para ver ahora a una Cataluña, enrocada en el nacionalismo más extremo, pidiendo a su población que no se consuman mas que productos catalanes-.
Y sin embargo, aún se pensará en ti cuando se redacte una hojilla por la autodeterminación de los pueblos, por la libertad de expresión, por el derecho a una vivienda digna, por el derecho a una enseñanza y a una sanidad dignas, de calidad y para todos, para que apoyes a los “sinpapeles”, contra todas la guerras, contra las hambrunas que devoran a todos esos pueblos del Continente africano, contra el cambio climático y el derecho a un aborto libre y gratuito, contra la venta de armas de España al tirano de Marruecos, contra la extinción de las ballenas, contra la cruel caza de las focas, en apoyo de la web antifascista que quieren cerrar, contra el paro, contra el terrorismo de estado en Colombia, contra el bloqueo de Cuba, contra la violencia de género, por una ley de la anulación de todos los juicios del franquismo, por un mundo sin banqueros y sin la intolerancia y la intransigencia de las iglesias; por un mundo sin cárceles y sin fronteras, sin propietarios ni despojados; sin ejércitos, y sin mendigos que nos tiendan su mano a las puertas de los templos. Un mundo sin reyes ni princesas, sin jueces corruptos, sin prostitutas llegadas del Éste, tantas de ellas llegadas precisamente de aquellas mismas ciudades en donde salían en los telediarios aquellas gentes, alborozadas ellas, derribando el Muro al son de las músicas de Los Beatles. Un mundo sin empresarios inmorales, sin clases pasivas ni clases políticas, sin lacayos ni tiranos; un mundo sin SGAEs ni paraísos fiscales, sin loterías ni periodistas vendidos, sin cumbres del G7 ni “encuentros” en las Azores, sin estudiantes asesinados por la policía en Génova; sin niños sin escolarizar triturando piedra u observados por las aves de rapiña desde las cumbres de los basurales de la tierra. Un mundo sin ONGs, de solidaridad y de encuentro entre los pueblos.
Porque mucho después de que tú hayas desaparecido, en un mundo de iguales, aún se te convocará para que acudas a las fiestas de desposorio entre el hombre y la tierra: cuando la tierra toda sea un paraíso, y no una mentira de papel couché, cuando viajar a Copenhague no comporte necesariamente riesgo seguro de ser detenido por defender a ultranza el planeta.
Para ti, camarada, copio estas palabras del poeta, en la voz joven y poderosa de aquel Paco Ibáñez de los lejanos días de la clandestinidad.
Si he perdido la vida, el tiempo,
todo lo tiré como un anillo al agua.
Si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre,
todo lo que era mío y resultó ser nada.
Si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria.
Si abrí los labios hasta desangrármelos,
me queda la palabra.
B. de Otero
Ángel Escarpa Sanz Islas Canarias Diciembre 2009
